15 DE MARZO

SANTA LUISA DE MARILLAC 1591-1660

luisamarillacn.jpg (29475 bytes)Santa Luisa, nacida el año 1591, era hija de una familia noble. Huérfana de madre muy pronto, su padre le proporcionó una formación extraordinaria en todas las ramas del saber. Era también sumamente piadosa y ejemplar.
A los quince años quiso entrar en un convento de capuchinas, pero la disuadieron por su delicada salud. Muere entonces su padre, y a instancias de sus parientes se casó con el señor Le Gras. Se lee en el proceso de beatificación: "Fue un dechado de esposa cristiana. Con su bondad y dulzura logró ablandar a su marido, que era de carácter poco llevadero, dando el ejemplo de un matrimonio ideal en que todo era común, hasta la oración".
Tuvieron un hijo al que Luisa le tenía un amor sin límites. Esta experiencia maternal le serviría mucho para la futura fundación. Quedó viuda a los treinta y cuatro años. El señor Le Gras murió santamente en sus brazos. Desde entonces decidió entregarse totalmente a Dios y a las buenas obras.
Francia estaba enredada en guerras de religión en el siglo XVI. Pero en el XVII surge con fuerza una pléyade de santos, que realizan una gran tarea: Francisco de Sales, Juana Francisca, Vicente de Paúl, Luisa de Marillac.
Luisa se dirigía con Francisco de Sales, que la encaminó a Vicente de Paúl. Vicente había empezado ya sus ingentes obras de misericordia, como las Caridades, asociaciones al servicio de los pobres. Luisa pondrá en ellas el toque maternal y femenino, todo su corazón. Recorría los pueblos, reanimaba las cofradías, visitaba a los enfermos y todo quedaba renovado.
Hacían falta más brazos para atender a tantas necesidades. La miseria imperaba en ciertas regiones, donde, según informe al Parlamento "los aldeanos se ven obligados a pacer la hierba a manera de las bestias".
Vicente y Luisa no descansan. Amplían su radio de acción. Otras muchas jóvenes se unen a Luisa para atender a tantos necesitados. Después de un tiempo de noviciado, Luisa y sus compañeras pronuncian sus votos, en la fiesta de la Anunciación de 1634, fecha en que luego renovarán sus votos en todo el mundo las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl.
A partir de entonces la bola de nieve se convierte en alud arrollador. Se multiplican las obras en favor de "sus señores los pobres", como gustan llamarlos. Visitas a hospitales. Acogida de niños expósitos. Atención a las regiones en guerra. Se extienden a Flandes y Polonia, y luego a todo el mundo. Asilos para pobres. Establecimientos para locos y enfermos mentales. No hay dolencia sin remedio para Luisa y sus compañeras.
A principios de 1655 quedaba canónicamente erigida la Congregación de las Hijas de la Caridad. San Vicente les leyó las Reglas y les dijo: "De hoy en adelante, llevaréis el nombre de Hijas de la Caridad. Conservad este título, que es el más hermoso que podéis tener". Contrariamente a lo que ha ocurrido a otras comunidades, también nacidas para atender a los pobres, las Hijas de la Caridad han permanecido fieles a su carisma.
La actividad desarrollada por Santa Luisa era sobrehumana, a pesar de su débil constitución. Cayó agotada en el surco del trabajo el 15 de marzo de 1660. Vicente, también enfermo, no pudo acompañarla a la hora de la muerte. Le envió este recado: "Usted va delante, pronto la volveré a ver en el cielo". Vicente, cargado de buenas obras, no tardaría en acompañarla.
Los venerables restos de Santa Luisa de Marillac reposan en París, en la casa madre de la Congregación, en la misma capilla de las apariciones de la Virgen de la Medalla Milagrosa a Santa Catalina Labouré.

El papa Juan XXIII la proclamó en 1960 santa patrona de los asistentes sociales.
Una de las pocas cosas que preocuparon a Luisa fue el bienestar espiritual de su único hijo, Miguel. Su biógrafo dice: «Pese a todas sus ocupaciones, nunca lo olvidó.»
¿Podrían nuestras familias decir lo mismo respecto a nosotros? Es demasiado fácil olvidarse de los que tenemos más próximos cuando estamos presionados por el tiempo. Santa Luisa podría haber tenido razones legítimas para permitir que su hijo adulto se las arreglase por sí mismo, pero no lo hizo. El permaneció próximo a su corazón, y en su lecho de muerte, una de las últimas acciones de Luisa fue bendecirlo a él, a su esposa y a su nieto.
Por atareados que lleguemos a estar, no olvidemos el ejemplo de Santa Luisa. Aunque trabajemos para traer bendiciones a otros, recordemos también ser una bendición para nuestra propia familia.

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SAN CLEMENTE MARÍA HOFBAUER 1751-1820

clementemarian.jpg (11369 bytes)Jan Dvorak - tal fue su verdadero nombre - sólo era alemán por parte de madre, y nació en Tasswitz, en la Moravia, hijo de un carnicero checo. Tuvo que ganarse la vida con ocupaciones muy diversas, entre ellas la de panadero, antes de conseguir ser sacerdote a los treinta y cuatro años.
Los redentoristas, orden a la que pertenecía, le destinaron a Varsovia, donde vitalizó un ambiente espiritual muy mortecino ocupándose solícitamente de los fieles polacos y de la nutrida colonia alemana; convirtió a muchos, fundó asilos, colegios y asociaciones religiosas, pero en 1808 Napoleón deshizo toda su labor dispersando a los suyos e incluso encerrándole en la cárcel.
"Lo que nos parece una contrariedad nos lleva hacia donde quiere Dios", decía; el nuevo escenario de su vida será mucho mayor y más resonante, Viena; allí san Clemente pasa de oscuro capellán de unas monjas ursulinas a convertirse en uno de los hombres más influyentes de la ciudad en la que se celebra el congreso cuyo objetivo es poner orden en la revuelta Europa de Napoleón.

Pero lo de menos es que altos personajes le consultaran, que mitigase la entrometida política del josefismo en asuntos de la Iglesia o que reuniera a su alrededor a intelectuales, artistas, estudiantes y profesores, núcleo de un romanticismo católico (Schlegel, el poeta Brentano, el pintor Overbeck). Fue sobre todo el sacerdote humilde y celosísimo del confesonario y el púlpito, de las visitas a pobres y a agonizantes, de la caridad y la plegaria. Un contemporáneo le equiparó a Napoleón y a Goethe como quien compara el estruendo humano a una vigilia del espíritu esperanzada y fecunda.

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SAN LONGINOS S.  I

longinosx.jpg (10067 bytes)El centurión que traspasó con una lanza (de ahí su nombre, que deriva de lanza en griego) el costado de Jesucristo. Al ver el oscurecimiento del sol y el terremoto, «glorificó a Dios diciendo: Verdaderamente, este hombre era justo» (san Lucas). Se supone que después de convertirse renunció a la milicia y se retiró a Cesárea de Capadocia, donde hizo vida monástica.
La leyenda teje en torno a él una complicada historia: gotas de sangre del corazón divino le salpicaron los ojos, que tenía muy debilitados, y volvió a ver con claridad, recogió sangre del Redentor en un vaso que llamaremos Graal y posteriormente sufrió martirio y se le cortó la lengua, pese a lo cual siguió hablando.
El simbolismo más bello y los disparates más gratuitos se dan cita en esta tradición que sobrecarga la escueta figura de los Evangelios; nos gusta más su estampa sencilla y natural, de simple soldado que cumplía órdenes, crucificar, cerciorarse de la muerte de los reos, que no era un perseguidor como Saulo, sino alguien que estaba allí por razón de su oficio, indiferente a todo lo que no fuera su deber.
El deber le hizo coincidir con Jesucristo, que le esperaba en la cruz, asistió a los prodigios que rodearon su muerte, y un requisito técnico para comprobar ésta iba a provocar en él el gran cambio. Ante el Hijo de Dios otros se lavan las manos o gritan ¡Crucifícale!, él testigo accidental, o mejor, profesional, sabe ver lo que está viendo.

La lanza de Longinos, conservada en Constantinopla, fue un regalo del sultán Bayaceto al papa Inocencio VIII, y la reliquia se conserva en San Pedro sobre la hornacina para la cual Bernini esculpió su mármol - brazos en cruz, la lanza en la diestra, el casco y la espada a sus pies -, como un atleta glorioso que contempla deslumbrado la luz de la altura con un gesto de énfasis en el que pone toda su vida
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SAN RAIMUNDO DE FITERO, monje + 1163

Raimundofiteron.jpg (22163 bytes)San Raimundo "el San Bernardo español", nació probablemente por tierras del Moncayo, en Tarazona, de cuya catedral fue canónigo. Abraza la vida religiosa en el monasterio de Scala Dei, al otro lado de los Pirineos.
Y desde allí regresa a las mismas tierras, en 1139, para extender en ellas la Orden del Císter.
Se instalan provisionalmente en Yerga, con el monje Durando como abad y Raimundo como Prior.
En 1141 se trasladan a Niencebas, en la misma comarca. Inaugurará su nueva iglesia, siempre con la advocación de la Virgen, San Sancho de Funes, Obispo de Calahorra, con Raimundo Sierra, como abad.
La Serna de Cervera, los Baños de Tudején, y las tierras donadas por los abuelos del futuro gran Arzobispo de Toledo Rodrigo Ximénez de Rada, se irán revitalizando con el trabajo de los monjes blancos.
En 1148 le recordó también su antiguo Obispo de la Iglesia de Tarazona, Miguel: "Hago esta donación a ti Raimundo, venerable y religioso varón, antiguamente hijo de nuestra Iglesia, y ahora mudado, para mejor Orden y mejor hábito, abad de Niencebas".
Por este tiempo acude el Capítulo General de la Orden del Císter, presidido por el Papa cisterciense Eugenio III.
Pero, tanto Yerga como Niencebas, quedarán como pequeñas dependencias, de la gran abadía definitiva que pronto surgirá muy cerca, en el Castellón de Fitero.
A esta su fundación de Santa María de Fitero unirá para siempre su nombre San Raimundo, desconociendo la apelación latina y romance, Sierra; o la pirenaica, Burever.

Allí pensaba que terminaría su larga peregrinación.
Pero no fue así. Sancho III el Deseado había acudido a Toledo con lo más granado de su reino: condes, capitanes, caballeros, obispos, abades. Cundía una noticia alarmante: los caballeros templarios iban a abandonar la fortaleza de Calatrava. Los almohades la ocuparían. Toledo estaba en peligro.
Enterado de la situación, se sintió como impelido interiormente el abad Raimundo, y creyendo que ahora le pedía el Señor este servicio, marcha Toledo con el monje Diego Velázquez, para ofrecerse al rey.
El rey había ofrecido la plaza de Calatrava al valiente que tuviese la audacia de aguardar allí a los musulmanes. Nadie se atrevía. Pero Diego era un héroe y su abad un santo. Se encomendaron al Señor y se ofrecieron. Los medios, Dios los daría, una vez que la causa era buena.
Los cortesanos, avergonzados, se burlaban de tan quijotesca aventura. En cierto modo, tenían razón. El abad era diestro en cantar salmos y trascribir manuscritos, pero no en empuñar las armas. Ante la única oferta, se les ofreció la plaza. "Y aunque parecía locura, fue un éxito, como a Dios plugo".
Raimundo predicó con fervor la cruzada. Hasta veinte mil hombres reunió en las orillas del Ebro para defender y habitar aquella comarca. Mientras tanto, Diego, antiguo guerrero, organizaba la resistencia, entrenaba a los cruzados, guerreaba con los enemigos y salvaba la plaza.
Pero era preciso asegurarla definitivamente, y es entonces cuando el abad realiza la gran obra. Con sus numerosas huestes, mitad monjes, mitad soldados, funda la Orden militar de Calatrava "leones en tiempo de guerra, corderos en tiempo de paz", de la que es proclamado Primer Gran Maestre. Al ver la buena organización y sus éxitos, Alejandro III la confirmó.
La Orden de Calatrava seguiría cosechando triunfos. Y es que la disciplina les mantenía siempre en forma. Como asegura Don Rodrigo Jiménez de la Rada "pruébales la constante disciplina y el culto del silencio los acompaña. Si la victoria los levanta, la postración frecuente los humilla y la vigilia los doblega. La oración los instruye y el trabajo los ejercita".
Después de cinco años de abad de Calatrava, Raimundo se retiró a la villa de Ciruelos, cerca de Ocaña. Desde Ciruelos el Santo vigilaba a los monjes caballeros y oraba por ellos en los días de combate, como al conquistar Cuenca y recobrar Alcañiz. En los días de paz les infundía aquel espíritu de fe que les haría vencedores en las luchas oscuras del claustro.
En Ciruelos murió el santo abad en el año 1163, y, como dice el Rey Sabio en la Crónica General "enterráronle en dicha villa y allí face Dios miragros por él".
Sus reliquias sufrieron una larga peregrinación, como era frecuente entonces por las guerras y porque todos querían tenerlas. Desde Ciruelos pasaron al monasterio de Montesión de Toledo. Más tarde fueron veneradas en Fitero. Acabaron su peregrinación en la catedral de Toledo, encerradas en preciosa urna, sobre la que campea victoriosa la Cruz de Calatrava.

Y, como algo suyo, es venerado igualmente a ambos lados del Pirineo; lo mismo en Fitero y Pamplona, la Bureba y Rioja, Bujeta y Tarazona, Tarragona y Barcelona, que en Saint-Gaudens Toulouse, Bayona y Tarbes.

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SANTA LEOCRICIA S. IX

De padres mahometanos, recibe en su juventud el bautismo: después de haber sido instruida en la fe, primero por una joven cristiana y después por San Eulogio.
Hasta que la lección del martirio, dada por el gran maestro cordobés, la repite ella misma unos días más tarde, el 15 de marzo del año 859.

Otros Santos: Aristóbulo, Menigno, Nicandro, Matrona y Leocricia, virgen, mártires; Probo, obispo; Especioso, monje.

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