24 DE SEPTIEMBRE
NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED
Con el voto solemne
especialísimo de consagrarse a libertar a los cristianos prisioneros de los sarracenos,
quedándose personalmente como rehenes en vez del cautivo, cuando no bastaran los
rescates, se crea en Barcelona, a primeros de agosto de 1218, la Orden de Nuestra Señora
de la Merced para la redención de cautivos.
Es su fundador y primer religioso San Pedro Nolasco; y con él, el dominico San Raimundo
de Peñafort y el Rey Jaime I de Aragón, que juntamente con su apoyo, les distingue sobre
el hábito blanco con el escudo del reino.
Los tres fundadores siempre proclamaron que aquella iniciativa no había sido suya sino de
una merced y una inspiración de la Reina y Madre de Misericordia.
Y a través de esta su Orden, redentora como su Hijo, Nuestra Señora de la Merced
multiplica tanto sus misericordias a lo largo de los siglos, entre los prisioneros de los
sarracenos, que su invocación se difunde también entre quienes padecen el todavía más
trágico cautiverio del alma.
Y llega a hacerse en la cristiandad un nombre familiar: el de Santa María de las
Mercedes.
El culto a Nuestra Señora de la Merced
se extendió muy pronto por Cataluña y por toda España, por Francia y por Italia, a
partir del siglo Xlll. El año 1265 aparecieron las primera monjas mercedarias. Los
mercedarios estuvieron entre los primeros misioneros de América. En la Española o
República Dominicana, por ejemplo, misionó Fray Gabriel Téllez (Tirso de Molina).
Barcelona se gloría de haber sido escogida por la Virgen de la Merced como lugar de su
aparición y la tiene por celestial patrona. ''¡Princesa de Barcelona, protegiu nostra
ciutat!".
En el museo de Valencia hay un cuadro
de Vicente López en el que varias figuras vuelven su rostro hacia la Virgen de la Merced,
como implorándola, mientras la virgen abre sus brazos y extiende su manto, cubriéndolos
a todos con amor , reflejando así su título de Santa María
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San Gerardo, primer obispo de Canadá, fue tutor de
Emerico, hijo de San Esteban de Hungría. Tras la muerte de Esteban, San Gerardo dejó de
tener la protección real. Fue martirizado cerca del Danubio por algunos de los antiguos
enemigos de Esteban.
Entre las virtudes de Gerardo se encontraba el cuidado con que llevaba a cabo todas las
ceremonias sagradas. Una de las razones por las que resultaba tan fastidioso era su
creencia de que necesitamos la ayuda de nuestros sentidos a fin de aumentar nuestra
devoción. En otras palabras, entendió la tremenda influencia que nuestro entorno puede
ejercer sobre nuestro estado mental.
Aparentemente, San Gerardo sabía en su interior lo que la investigación ha venido a
probar. No es por casualidad que se decoren los hospitales con colores suaves y
relajantes, o los edificios de preescolar con colores brillantes y primarios. No es simple
coincidencia que a menudo se planten árboles y flores a lo largo de calles de mucho
movimiento. Y no es simplemente por casualidad que nos sintamos más confortables cuando
estamos rodeados por nuestros propios tesoros familiares.
Los espacios íntimos en los que vivimos, trabajamos, comemos, dormimos y jugamos son
todos parte de nuestro entorno. No tenemos, sin embargo, por qué aceptar ningún viejo
entorno. Si el espacio en el que estamos viviendo y trabajando no satisface nuestras
necesidades, podemos dar pasos positivos para crear una atmósfera más adecuada. Justo
ahora, echa un vistazo alrededor. ¿Qué dice tu entorno acerca de ti? ¿Cómo te hace
sentirte? Si no está satisfaciendo tus necesidades, tienes derecho a cambiarlo.
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PACIFICO DE SAN SEVERIANO 1653-1721
Hay santos para todas las situaciones
posibles de la vida, y en consecuencia también para el dolor desconocido, incomprendido,
y para la frustración. Así evocamos hoy a este varón de fracasos que desde la primera
niñez solamente conoció adversidades y que malogró cada uno de sus intentos sucesivos
de hacer lo que se proponía.
Huérfano a los cuatro años, pobre, maltratado por los parientes que le acogieron,
pareció que iba a encontrar en el claustro lo que el mundo le negaba, y en 1670 ingresó
en un convento de franciscanos reformados. Su camino parecía claro, ser profesor de
filosofía, pero según él mismo "no se necesitan doctores, sino apóstoles", y
pide una ocupación más activa.
Está terminando el siglo XVII, se avecina la gran tormenta de la Ilustración, y será
predicador en tareas misionales, hasta que este servicio se le hace imposible por tener
los pies hinchados y cubiertos de llagas. ¿Qué va a hacer un apóstol que no puede
caminar?.
Dedicarse a la confesión, pero la sordera absoluta le impide ejercer este ministerio. Un
confesor que no puede oír...
Más aún, quedará ciego, ya ni celebrar la misa, ni salir de su celda. Y entonces en
este desamparo le falta incluso el consuelo de sus hermanos de religión, y el sacristán
y el enfermero que le cuidan le maltratan de palabra y de obra, como acosándole en su
último refugio.
Así durante años hasta la muerte, como un nuevo Job, desposeído de todo excepto de
paciencia y de amor a Dios, siervo inútil que se santifica por su misma obligada
inutilidad. San Pacífico nos valga en la época en la que el deseo más comúnmente
expresado es el de «realizarse», como se acostumbra a decir, él que fue la encarnación
de un fracaso del que hizo su gloria.
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