11 DE SEPTIEMBRE
SAN PAFNUTIO ¿350?

Llevaron este nombre diversos anacoretas de Egipto, de los que en la soledad
vivían tan sólo de agua, pan, sal y hierbas cocidas, pero el más célebre fue un
discípulo de san Antonio a quien se atribuye la conversión de la cortesana Tais.
Aparte de este episodio, tal vez de turbia historicidad, de Pafnucio se saben con certeza
otras muchas cosas, como por ejemplo que tuvo que abandonar su vida solitaria al ser
nombrado obispo de la Tebaida superior, y que durante una persecución - la de Maximino o
la de Galerio - fue objeto de tales torturas que perdió un ojo y resultó con una pierna
mutilada.
Estos padecimientos por la fe explican que se le tratara con especial deferencia en el
primer concilio de Nicea (325), el que condenó a los arrianos, y durante el cual se dice
que el emperador Constantino se honraba en besar la órbita vacía del santo. Se sabe
también que diez años después también participó en el concilio de Tiro.
En Nicea el hombre que venía de las ascesis más dura del desierto y el que podía
mostrar sus cicatrices de defensor de la fe, manifestó criterios más equilibrados y
abiertos que otros muchos padres conciliares que ni habían sido monjes en la Tebaida ni
habían sufrido en sus carnes la persecución.
Algunos trataban de
imponer a los obispos, sacerdotes y diáconos que estaban casados la obligación de
separarse de sus esposas, pero san Pafnucio se opuso a tal proposición, muy rigorista
según los usos de la época, y abogó porque se mantuviera la disciplina existente hasta
entonces, que prohibía contraer matrimonio después de la ordenación.
Perder la visión física es una tragedia, pero perder la
visión espiritual es aún peor. Cuando somos espiritualmente ciegos, no podemos ver la
verdad, incluso cuando nos es presentada. Más específicamente, cuando somos ciegos
espiritualmente, no podemos ver la verdad acerca de nosotros mismos. Podemos exagerar
nuestras faltas, o sobrestimar nuestras virtudes. Ambas partes de la visión son
esenciales. Aunque sea importante subrayar nuestras buenas cualidades, los santos indican
que es igualmente importante reconocer nuestras cualidades no tan excelentes.
En este momento del año, en que las hojas están cambiando de color y el círculo de las
estaciones está próximo a cerrarse, hagamos inventario mental de nuestras vidas.
Consideremos las cosas que hemos logrado, pero no olvidemos examinar nuestros defectos.
Hagamos una consideración valiente de esos momentos en los que no hemos vivido a la
altura de nuestro potencial. Reconozcamos tanto nuestros vicios como nuestras virtudes,
jurando eliminar los primeros y cultivar las últimas.
SANTA TEODORA (¿siglo
V.?)
Otra
figura de santidad con no pocas incertidumbres históricas, y anticipémonos a decir que
el relato suena más a novela ejemplar que a episodio vivido. En cualquier caso, un tema
infrecuente en la hagiografía, el adulterio. Las santas que contraen matrimonio suelen
ser de una virtud incorruptible, y aquí se nos cuenta la caída de una mujer casada.
En su ciudad natal de Alejandría de Egipto, Teodora era una dama irreprochable de
costumbres hasta que la tentó con su pasión un joven que al no conseguir sus propósitos
recurrió a "una vieja hechicera endiablada que con sus falsas razones la engañó y
pervirtió para que consintiese".
Después del pecado quedó tan triste y afligida que sólo pensó en hacer penitencia, se
vistió de hombre y se fue un monasterio donde suplicó al abad que la admitiese para
purgar sus culpas. Allí, con el nombre de Teodoro, admiró a todos por el rigor de sus
mortificaciones.
La moza de una posada acusó al falso monje de ser padre del hijo que había tenido con un
viajero, Teodora no quiso negarlo y el abad la echó del monasterio con el niño, que ella
crió en las soledades con leche de ovejas mientras el sol hacía su cuerpo «tan
requemado que parecía un negro de Etiopía».
Siete años después se la volvió a admitir, aunque sin permiso para salir de su celda,
allí murió la penitente; entonces, ante el estupor general se descubrió su verdadera
condición. El niño que ella crió llegó a ser con el tiempo abad del mismo monasterio.

SAN PACIENTE S. V
Obispo de Lyon conforta, y
defiende a los cristianos de las Galias en las perturbaciones bélicas e ideológicas del
siglo V.
Frente al paganismo y las herejías, difunde el evangelio a base de predicación y gana
los corazones a fuerza de bondad.
De él escribe San Sidonio Apolinar: "Poseía todas las virtudes apostólicas.. No se
podría saber que era en lo más admirable, si su celo por la gloria de Dios, o su caridad
para con los pobres...
Muerto el año 480 en Lyon, la Galia celebró su fiesta este mismo día en que Roma
recordaba a sus mártires del siglo III, Proto y Jacinto.
OTROS SANTOS:
Nª. Sª. de la Cueva Santa; Proto, Jacinto, hermanos, Vicente, abad,
Diodoro Diomedes, Dídimo, mártires; Emiliano, confesores; Vicente,
Ramiro y compañeros mártires; Félix y Régula, mártires; Beato Buenaventura Gran,
religioso; beato Tomás del Espíritu Santo, religioso; Beato Juan Gabriel Perboyre,
mártir.
