11 DE MAYO

SAN MAMERTO 477

mamerton.jpg (11944 bytes)Aunque los santos siempre estén dispuestos a escuchar nuestras peticiones y a ayudarnos en modos a menudo milagrosos, son los primeros en recordarnos que sin Dios carecen de poder. Cuando pedimos su ayuda, no es que puedan ponerse a la espalda de Dios para conceder nuestras peticiones. Ningún santo puede responder plegaria alguna, realizar ningún milagro o conceder favor alguno sin aprobación divina. Si lo que estamos pidiendo no está ordenado por la divinidad, ni el más grande santo del cielo puede dárnoslo. Si lo que estamos pidiendo ha sido ordenado por la divinidad, entonces ni el santo más grande del cielo puede impedir que ocurra.
San Mamerto, arzobispo de Viena en el siglo quinto, fue bien conocido como hacedor de milagros. Como todos los santos, atribuía sus milagros, incluyendo la extinción de un misterioso fuego por medio tan sólo de oraciones, a la gracia de Dios.
El proceso de canonización se ha hecho mucho más estricto ahora que en tiempos de San Mamerto. A fin de ser declarado oficialmente santo, se requieren milagros certificables. Dado que los milagros deben cumplir normas estrictas, las curas médicas con amplia documentación son las más comunes. Debido a las rigurosas normas, las causas de canonización de muchos hombres y mujeres santos están aguardando la prueba de los milagros. Entre estas gentes se hallan los que aparecen en este libro como Beatos. Si tienes una petición de un milagro que sea particularmente urgente, podrías tratar de pedir su ayuda a uno de estos santos que se hallan a la espera. Al concederte tu petición, podrías tal vez ayudarles a alcanzar la posición oficial de santo.

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SAN MAYOLO, abad (+994)

mayolon.jpg (21512 bytes)San Máyolo fue abad de la célebre abadía de Cluny, cuna de la reforma benedictina, poco tiempo después de ser fundada y de convertirse en el foco principal de la cristiandad, cuando la Sede de Roma se la disputaban entre varias familias romanas, los Túsculos y los Crescencios, por lo que puede hablarse del siglo oscuro o edad de hierro del pontificado.
Una banda de piratas sarracenos, venidos de España, había cruzado los Alpes y recorrían el Piamonte. Arrastraban tras sus jinetes muchos cautivos, tristes y desesperados. Sólo Máyolo se mantenía sereno y se atrevía a plantar cara a los bandidos.
Al principio los bandidos pensaron castigarle y colgarle de un árbol, pero al saber que era el abad de Cluny, pensaron conservarlo, y hasta lo trataron con respeto. En parte, porque sentían como una innata veneración al que ellos consideraban como un profeta, en parte, porque esperaban conseguir por él un buen rescate, pues conocían la riqueza de la abadía.
Los musulmanes habían señalado la suma de mil libras de plata, por su rescate y el de otros monjes, suma exorbitante, pero los monjes pudieron reunirla acudiendo a sus amistades, y pronto Máyolo estuvo entre ellos. Máyolo poseía cualidades de excepción. Ya de estudiante, decía de él un panegirista suyo: "Era más blanco que la flor del lirio, era más puro que la nieve. Sabía agradar a Cristo, y descollaba por la dignidad de su vida".
Máyolo forma parte de una pléyade de grandes y longevos abades cluniacenses. Odón, el primero, había sido un asceta. Máyolo, según San Odilón, su sucesor, era un místico y tenía pasión por la lectura, tanto de los Santos Padres, como de los filósofos. A Virgilio lo leyó de estudiante, después fue duro con él. "Los poetas divinos os bastan, decía a sus religiosos: Isaías y David, Sedulio y Prudencio. No manchéis vuestro espíritu con la muelle elegancia virgiliana".
Sí, fue duro con Virgilio, a quien algunos Santos Padres consideran como un poeta precristiano. Y el anónimo escultor de la sillería del coro de la catedral de Zamora lo coloca entre los doce profetas menores.
Los contemporáneos contemplaban en Máyolo una suprema elegancia, un gesto exquisito, una suave gravedad, una fisonomía noble, una elocuencia sublime, un acento aristocrático, un mirar firme y lleno de dulzura.
Es uno de los hombres más eminentes del siglo X, un gran restaurador, un insigne organizador. A través de sus monjes, su acción se extiende a todos los órdenes de la vida social. Influye en los gobiernos de Francia, Italia y Alemania. Fue amigo de Hugo Capeto, fundador de esta dinastía, consejero de Otón el Grande, director espiritual de la emperatriz Santa Adelaida, y a la vez distinguía con su trato a todos los humildes.
La venida de la muerte no le asustó más que el asalto de los ladrones alpinos. En su última hora, cuando todos lloraban en torno a su lecho, él se esforzaba por sonreír y dar a todos ánimos, y les decía: "Valor, amigos, demos gracias al Señor. Os pido a todos que esta muerte inevitable sea para vosotros un motivo de alegría, como lo es para mí".

Otros Santos: Anastasio, mártir; Beato Domingo Iturrate, religioso; Odón, Pedro el Venerable, Odilón y Hugo, abades; Ignacio de Láconi, religioso; Beato Juan Benimasa, religioso; Francisco Jerónimo, religioso; Evelio, mártir.

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