4 DE SEPTIEMBRE
SAN MOISÉS S. XIII A. C.
En el Antiguo Testamento es la figura capital del
depositario de la promesa, el varón fuerte que aguanta sobre sus hombros la Ley: profeta,
guerrero, legislador y libertador, el que habla con Dios en las tempestuosas alturas y
saca al pueblo elegido de la esclavitud en medio de prodigios estupendos.
En la tremenda visión de Miguel Ángel es un titán airado y sublime, sujetando las tablas
que recibió en el Sinaí, negándose a aceptar la debilidad de los suyos, que en el
desierto murmuran: Al menos cuando éramos esclavos en Egipto comíamos todos los días,
allí había ollas de carne y nos hartábamos de pan.
Dios ha elegido a aquella gente entre todas las razas, la guía y la protege, la hace
libre y le anuncia cosas inimaginables, y se quejan porque la comida no es de su gusto,
echan de menos el cautiverio en el que tenían la pitanza segura; eran esclavos en tierra
extranjera, pero podían hartarse de pan, su mayor aspiración.
A Moisés la mediocridad y la cobardía le sublevan, es un caudillo con una talla moral
superior a la de la mayoría de los israelitas que le siguen.
Y como siempre la santidad está marcada por un intenso contraste para recordarnos lo que
somos, y Moisés va a morir contemplando la Tierra prometida desde el otro lado del
Jordán. "Verás de lejos, pero no entrarás en la tierra que voy a dar a los
israelitas".
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SAN MARINO
Dio su nombre santo a una
pequeña república italiana surgida en el lugar solitario, escogido por él para su
retiro de oración y penitencia.
La ciudad de Rímini lo recuerda como hijo suyo, que en el oficio de albañil colaboró a
la construcción de las murallas del siglo IV. San Marino, llamado también Marín,
ejemplo de vida cristiana, es ordenado diácono por el Obispo San Gaudencio de Brescia.
Después lleva durante muchos años vida contemplativa y civilizadora no lejos de Rímini;
desde una humilde mansión construida por él mismo; y que sería su santuario y el
núcleo de la república de San Marino.
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SANTA ROSA DE VITERBO 1235-1252
Santa Rosa de Viterbo nunca debió oír el
dicho de que los niños están para verlos pero no para oírlos. A los doce años de edad
empezó a hablar públicamente en contra del excomulgado emperador Federico, que había
tomado su aldea de Viterbo. Fue tan insistente en sus arengas que consiguió que
desterraran a toda su familia. Cuando Federico finalmente murió, volvieron, y Rosa trató
de entrar en el convento de Santa María de las Rosas, pero no fue aceptada. Continuó
viviendo en su casa hasta fallecer, cuando contaba diecisiete años.
Si alguna vez has estado con niños por un tiempo, sabrás que ellos dicen exactamente lo
que tienen en mente. Aunque nosotros como adultos, sabemos que a veces es necesario un
poco de tacto, decir lo que pretendemos y pretender lo que decimos es una buena regla a
adoptar. Cuando somos directos en nuestro discurso, es más difícil que seamos mal
interpretados. Por supuesto, nunca tenemos licencia para ser rudos, pero podemos ser
sinceros. Cuando se nos pide nuestra opinión, podemos darla. Cuando vemos un error,
podemos señalarlo. Y a la inversa, cuando encontramos algo positivo, tenemos la misma
obligación de extender nuestra alabanza y gratitud.
Santa Rosa se sintió agraviada cuando Federico II trató de conquistar los estados
pontificados. Aunque ella tenía derecho (y quizás incluso la obligación) a hablar, no
fue sensata al poner en peligro a su familia. Su ejemplo es tanto un estímulo para
señalar las injusticias cuando las vemos como una advertencia de tener cuidado sobre
cómo lo hacemos.
OTROS SANTOS: Marcelo, Rufino, obispos; Silvano, Vltálico, niño, Magno, Casto, Tamel, Máximo, Teodoro, Océano, Amisno, Julián, mártires; Resalía, virgen; Cándida, viuda; Bonifacio I, papa; Beato Francisco de Jesús, mártir; Beatos: Juan Carlos, Juan francisco y Claudio, presbíteros y mártires; Beata Digna Bélanger, religiosa; Beato José Pascual Carda, presbítero y compañeros mártires; Santa Rosa de Viterbo, virgen; Beata Catalina de Raccconigi, virgen.
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