28 DE OCTUBRE
SAN SIMÓN Y SAN JUDAS

San Simón y San Judas aparecen siempre juntos en las
relaciones de los Doce. Al Apóstol Simón se le denomina el Cananeo (Mc. 3, 18) o Celotes
(Lc. 6, 15), probablemente porque había pertenecido al partido extremista de los Celotes,
que preconizaba la resistencia activa ante la dominación romana y llevaba a cabo de
tiempo en tiempo ciertas operaciones de guerrilla. Semejante pormenor revela la diversidad
de opciones temporales a que habían podido estar adheridos los Apóstoles antes de ser
elegidos por Jesús. Ahora bien, el Señor llama así y agrupa dentro de un mismo conjunto
a unos hombres tan distintos como el publicano Mateo el nacionalista Simón: su reino no
es de este mundo. Pedirá a todos sin discriminación que sean sus testigos delante de los
nombres. En cuanto a judas, a quien Lucas llama «judas, hijo de Santiago» (Lc. 6, 18),
y, tanto Marcos como Mateo, le añaden el
sobrenombre de Tadeo (Mc 18), es aquel que, en
la última cena declaró a Jesús: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a
nosotros y no al mundo?», cosa que le valió el recibir la gran promesa de la
inhabitación divina en el alma de los fieles «El que me ama guardará mi palabra y mi
Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él»
Claudel le invoca en un poema lleno de emoción y de sentido: «Que el que no se atreva a
llamar a María o a algún célebre intercesor / nombre al menos al oscuro andarín que
evangeliza las tinieblas; / pues, aun siendo el último, Jesús también le hizo apóstol;
/ su cosecha es el grano perdido que desdeñan los demás. / Su jornada sólo empieza al
anochecer, él sólo contrata en la hora undécima».
Porque este Judas de tan ingrata homonimia es el patrón de las causas desesperadas.
Durante la antigüedad y casi toda la Edad Media fue un santo ignorado, quizá porque
repelía su nombre funesto, pero en el siglo XIV santa Brígida de Suecia contó en sus
revelaciones que el Salvador le había instado a dirigirse con confianza a san Judas, y
desde entonces pasó a tener una grande y dramática veneración.
Muy poco se sabe de él por la Escritura; que fue uno de los Doce, tal vez hermano de
Santiago el Menor, citado en la lista apostólica en penúltimo lugar, inmediatamente
antes del traidor. Se supone que tras la muerte de Jesús predicó el cristianismo en
Siria y Mesopotamia, y quizá murió en Persia con san Simón, martirizado a golpes de
maza.
Siglos atrás sus reliquias se veneraban en Reims y Toulouse, y su culto llegó a ser muy
popular en Polonia, donde abundaban los Tadeos, pero san Judas (que probablemente no es el
autor de la epístola que se le atribuye en el Nuevo Testamento) es sobre todo la última
tabla de salvación para los que ya no esperan nada, más allá de la esperanza aún está
él.
Hermoso patronazgo el suyo, abogado de las causas que uno mismo declara perdidas, «es
más final que la desesperación y sólo sana a los que mueren. Es Judas quien tirando de
un solo cabello salva y mete en el Cielo al literato, al asesino y a la prostituta».
Otros Santos:
Firmiliano, obispo; Anastasia,
virgen; Cirilo y Fidel, mártires.
