Al día siguiente de la solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo,
recordamos a los cristianos de Roma a quienes el emperador Nerón hizo conducir a 12
muerte en los jardines del Vaticano, luego de haberles hecho responsables del incendio que
había asolado la Ciudad en julio del año 64. El historiador Tácito (120) da cuenta en
sus Anales de la muerte de «esas gentes a las que el vulgo denominaba cristianos, por el
nombre de un tal Cristo que había sufrido el suplicio bajo Tiberio por parte del
procurador Poncio Pilato». Eran, según dice el mismo, «una inmensa multitud». Su
muerte «fue organizada como una diversión. Unos, cubiertos con pieles de fieras, fueron
desgarrados por perros; otros fueron izados a cruces en las que, al caer el día, se
convirtieron en antorchas Y¡ vas, a fin de iluminar la noche. Nerón había ofrecido sus
jardines para semejante espectáculo. Facilitaba juegos en el circo, mezclándose entre la
multitud, vestido de conductor de carrozas o bien tronando sobre su vehículo. Por eso,
aun cuando estas gentes fueran unos culpables dignos de los últimos suplicios, uno se
sentía lleno de compasión al ver cómo eran inmolados no para el bien público, sino por
crueldad de uno solo». Todo hace suponer que el apóstol San Pedro fue uno de los
crucificados en esta noche atroz, puesto que su cuerpo se hallaba depositado en la ladera
de la colina vaticana.
La mayoría de nosotros creemos
en conceder crédito cuando es merecido; especialmente cuando es a nosotros a quien se nos
debe. Casi no hay nada que genere tanto rencor como el que otra persona reciba los honores
de algo que hemos hecho nosotros. Si eso sucede, a menudo nos sentimos impulsados a poner
las cosas en su sitio, a asegurarnos de que el mundo sepa quién fue realmente el
responsable de la buena acción.
San Pedro Toussaint siguió el camino opuesto. Hizo todo lo posible por ocultar su
extraordinaria generosidad.
Nacido en el Haiff francés, Pierre Toussaint fue un esclavo en la plantación de Jean
Berand. Cuando la agitación amenazó a la isla, el señor Berand trasladó a su esposa y
hermanas a Nueva York. Antes de volver a Haiff, puso a Pedro de aprendiz con uno de los
mas prestigiosos peluqueros de la ciudad.
Las cosas fueron de mal en peor para los Berands. Jean Berand murió de pleuresía, la
plantación de la familia fue destruida en un gran levantamiento de esclavos, y las
inversiones de la señora Berand en Nueva York se perdieron cuando la empresa quebró.
Durante el resto de su vida, Marie Berand fue mantenida por San Pedro, que se había
vuelto rico y famoso como peluquero. Según todas las apariencias externas, él seguía
siendo su esclavo, incluso sirviendo de camarero en las fiestas que ella organizaba
(¡fiestas que eran pagadas con el dinero de San Pedro!). Finalmente, mientras la señora
Berand moría, concedió a Pedro su libertad.
San Pedro hizo muchas de las cosas que hicieron otros santos. Asistió fielmente a la
misa, dio generosamente a los pobres, cuidó de los enfermos y educó a los iletrados.
Quizá lo más notable que hizo, sin embargo, fue permitir a una orgullosa aristócrata
mantener su dignidad... a expensas de la suya propia.
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