30 DE JULIO
ABDÓN Y SENÉN 250,
Poco sabemos de ellos, salvo lo que la antigua piedad
romana nos ha transmitido: que eran persas, o por lo menos orientales - en su tumba de la
Vía del Porto se les representó con gorro frigio -, que fueron llevados a la capital del
Imperio como cautivos, y que allí, pertinaces en su fe, se les echó a las fieras, que no
se atrevieron a tocarles, y tuvieron que ser degollados.
Según unos, príncipes o sátrapas, grandes señores, según otra hipótesis,
modestísimos obreros portuarios, lo cual explicaría que se les enterrase junto a los
almacenes del embarcadero, no hay acuerdo entre los hagiógrafos, pero seguro que a Dios
le daba exactamente igual. En cualquier caso, tuvieron mucha veneración en la
antigüedad, y sus reliquias se conservan hoy en San Marcos, dentro del Palazzo Venezia de
Roma.
Al evocar sus borrosas siluetas, sus nombres exóticos, nos llama la atención el hecho de
la lejanía de su origen; Palestina estaba lejos, pero Persia mucho más aún, ¿cómo se
hicieron cristianos? ¿Descendían tal vez de algún converso de los que san Simón y san
Judas hicieron antes de morir en tan remoto país?
Abdón y Senén llegan a Roma para el propio sacrificio aportando sangre persa. Los traen
cautivos, recorriendo enormes distancias, sólo para morir en el capital del mundo;
quizás en el Coliseo, o ante la estatua colosal de Nerón que había junto a él, son
conjeturas históricas, nada se sabe de cierto, sólo el testimonio de un largo viaje
hasta el martirio. Ellos mismos son una resplandeciente conjetura que acaba en la certeza
de la muerte por la fe.
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SAN PEDRO CRISÓLOGO 380-450
San Pedro
Crisólogo («Palabra de oro»), nació probablemente en Imola hacia el 380. Cuando fue
elegido como obispo de Rávena (entre 424 y 431), la antigua ciudad se hallaba en el
apogeo de su grandeza imperial, bajo el gobierno de Gala Placidia. El obispo Pedro
dio pruebas de ser un político de valer, permaneciendo totalmente fiel a las
tareas de su oficio pastoral. Predicó mucho. Han llegado hasta nosotros cerca de 180 de
sus sermones. Se trata de breves exhortaciones (Pedro predicaba menos de un cuarto de
hora), de homilías acerca de la Escritura o del año litúrgico, preparadas para instruir
con sencillez e impulsar al pueblo cristiano a vivir conforme al Evangelio. No se
advierten ellas ni la inspiración literaria de Agustín, ni la teología de León Magno -
los dos contemporáneos de Pedro -, pero el pueblo de Rávena, altos dignatarios de la
corte o marinos del puerto de Classe, veían en ellas unas palabras henchidas del calor
adecuado a la vez que una enseñanza que nunca se apartaba de su vida.
El obispo se imponía a sí mismo voluntariamente el predicar de una manera tan sencilla:
«Nuestras palabras, dice, han sido sepultadas con Cristo», «Hay que hablar al pueblo
con el lenguaje del pueblo». Según la Crónica pontifical de Rávena, el obispo Pedro I
murió un 31 de julio (antes del 451)
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