5 DE OCTUBRE

SAN FROILÁN, OBISPO. PATRONO DE LA DIÓCESIS DE LUGO

froilann.jpg (15673 bytes)Froilán nació en la ciudad de Lugo en el siglo IX. Apenas cumplidos los dieciocho años, se retiró al desierto con ánimo de atender únicamente a su perfección y a la unión con dios, pero siguiendo los impulsos de una autoridad superior abandonó el desierto y emprendió su vida apostólica, andando de pueblo en pueblo, enseñando y predicando recorriendo todo el territorio de Galicia, Asturias y león. Por entonces se encontró con San Atilano, que había recorrido las montañas de León en su busca. Los dos santos se hicieron ermitaños en el monte Corueño. A pesar de lo ignoto del lugar la piedad de los fieles descubrieron el albergue del esforzado misionero y tuvo que bajar de vez en cuando a los lugares de la comarca. Su fama llega al rey de Asturias y León Alfonso III quien le mandó llamara a la corte y le dio amplios poderes para y recursos para que fundase monasterios, contribuyendo en gran medida a la repoblación del reino de León. Elegido obispo al mismo tiempo que san Atilano, rigió la diócesis de León, ciudad en donde murió después de cinco años de pontificado. Sus reliquias se veneran en las catedrales de león y Lugo. Es patrono principal de las ciudad y diócesis de Lugo.

line1.gif (1096 bytes)

SAN PLÁCIDO S.  VI

placido.jpg (20141 bytes)En los Diálogos de san Gregorio cuando se nos describe la comunidad de Subiaco reunida en torno a san Benito, aparecen estas dos figuras que son tan distintas como complementarias. Uno es el monje serio y concienzudo, ejemplar, el otro un muchacho de corta edad muy impulsivo.
«Mauro es la paz serena», dice fray Justo Pérez de Urbel, «Plácido, la alegría que canta; el uno, el hombre de la confianza del maestro, el otro, la joya de su más tierno amor. Los dos, iguales en la generosidad de su sacrificio, descendientes de ilustres familias romanas, lo dejan todo por seguir a Cristo».
La leyenda prolongará ambas vidas atribuyéndoles hechos ajenos o fantásticos. San Mauro, a pesar de lo que se creyó durante siglos, no fue quien introdujo la regla benedictina en las Galias, pero dio su nombre a la congregación francesa de Saint-Maur, famosa por su saber. Y san Plácido no murió mártir en Sicilia. Basta para su gloria la certeza de haber sido discípulos predilectos del santo de Nursia, de uno de cuyos milagros fueron protagonistas.
Un día san Benito pidió a Plácido que le trajera agua, al cabo de un rato vio en espíritu que un niño se estaba ahogando en el lago y entonces ordenó a Mauro que fuera a salvarle; el monje así lo hizo, obedeciendo tan ciegamente que su fe le permitió andar sobre las aguas (luego el abad y Mauro porfiaron largamente atribuyéndose el uno al otro el mérito de aquel prodigio.
La regla pide a los monjes una obediencia pronta, alegre y fervorosa, lo de «hágase su voluntad» que decimos en el padrenuestro quizá maquinalmente, tomado muy en serio, y eso es lo que ilustra la anécdota de Mauro y Plácido.

Otros Santos: Atilano, obispo, Beato Raimundo Lapua, presbítero; Palmacio, Flavia y Caritina, mártires.

line1.gif (1096 bytes)