1 DE OCTUBRE
SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS 1873-1897
La santa más popular de los tiempos modernos y también la menos
vistosa; arropada incluso por una piedad llena de bonísimas intenciones y un poco cursi,
envuelta en diminutivos cariñosos que sugieren una imagen al estilo de la imaginaría
llamada de san Sulpicio, la fuerza interior de esta alma ha impresionado a los
contemporáneos.
Sólo la fuerza interior, porque de puertas para afuera fue la monjita más oscura y
vulgar, una más en el Carmelo normando de Lisieux, callada, obediente, gris, débil de
cuerpo, tísica en sus últimos años, que ni siquiera gozaba de buena reputación entre
sus compañeras y sus superiores.
Nunca hizo nada aparente ni extraordinario, nunca se movió de su sitio, un convento
cualquiera en un rincón de provincias; las estadísticas se estrellan en su figura, aquí
no hay nada que contar, nada periodístico, llamativo, brillante. Se limitó a seguir lo
que ella llamaba el caminito, «la petite voie».
Adorar, rezar, sufrir, trabajar, obedecer, encomendar. Su reino pertenece a lo invisible,
a lo sobrenatural, y murió ignorada de todos. La gran santa de los últimos siglos vivió
de espaldas al relumbrón de la modernidad, conjurando con su entrega silenciosa el
estruendo diabólico que nos rodea.
Sólo después de su muerte su libro, Historia de un alma, y sus milagros la
hicieron famosa, y la Iglesia la ha hecho patrona de las misiones. Asombroso patronazgo
suyo, al menos a primera vista; la pobre monjita de Lisieux patrona de la actividad
misionera, motor de la evangelización, ella, de horizontes humanos tan cortos, sin
medios, sin dinero, sin salud. Sólo poniéndose en manos de Dios para todo y no
conformándose con menos.
Otros Santos: Remigio, obispo; Severo y Platón, presbíteros; Crescente, Evagrio, Aretas, Verísimo, Máxima. Julia y Domnino, mártires.
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