6 DE MAYO
SAN JUAN ANTE PORTAM LATINAM SIGLO PRIMERO
Después de la
persecución de Nerón, la Iglesia disfrutó de varios años de paz. Pero el emperador
Domiciano, que al principio había sido suave y conciliador, se hizo receloso y violento.
Después de inmolar a varios miembros de su familia y de la nobleza romana, en el año 95
renovó la persecución contra la Iglesia, extendiéndola hasta el Asia Menor.
Allí estaba el apóstol Juan, casi centenario, en
Éfeso. Después de haber sido fiel custodio y
capellán de la Virgen María, desde allí seguía iluminando a la cristiandad.
"Columna de todas las Iglesias del Universo", como le llama el Crisóstomo,
desde allí escribe a las siete Iglesias apocalípticas, y esparce la luz de la Fe por
todas las regiones del oriente.
Juan iba perdiendo ya toda su esperanza de martirio.
Habían sucedido muchas persecuciones, habían muerto ya mártires todos los apóstoles y
muchos de sus discípulos. Pero Dios parecía rehusarle a él la palma del martirio que
tantos habían conquistado. ¿Qué querrían decir las palabras de Jesús a Pedro: Si yo
quiero que éste permanezca, a ti, qué?.
Es entonces cuando llega a Éfeso la noticia de que
Domiciano acaba de renovar la persecución contra los cristianos, lo que Tertuliano
llamaba el Institutum Neroniaum. Y el venerable anciano repite, ahora con más
conocimiento y con mayor ilusión, la respuesta afirmativa que diera con su hermano al
requerimiento de Jesucristo. Estaba dispuesto, jubiloso, para el holocausto, para la
inmolación. Su ilusión iba a cumplirse.
Un día vienen a buscarle y se lo llevan preso a Roma. El
emperador quiere juzgarle personalmente, y le condena a ser arrojado desnudo en una
caldera de aceite hirviendo, lo que se ejecuta el 6 de mayo del ano 95, junto a la puerta
que sale hacia el Lacio, la Puerta Latina. Pero el aceite hirviendo respetó su cuerpo,
que salió de la caldera ileso y rejuvenecido.
Juan es deportado a Patmos, una isla de Grecia, donde se les condenaba a trabajar
sepultados en las minas. Allí vive Juan hasta el advenimiento de Nerva el año 96. Allí
un día "el águila de Patmos" oye una voz que le dice: "Escribe lo que
veas y envíalo a las siete Iglesias". Jesucristo le revela el presente y el futuro.
Y Juan escribe el Apocalipsis "donde cada palabra es un misterio" (San
Jerónimo). Poco después volvía a Éfeso.
SAN EADBERTO, S. VII
De este Eadberto
sólo sabemos lo que cuenta san Beda cuando habla de él como sucesor de san Cutberto
(año 687) en la sede episcopal de Lindisfarne, el islote llamado «isla santa» que hay
frente a la costa de Northumberland, en el noroeste de Inglaterra.
«Hombre bien conocido por su conocimiento de las Escrituras, su obediencia a los
mandamientos de Dios y su generosidad en las limosnas».
Cuando murió un 6 de mayo, cumpliendo sus deseos se le sepultó junto a san Cutberto,
cuyo cuerpo incorrupto se había exhumado poco antes de morir él, y en la doble tumba
donde estaban hermanados los dos obispos de Lindisfarne florecieron numerosos milagros que
se les atribuían conjuntamente.
No es mucha información, ni tampoco muy concreta, para una semblanza, pero disponemos de
lo esencial: unos cuantos rasgos que definen al cristiano y el hecho tan frecuente en la
historia de que la santidad se contagia y se arracima. En este caso, después de muertos
su intercesión no es fácil de identificar, como si se velase discretamente remitiendo
cualquier posible honor humano al Dios que posee todo el poder y la gloria.
SANTO DOMINGO SAVIO 1842-1857
Santo Domingo Savio nació cerca de Turín el
1842. Sus padres, Carlos y Brígida, eran fieles cristianos, que procuraron buena
educación para sus hijos. Era costumbre comulgar más tarde, pero Domingo fue admitido a
los siete años dada su buena preparación. Entre los propósitos de aquel día figuran:
"Mis amigos, Jesús y María. Antes morir que pecar". Y los cumplió.
La anécdota es famosa: un matrimonio
piamontés, de un pueblo de la provincia de Turín, lleva su hijo de doce años a san Juan
Bosco; éste hace unas preguntas al niño y comenta - quizá dirigiéndose a la madre, que
es costurera - : «Me parece que el tejido es bueno». «¿Qué se puede hacer con él?»,
quiere saber el interesado. «Un buen traje para regalárselo a Nuestro Señor», responde
el sacerdote. El niño dice: "De acuerdo, yo soy el tejido y usted el sastre".
Domingo Savio entró así en el colegio de Don Bosco, y en él vivió muy poco tiempo,
porque iba a morir a los quince años. Cuando Pío XII le canonizó en 1954 se convirtió
en el santo más joven de todos los reconocidos por la Iglesia, exceptuando a los
mártires, y tan singular circunstancia no dejó de provocar discusiones.
Oyó un día decir a Don Bosco: "Es voluntad de Dios que todos seamos santos. Es
fácil hacerse santos, pues nunca falta la ayuda de Dios. Hay grandes premios para quien
se hace santo".Y Domingo decidió hacerse santo. Don Bosco, su confesor y director,
le enseñó que para ser santo no hacen falta grandes penitencias, sino cumplir la
voluntad de Dios y servirle con alegría. Para ello es necesario sobrellevar con paciencia
las molestias del prójimo, convertir en virtud lo que es necesidad, cumplir alegremente
el propio deber y trabajar con ilusión por la salvación de las almas.
Este santito precoz siguió al pie de la letra los consejos de su director espiritual, el
propio Don Bosco, resumidos en una máxima: cumplir alegremente los deberes de su estado.
Es decir, santa alegría en el servicio de Dios, piedad y estudio, aceptación de las
contrariedades y hacer todo el bien posible a sus compañeros.
Programa sencillo y asequible por el cual vemos en Domingo a un santo moderno, lleno de
virtudes heroicas de carácter ordinario, cotidiano.
El niño que subió a los altares sin dejar de ser niño, se le recuerda practicando el
deporte, cantando en el coro con su hermosa voz - es patrono de los pueri cantores.
Practicó una devoción tierna y
profunda a la Virgen. A ella entregó su corazón. Vibró con emoción cuando en 1854 Pío
IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción. Su amor a Jesús Sacramentado era
extraordinario. Apenas despertaba, su corazón volaba al sagrario. Le gustaba ayudar a
Misa.
De repente se presentó una misteriosa
enfermedad. Las causas pudieron ser el rápido crecimiento, el esfuerzo en el estudio -
pues deseaba ser un santo y sabio sacerdote - y la tensión espiritual, en su afán por la
salvación de las almas - otro de los amores de Don Bosco - especialmente en misiones.
Cuando se acercaba la muerte, abrió los ojos y dijo:
"¡Qué cosas tan hermosas estoy viendo! ¡La Santísima Virgen viene a
llevarme!" y así expiró. Era el 9 de marzo de 1857.
Otros Santos:
Heliodoro, mártir; Beata Clelia Babieri,
religiosa.
