30 DE MARZO
SAN ZÓSIMO 571-660
San
Zósimo, hijo de terratenientes sicilianos, fue colocado por sus padres en el monasterio
de Santa Lucía cuando tenía siete años. Durante los siguientes treinta anos guardó la
reliquia de Santa Lucía y atendió la entrada. Pero un día las cosas cambiaron. El abad
de Santa Lucía murió y los monjes no pudieron ponerse de acuerdo sobre su sucesor. El
obispo de Siracusa fue requerido a tomar una decisión. Oteando la asamblea, el obispo
preguntó si faltaba algún monje. Alguien se acordó de Zósimo, que todavía estaba
guardando la reliquia y atendiendo la entrada. Tan pronto como el obispo lo vio, declaró:
«Ved a quien el Señor ha escogido.»
Pero no fue ése el final de las
sorpresas de Zósimo. Cuando el obispo falleció en el 649, fue nombrado para el puesto
por el papa Teodoro.
SAN JUAN CLÍMACO + 649

San Juan Clímaco vivió en la segunda mitad del VI y primera del VII.
El monje Daniel nos cuenta que Juan era un joven antioqueno de mucho porvenir. Parece que
llegó a ser abogado en Antioquía, por lo que fue llamado El Escolástico. Pero un buen
día renuncia a todo, sube como Moisés y Elías a la cumbre del Sinaí, entra en la nube
de las divinas comunicaciones, que luego comunicaría en un hermoso libro, y allí se
quedó.
El bíblico Sinaí estaba lleno de monasterios y de cuevas, habitadas por monjes, que se
regían por la regla de San Basilio y la legislación de Justiniano. Así lo contempló
Eteria, nuestra monja peregrina. Todavía queda el monasterio de los Cuarenta Mártires y
el célebre de Santa Catalina, con su famosa biblioteca, donde se descubrió el Códice
Sinaítico del siglo IV.
Tres años pasó Juan de
noviciado con el santo monje Martirio. Muerto su maestro, se fue a vivir al extremo del
monte, en una pequeña laura, como un anacoreta. Allí pasó cuarenta años, dado al
estudio y al trabajo, silencio y soledad, largas oraciones y corto sueño, parco en comer
y prolongadas vigilias, como un serafín, embebido en las divinas alabanzas. Su deseo era
vivir completamente aislado. "¡Oh beata solitudo, sola beatitudo!" Pero pronto
corrió la fama de sus virtudes y su sabiduría y acudían muchos a pedirle consejo. Juan
les atendía, pues entendía que no debía "ocultar la luz bajo el celemín". El
demonio le tentó con fuerza - lo hace en especial con los anacoretas - pero el Señor le
ayudó.
Cuando murió el abad de Monte
Sinaí, los monjes, conocedores de la virtud y discreción del anacoreta, le rogaron que
aceptara sucederle. Juan se oponía. Pero fue tal la insistencia que aceptó. Y acertaron,
pues el nuevo abad obró siempre con sabiduría y fue un ejemplo para todos.
San Juan Clímaco es el más popular de los escritores ascéticos de aquellos siglos,
debido a su única obra Escala del paraíso. Escala es Clímax en griego, y de ahí viene
a nuestro Santo el apellido Clímaco. La Escala se compone de treinta grados, que son
otros tantos capítulos en los que se explican las virtudes y los vicios del monje con
aforismos y sentencias.
Se sirve de ejemplos prácticos. Viendo a un cocinero muy recogido, le pregunta el autor
cómo puede conseguirlo. El cocinero le responde: "Cuando sirvo a los monjes me
imagino que sirvo al mismo Dios en la persona de sus servidores, y el fuego de la cocina
me recuerda las llamas que abrasarán a los pecadores". (También entre los pucheros
anda el Señor: Sta. Teresa).
En los primeros grados de la Escala habla de la renuncia al mundo y a los afectos
terrenos, la penitencia, el pensamiento de la muerte, y el don de lágrimas. Los grados
siguientes hablan de la dulzura, perdón, huir de la maledicencia, de la mentira y de la
pereza, amor al silencio, a la templanza y a la castidad. "La castidad, dice, es un
don de Dios, y para obtenerlo conviene recurrir a él, pues a la naturaleza no la podemos
vencer con sólo nuestras fuerzas". En los últimos grados habla de la pobreza, del
sueño, del canto de los salmos, de la paz, de la oración, de la humildad. El último
grado del libro esta dedicado a las virtudes teologales.
El santo abad, tan engolfado en las cosas de Dios, hizo edificar una hospedería cerca del
monasterio, para atender a los peregrinos. Enterado de ello el papa San Gregorio Magno, le
envió una buena cantidad de dinero para ayudarle en la construcción y manutención. San
Juan Clímaco, cumplida su misión, subió raudo por la escala de sus buenas obras al
paraíso.
Otros Santos:
Régulo y Pastor, obispos; Clinio, confesor; Quirino, Domnino y
Víctor, mártires.
