23 DE MARZO

SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO 1538-1606

toribion.jpg (17732 bytes)Nunca se ponderará bastante la influencia del Evangelio en el "nacimiento" de América. Por eso, más que hablar de descubrimiento o conquista, nos gusta hablar de la evangelización de América. Pronto celebraremos el V centenario. Porque, junto a los capitanes y aventureros, iban siempre los evangelizadores, junto al héroe de la espada, el héroe de la cruz. Junto a Pizarro, fundador de Lima, Toribio de Mogrovejo, segundo arzobispo de Lima.
Santo Toribio había nacido en Mayorga, en el antiguo reino de León, de hidalga familia. Estudió en Valladolid, Salamanca y Coimbra, fue profesor en esta última universidad y se graduó en ambos derechos en Salamanca.
En 1575 se le nombró para un cargo muy delicado, el de presidente de la Inquisición granadina.
Este título terrible, de tan amargos recuerdos, se convierte en sus manos en instrumento de amor, de piedad, de salvación.
Don Juan de Austria acababa de sofocar la insurrección de los moriscos. Los vencidos encuentran en el inquisidor un padre y protector, demasiado suave, según algunos, que le tratan de encubridor y protector de la herejía. Las mismas acusaciones verterán contra él después en América. También allí será el protector de los indios, de todos los desvalidos.
Su prestigio llega a tanto, que todavía seglar, es considerado como la persona más apta para ser arzobispo de Lima, caso de aceptar el servicio a la lglesia en el sacerdocio ministerial. Vencidas dudas e ilusiones durante un trimestre, lo acepta como una misión, en agosto de 1578. Va recibiendo, una a una, las órdenes menores y el subdiaconado. En marzo de 1579, le llega el nombramiento consistorial. Se ordena de diácono y de sacerdote. Visita su pueblo natal. En agosto de 1580 es consagrado obispo en Sevilla; y marcha a aquella misión, que le han propuesto, y ha aceptado.

La esperanza del martirio le ayudó a decidirse. No derramó su sangre de una vez, pero lo hizo gota a gota, como el más grande de los misioneros americanos. Fue un gran misionero y un gran prelado. Según Justo Pérez de Urbel, resumió en su persona los rasgos de Carlos Borromeo y de Francisco Javier.
Se puso a cumplir sin tardanza las tareas que Trento trazó para los obispos: sínodos, misiones, erección de parroquias, reforma del clero, corrección de costumbres. Ataja las violencias, lanza severos castigos contra los culpables, y él, que era todo bondad, no duda en prodigar lo que se llamaba "el ladrillo de Roma", la excomunión, contra todo el que maltrataba a los indios, contra todo el que faltaba a su sagrada misión pastoral.
Recorre una y otra vez el Perú, aprende varias lenguas indígenas para poder predicar en ellas, reúne trece sínodos diocesanos, publica un catecismo, funda el primer seminario de América, se enfrenta con los privilegios abusivos de las grandes órdenes religiosas y con el absolutismo del virreinato.
Dice Gheorghiu que el sacerdote tiene que tener "piernas de cabaIlo". Toribio las necesitaba. Su archidiócesis era tan grande como un reino. Distancias inmensas, montañas altísimas, pueblos perdidos en los Andes, ríos desconocidos... No importaba. Además de convocar en cuatro lustros quince sínodos y de reunir cuatro veces a los obispos de América meridional, el intrépido misionero, en dieciséis años, recorrió cuarenta mil kilómetros, llegó a la última aldea, sin caminos y con graves peligros.
Entraba en los míseros bohíos. Impresionaba a los indios su talla majestuosa y su noble ademán. Pero sobre todo se los atraía con su bondad. Les hablaba en quechua de Jesucristo, les agrupaba en torno a una iglesia y luego volvía para administrarles la Confirmación. Son incontables los que confirmó, entre ellos una niña que luego sería Santa Rosa de Lima.
Las correrías y peripecias de Toribio nos recuerdan las de San Pablo. Rodar por las rocas, perderse en los bosques, caer en los ríos, hundirse en los ventisqueros y en las lagunas. Más peligros había aún en los indios, tan tornadizos. Tuvo que sufrir injurias y rebeldías. Veinte veces pasó sereno entre el silbo de las flechas envenenadas. Pero nada le detenía. Si podía salvar un alma, iba hacia ella, aun con peligro claro de muerte.

El operario infatigable ya podía descansar. La muerte le sorprende, el Jueves Santo de 1606, en el curso de uno de sus numerosos viajes, en Saña Grande, donde se hace cantar por un misionero, al son de un arpa, el salmo "In te, Domine speravi".

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SAN JOSÉ ORIOL 1650-1702

joseoriol.jpg (1670 bytes)San José Oriol brilló así. Por su humildad y sencillez. Por su falta de aparatosidad y por su fidelidad en las cosas pequeñas. Por haber dignificado el cargo de beneficiado de una iglesia, tarea tan poco vistosa.
José Oriol nació en Barcelona. Fue monaguillo en Santa María del Mar, y ordenado sacerdote en 1676. Fue beneficiado en Santa María del Pino durante más de cuarenta años. Se santifica en su silla coral. simplemente asistiendo puntual al canto de las horas canónicas en las Misas conventuales. Para él el rezo de las horas canónicas era verdadera oración. No todos lo vivían así. Se cuenta que en cierto cabildo, se desató una tormenta mientras rezaban en el coro. Y uno, asustado, propuso:"Hermanos, vayamos a la capilla del Santísimo a rezar" (!!!).

Además de beneficiado, fue profesor particular de dos niños durante diez años. Luego, muchas horas de paciente confesonario, ante el que se formaban grandes colas. El contacto con los hijos de San Felipe Neri le ayudó mucho. Es un santo hecho por Dios para enseñar serenidad, efectividad en cualquier puesto, porque los suyos fueron siempre simplicísimos.
Y siendo tan sencillo y sin relieve, estaba muy bien preparado. Era muy diestro en la lengua hebrea. Fue doctor en teología. Leía mucho a San Juan de la Cruz. Su predicación no era muy elocuente, pero el ejemplo de su vida convencía.
Viaja a Roma para visitar el sepulcro de los apóstoles. Vuelve a Barcelona, donde le indican que está su puesto por ahora. Como beneficiado, le encomiendan diversas tareas, algunas incómodas, como la de bolsero, que reparte los ingresos, y la de apuntador de los impuntuales. La tarea de enfermero es la que hace más a gusto. Visita cárceles y hospitales.
Múltiples milagros a plena luz, curaciones públicas hechas con una santiguada, de las que no se atribuía ningún mérito; al fin y al cabo, recordaba, no soy yo sino Dios quien lo hace. Pero aun siendo tan espectaculares, los milagros no son más que el aparato eléctrico del Cielo, rayos y truenos para los ciegos y sordos del alma.
Y no es al taumaturgo a quien se convoca aquí, ni tampoco al asceta, al Doctor Pan y Agua como le llamaba el pueblo por sus mortificaciones continuas y severísimas, sino al hombre que, con una soberana indiferencia por el qué dirán, pronunció una frase casi escandalosa, como suele serlo la verdad: "Preferiría morir en los brazos de una mujer que con una moneda en el bolsillo».
¡Qué cosas tienen los santos! Antes el pecado de la carne que el del dinero, y esto en un castísimo varón, ejemplo de sacerdotes. La sensualidad es sucia, pero humana, el dinero tal vez diabólico. Por eso no podía conciliar el sueño si tenía en casa alguna monedita, y se precipitaba en plena noche a buscar un pobre, después de lo cual dormía como un ángel.

El 22 de marzo de 1702 recibe el Sacramento de los enfermos. La escolanía de Nuestra Señora del Pino le acompaña cantando a media voz el Stabat Mater.
Y al día siguiente muere santamente, a sus cincuenta y dos años, con la mirada en el Crucifijo.

Otros Santos: Teódulo, presbítero; Félix, Victoriano, Frumencio, Fidel, Teodosia, Domicio, Nicón, Pelagia, Aquila y Eparquio, mártires; Benito monje; Julián, confesor.

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