31 DE OCTUBRE
SAN ALONSO RODRÍGUEZ 1531-1617
En medio de una tan larga lista de jesuitas ilustres,
éste es el jesuita insignificante por antonomasia, un don nadie, un Rodríguez cualquiera
que sin dejar de serlo se elevó a las alturas de la mística.
Era segoviano, hijo de un pañero, cuando Castilla era famosa por sus telares, y muy joven
aún tuvo que ponerse al frente del negocio, en el que parece no haber sido hábil o lo
suficientemente interesado; como el hijo del pañero Bernadone de Asís, tampoco tenía
condiciones para mercader.
Se había casado y tenía dos hijos, quizá su esposa María Juárez, le reprochase su
falta de espíritu comercial, así no vamos a llegar a ninguna parte, y en efecto Alonso
no llegó a ser nada; peor aún, enviudó, murieron sus hijos, y entonces renunció a los
paños y quiso entrar en religión.
Pero los jesuitas de Valencia estaban dudosos, tenía pocas letras y no mucha capacidad
para los estudios, escasa salud y estaba al borde de la cuarentena. Por fin, como simple
hermano coadjutor fue enviado al colegio de Montesión en Palma de Mallorca. Nada más,
allí permaneció cuarenta y seis años haciendo de portero (sus atributos son una llave y
un rosario al cinto).
La llave para cumplir alegremente con su modesta obligación («obediencia a lo asno»
decían que era la suya), pensando que cada vez que sonaba la campanilla quien llamaba era
Cristo, el rosario para rezar y meditar, conviertiéndose desde aquel puesto tan oscuro y
humilde en un gran místico que hoy asombra a los estudiosos.
Hopkins, el poeta inglés de la Compañía de Jesús, le dedicó un soneto que termina
así: Se acumulan los años sin que nada pasase cuando Alonso en Mallorca atendía la
puerta.

SAN WOLFGANGO 925-994
El del
extraño nombre, del que ya se reían sus compañeros en la escuela, y que resulta aún
más llamativo cuando se sabe lo que significa: el que anda como un lobo. El se lo
latinizó en Lupámbulo, y recordemos a modo de anécdota que fue uno de los nombres que
se impusieron a Goethe.
Era de noble familia suaba, en la Alemania del sur, se educó en la abadía de Reichenau,
junto al lago de Constanza, y en el 956, ya famoso por su saber, fue nombrado director de
las escuelas de la catedral de Tréveris. En este oscuro período de la cultura de
Occidente es una de las luminarias de Europa.
Wolfgango dejó atrás la luz de la fama para encerrarse en un monasterio benedictino, el
de Einsiedeln, pero unos años después se le encomiendan tareas misionales, primero en la
Panonia, entre los feroces húngaros paganos, y luego, como obispo de Ratisbona, tiene que
ponerse al frente de una inmensa diócesis gran parte de cuyos habitantes están aún por
cristianizar.
Así, el recuerdo que nos deja no es ni de sabio ni de monje, sino de misionero, de
organizador - lo cual incluía también la construcción de fortalezas militares -, de
obispo que ha de mandar, predicar ante multitudes, reprimir abusos y proveer a mil
necesidades de orden práctico.
Su actividad se funda en un criterio de puro sentido común: para evangelizar a las gentes
hay que asegurarse primero que están evangelizados los monjes, y en consecuencia la
reforma monástica y la rigurosa sujeción a la regla de san Benito es su punto de
partida. Cristianizar a los cristianizadores puede ser aún el primer paso para cualquier
empeño de que el mundo se parezca un poco más a Jesucristo.
Otros Santos:
Jerónimo de Hermosilla y
Valentín de Berriochoa, mártires; Quintín y Urbano, mártires.
