15 DE OCTUBRE

SANTA TERESA DE JESÚS 1515-1582

teresaavilan.jpg (23652 bytes) La religiosa que relató la muerte de Teresa cuenta que repetía con frecuencia: «Señor, soy una hija de la Iglesia» y que, en momento de recibir el Viático, dijo: «Ha llegado el tiempo de vernos, Amado mío, mi Señor». Seguidamente añade la relación: «Siempre en oración, llena de alegría y gozo, con el rostro radiante rindió su espíritu a nuestro Señor». La muerte de Teresa era un resumen de su vida. La sonrisa, la exuberancia castellana, la resistencia ante los sufrimientos físicos que la torturaron a lo largo de la vida, la serenidad en su difícil misión de fundadora de monasterios y reformadora del Carmelo, se reflejaron siempre en el rostro de esta mujer que ardía en el amor más elevado y cuya alma vivía «sola junto a Dios» en las moradas secretas del Castillo interior. Pero el humilde realismo del ama de casa nunca cedió un ápice al vuelo del éxtasis y, para Teresa, la contemplación conducía a la acción, una y otra se alimentaban de la sed del Dios vivo: «¡Qué importante es en la vida espiritual el hallarse animado por un gran deseo». Eso era lo que constituía el encanto sin par de Teresa de Jesús, madre de los que aspiran a la perfección y doctora de la Iglesia (1970). Recordemos que nació en Ávila en 1515 y que ingresó en el Carmelo de su misma ciudad en 1535, «convirtiéndose» allí mismo en 1555. En 1562 abrió el primer Carmelo reformado y comenzó su vida de «mujer andariega» multiplicando fundaciones.
Teresa de Cepeda y Ahumada, castellana de Ávila, fue de adolescente soñadora y novelera, con gran afición a los libros de caballerías, coqueta, según nos dice, y «enemiguísima de ser monja»; a los veinte años entra en el Carmelo, que le decepciona por sus blanduras, cae muy enferma y después de sanar prosigue un penoso camino de arideces, tentaciones e incomprensiones que van edificando su alma.
Cuando quiere reformar la orden carmelita es ya una mujer madura, con hondas experiencias místicas que le dan aliento para sus constantes viajes por toda España, afrontando luchas y persecuciones, quebrantada de salud, «sin ninguna blanca», pero inflexible en el propósito, porque «nunca dejará el Señor a sus amadores cuando por sólo Él se aventuran».
Al convento de San José de Ávila seguirán otras dieciséis fundaciones (sin contar quince de varones carmelitas descalzos, a las que contribuyó ayudando a san Juan de la Cruz), y tras un despliegue de actividad, dulzura y fortaleza que maravillan -«todo lo que hay en ti de águila y de paloma» le cantó un poeta, - muere extenuada en Alba de Tormes en 1582: «Tiempo es ya que nos veamos, Señor mío».
Mujer excepcional por todos los conceptos, humanísima y alegre, franca, enérgica, tenaz, de un humor incomparable, rebosante de espiritualidad y manejando muy bien, siempre por obediencia, la pluma: sus libros, escritos al desgaire, que le han hecho doctora de la Iglesia, son un prodigio de gracia personal, simpatía y elevación.
El tópico, muy fiel a la verdad esta vez, de la monja andariega, resume la paradoja de esta gran figura femenina que ha cautivado a todo el mundo. En éxtasis o entre pucheros, es la santa de la naturalidad sobrenatural, de una sencillez altísima que parece inasequible a los humanos sin la ayuda de Dios

Otros Santos: Tecla, abadesa; Santos Fortunato y Agileo, mártires; Aurelia, virgen.

line1.gif (1096 bytes)