12 DE JULIO
SAN JUAN GUALBERTO 1073
San Juan Gualberto era hijo de una acomodada familia de Florencia, dueña de castillos y ricas posesiones. Eran dos hermanos, Juan y Hugo. Una familia feliz, hasta que en una triste ocasión Hugo había sido
asesinado.
Juan llevaba esa herida clavada en el corazón. Un pensamiento le torturaba: "Mancha
de sangre, con sangre se ha de borrar. Y yo, su hermano, soy el que ha de borrarla. Y
mientras no lo haga, no recuperaré la honra" .
La vida de Juan cambió radicalmente el día de Viernes Santo de 1003, cuando tenía 18 años. Fue su "camino de Damasco". Juan era un
joven despreocupado que asistía a la iglesia sólo en las grandes
solemnidades. Juan no sabía explicarse las profundas
emociones que había experimentado en la iglesia aquel día, en los oficios solemnes que
conmemoraban la muerte del Señor. Al adorar la cruz,
todos notaron en él una devoción especial.
Terminados los oficios religiosos partió hacia Siena, bien armado en su caballo. La primavera sonreía en los
campos, pero no tanto en su corazón. Borrada de repente la imagen de Jesús en la cruz,
que tanto le impresionara hace unas horas, sólo veía la de su hermano desangrándose en
tierra, mientras se imaginaba encontrarse con el asesino y enrojecer con la sangre del traidor la espada que
llevaba, que era la de su hermano.
Todavía se entretenía su mente con estos pensamientos, cuando en una curva del camino se presentó ante sus
ojos, a pie y desarmado y llevando de la mano un niño, precisamente el asesino de su
hermano.
Juan saltó del caballo como un rayo, espada en mano. El asesino no intentó huir. Era inútil. Se arrodilló con
los brazos en cruz, y sólo le dijo una
palabra: "Perdón". Juan no le escuchaba, y se disponía a asestarle un golpe mortal a su enemigo. Viéndose éste
perdido sin remisión, aún musitó,
entre la vida y la muerte: "Jesús, Hijo de Dios, perdóname tú al menos.
Fue entonces cuando la gracia divina obró en el corazón de Juan. Ya no veía a su enemigo de rodillas ni al niño
llorando. Sólo veía a Jesús muerto en
la cruz por él, que tanto le había emocionado poco antes en la iglesia. Ya no escuchaba el gemido del que le pedía perdón,
sino, las palabras de Jesús: "Padre, perdónales, porque no saben lo que
hacen". Arrojó la espada, se tiró a tierra, levantó al asesino, le abrazó y le
dijo: "Hermano, te concedo el perdón que me pides, por la sangre que hoy derramó Jesús en la cruz". El asesino
le besó la mano y se marchó.
Estaba allí cerca, recostado a las orillas del Arno, el monasterio benedictino de San
Miniato. Entró Juan en la iglesia y se postró ante Cristo Crucificado. Así pasó varias horas, como fuera de sí. Al
marcharse vio que Cristo se inclinaba
hacia él y le miraba con dulzura infinita. Por la noche volvió Juan a casa de sus padres. Pero era ya otro hombre.
Pocos días después volvía Juan a San Miniato. Pero esta vez para quedarse. Con todo, al
querer hacerle abad, huyó a la Camáldula. Busca
aún mayor soledad, y San Romualdo, al decirle adiós, le predice su futura misión
de fundador.
Poco después, funda en los bosques de Vallumbrosa, bajo la Regla de San Benito, una nueva
Orden, con muchos monasterios en Italia y que desde la casa madre de Vallombrosa, en la
Toscana, se extendió por toda la península.
Los monjes de Vallumbrosa practicaban una vida llena de rigores: estrecha clausura,
silencio perpetuo, pobreza extremada, severas penitencias. Los monjes, y el mismo
fundador, lucharon tenazmente contra el mal
del siglo, la simonía, y contra toda clase de cismas y herejías. El 12 de julio de 1073, el siervo bueno y fiel, era
llamado al paraíso.
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