27 DE NOVIEMBRE
NTRA. SRA. DE LA MEDALLA MILAGROSA
Expresión simbólica
del modo de ser de la Virgen, que ya en el siglo IV resaltaba San Jerónimo: "Durante
su vida mortal fue María, de corazón tan piadoso y sensible para con los hombres, que
nadie se ha afligido tanto por las penas propias, como María por las ajenas".
En 1828, Catalina Labouré, joven de 22 años en Borgoña, quiere ser Hija de la Caridad.
Su padre la traslada a París, para que se distraiga. Por fin, en París mismo, dos años
más tarde, consigue entrar en el seminario-noviciado de la calle du Bac, 140.
El 27 de noviembre de 1830 está orando fervientemente con toda la comunidad en la
capilla. Ese día comienza la devoción a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa,
presentada por Santa Catalina Labouré como un diálogo de amor, de la Virgen con la
humanidad. A esta esfera que tú ves, representa al mundo entero y a cada persona en
particular; estos rayos son el símbolo de las gracias que Yo derramo sobre los que me las
piden. Haz acuñar una medalla, según este modelo. Recibirán abundantes gracias y
gozarán de mi especial protección, todas las personas que la lleven bendecida y
pendiente del cuello, y recen con confianza esta plegaria: Oh María, sin pecado
concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos.
Santa Catalina Labouré vivirá oculta, en humildad y obediencia, sus 46 años de vida
religiosa, al servicio de los necesitados. Pero la devoción a Nuestra Señora se difunde
por el mundo.
Un judío de Strasburgo, Alfonso Ratisbona, al despedirse en 1842, para un viaje al
Oriente, acepta por compromiso de un compañero católico, antiguamente protestante, una
medalla de la Virgen Milagrosa, con la recomendación del rezo diario del "Acordaos" de
San Bernardo.
El 30 de enero visita turísticamente en Roma la iglesia de San Andrés delle Fratte; de
pronto se pone de rodillas inesperadamente; y, al levantarse, repite que la Virgen
Milagrosa le ha transformado con su visita y sus palabras. Como sacerdote católico,
dedicará la vida a sus hermanos judíos, atrayendo hasta Cristo a veintiocho de sus
parientes y a trescientos ochenta más.
Su fundación de Sacerdotes y Hermanas de Sión surge con este ideal y con idéntica
devoción a Nuestra Señora de la Medalla milagrosa.
SAN SIMEÓN METAFRASTE S. X
Nada más propio que el que cuenta vidas de santos se ocupe también
de un santo hagiógrafo y le vea con especial simpatía; por eso se habla aquí del
bizantino Simeón, llamado «metafraste», es decir, intérprete, y también
"logoteta", que era el nombre de unos altos funcionarios del Imperio, como si
dijéramos un canciller.
Biográficamente hay que despacharle en unos pocos renglones, porque es escasísimo lo que
sabemos de él. Que era de Constantinopla, donde nació de ilustres y ricos padres, y que
desde niño mostró grande y agudo ingenio». Al servicio del emperador (quizá
Constantino VII Porfirogeneta), dicen que mostró bondad y prudencia, sin llegar nunca a
ser soberbio, y que vivía como filósofo grave y modestamente.
Parece como si una serie de clisés piadosos e intercambiables enmascararan la falta de
datos, pero lo que sí es seguro es que en los llamados menologios - las relaciones de
mártires griegos ordenadas por meses - compiló muchas vidas de santos; se le atribuyen
más de quinientas, aunque la crítica moderna reduce su intervención personal a unas
ciento veinte, eso sí, escritas "con su retórica dulce y elegante estilo".
San Simeón metafraste nos valga, él que interpretó con buena prosa la vida de los
santos, y que alcanzó así la santidad. Si dice la frase proverbial que en casa del
herrero cuchillo de palo, no es menor la paradoja del que escribe sobre los santos y sigue
viviendo como un vulgar pecador. ¿No debería contagiarse uno a fuerza de interpretar
estas admirables historias? Que san Simeón interceda por los pobres hagiógrafos y les
dé verdad, belleza y fuego para ser dignos de lo que llevan entre manos.
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SAN FACUNDO Y SAN PRIMITIVO, MÁRTIRES.
Los
santos Facundo y Primitivo, hijos de san Marcelo, centurión romano, fueron
martirizados, gobernando en Galicia Ático el cual mandó pregonar un sacrificio
público a una estatua del sol, que estaba en la ribera del río Cea, y era
tenida en mucha veneración por toda aquella comarca. Al llegar el día señalado
para el sacrificio, se juntó mucha gente, el mismo Ático, para dar ejemplo a
los demás, hizo su adoración, y como era el gobernador, todos los demás le
siguieron, menos Facundo y Primitivo, que no se quisieron hallar presentes en el
sacrificio. Mucho sintió esto Ático; los mandó prender e interrogar, y después
de varias preguntas y respuestas, entendiendo que perdía el tiempo en quererles
persuadir que adorasen a sus falsos dioses, determinó darles atroces tormentos.
Les quebraron los dedos de las manos, les lastimaron cruelmente las piernas,
apretándoselas con una manera de cepo que como prensa se iba cerrando poco a
poco; y así fatigados por una parte de los tormentos, y por otra consolados y
alegres por ver que padecían por Cristo, les mandó Ático llevar a la cárcel.
Para tentarlos y probar si con blandura y regalo les podría atraer a su
voluntad más fácilmente que con tormentos, les envió ricos manjares, que los
dos santos hermanos no quisieron recibir; y Ático, teniendo esto por desacato
é injuria, encendido de cólera y furor, los mandó echar en un horno
encendido, donde estuvieron tres días con mucho alivio y refrigerio.
Pretendió matarlos dándoles ponzoña en la comida, y los santos, cuando se la
trajeron, entendiendo lo que venia en ella, dijeron: « Nosotros no habíamos de
gustar esta vianda, porque bien sabemos lo que hay en ella; pero para que Ático
se desengañe y se manifieste más la virtud de Cristo, a quien servimos y
adoramos, la comeremos toda.» Hicieron la señal de la cruz sobre ella y la
comieron, y el veneno perdió su fuerza por virtud de la santa cruz y de aquel
Señor a quien todas las cosas obedecen. Cuando vio esto el que había aparejado
la Ponzoña, quemó sus libros y se hizo cristiano.
Todo esto era echar aceite en el fuego y abrasar más el corazón empedernido de
Ático, el cual comenzó de nuevo a atormentar a los dos santos hermanos,
despedazando carnes, sacándoles los nervios con garfios de hierro, echándoles
aceite hirviendo por todo su cuerpo, Pegándoles hachas encendidas a los
costados, y derramando en las bocas cal viva, mezclada con vinagre; no se
contentó el impío tirano con esta tan desaforada é impía crueldad; el mismo
Ático dijo: «Cegadlos, porque me turban cuando me miran. » sufriendo
este martirio con gran constancia y mansedumbre, le dijo uno los santos: «
Mejorado nos has la vista, pues vemos ahora con solos los ojos espirituales.»
Estando sangrientos y llagados fueron colgados de los pies, y saliéndoles mucha
sangre por las narices, los verdugos los dejaron por muertos; al cabo de tres días
fueron hallados vivos con sus ojos enteros y claros, y las llagas sanas como si
nunca hubieran sido atormentados. Mandó Ático desollarlos vivos; y ejecutándose
este tormento, uno de los que estaban presentes dio grandes voces, diciendo: «Veo
bajar dos ángeles con dos coronas en las manos.» Entonces Ático, turbado,
dijo como por escarnio: «Cortadles las cabezas, para que ellas vayan a buscar
esas coronas.»
Su martirio fue el 27 de noviembre, cerca del año 304.
Sus cuerpos fueron sepultados por los otros cristianos en el mismo lugar donde
fueron martirizados, junto al río Cea.
Hacen mención de tos santos mártires el Martirologio romano, y Vaseo y
Marineo Sículo. (P. Ribadeneira.)
Otros Santos: Basileo, obispo y mártir; Santiago Interciso, Basileo, Auxilio, Saturnino, Irenarco, Acacio, Maarsapor, Marina, mártires; Valeriano, Acario, Ansurio, Secundino, Máximo y Virgilio, obispos; Eucicio, ermitaño; Severino, monje; Beato Raimundo Lluch. mártir.
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