SANTOS PABLO MIKI Y COMPAÑEROS MÁRTIRES DEL JAPÓN S. XVI
San
Francisco Javier predicó por vez primera la fe de Jesucristo en el Japón el 15 de agosto
de 1549. Cuando en el invierno de 1551 San Francisco Javier partía para la India dejaba
más de 2.000 japoneses convertidos a la fe cristiana juntamente con dos influyentes
jefes. Unos 30 años después eran más de 150.000.
Y
alcanza tal aceptación, que sólo las persecuciones podían detenerlo.
El emperador Taikosama comienza la primera el año 1596. Su víctima destacada fue
San Pablo Miki, japonés, de la isla de Nipón; hijo de un capitán del ejército
imperial, que había recibido el bautismo con toda su familia.
San Pablo Miki entra en la Compañía de Jesús; y predica incansablemente hasta su martirio en
compañía de un escuadrón de héroes del cristianismo en el Japón.
El nombre de Nagasaki trae a la memoria al mundo entero el apocalipsis
atómico del 9 de agosto de 1945. Pero, para los cristianos, también trae el recuerdo de
las veintiséis cruces que fueron izadas cara al mar el 5 de febrero de 1597. Tales cruces
reproducen la imagen de la cristiandad japonesa, seis franciscanos, entre ellos varios
españoles, tres jesuitas japoneses y diecisiete seglares - incluyendo a un niño de trece
años y a otro de once - , también japoneses. Una pequeña muestra de la Iglesia del
Japón que treinta años después de Francisco Javier contaba con más de ciento cincuenta
mil fieles.
Los franciscanos tenían nombres por así decirlo previsibles: fray Pedro Bautista, que
era de San Esteban del Valle (Ávila), fray Martín de la Ascensión, un guipuzcoano, fray
Francisco de San Miguel, que procedía de Valladolid, San Felipe de Jesús era
un franciscano de Méjico y San Gonzalo García, de la India
(isla de Bassein).. Los tres jesuitas emparejan
un nombre de pila muy nuestro con apellidos que nos suenan a exóticos: Pablo Miki, Juan de Goto y Diego
Kisai.
Los 17 seglares: Cosme Taqueya, Pablo Ibarqui, Francisco de Meaco, Pablo
Suzuqui, Juan Quinoya, Tomás Idauqui Gabriel de Duisco, Francisco Chelante, Pedro
Sucaguiró, León Caramuso, Joaquín Saccaquibara Matías y Buenaventura, Miguel Cozaqui y
su hijo Tomás, con los pequeños Antonio de 13 años y Luis de 11. Entre ellos: catequistas, intérpretes, dos
médicos.
Desde lo alto de su cruz, Pablo Miki proseguía su predicación, invitando a cuantos
les rodeaban a que se convirtieran y perdonando a los responsables de su muerte. Todos se
encontraban sonrientes y no pocos cantaban.
Les fue traspasado el corazón con un golpe de
lanza: así concluyó su configuración con Cristo. Una herencia doble, de la fe y de la
raza, muy difícil en aquel momento, y la dificultad se resolvió en martirio.
Las causas de la persecución, como siempre múltiples: cuestiones personales,
intereses políticos, envidias, codicia, actitudes fanáticas. En este caso también la
jactancia de un capitán español que para asustar a los que le embargaban el barco
aseguró que tras los misioneros el rey de España mandaba una flota de conquista.
El shogún Hideyoshi decretó la muerte de los veintiséis, en la ciudad de Meako se les
cortó la mitad de la oreja izquierda, marcándolos afrentosamente para el sacrificio, y
en carretas fueron llevados a Nagasaki, lugar de la ejecución. En la colina que hoy se
llama de los mártires se levantaron veintiséis cruces, y allí murieron todos a lanzadas
entonando himnos.
Los veintiséis mártires de Nagasaki son los representantes, dentro del calendario
romano, de la multitud de cristianos de Extremo Oriente que han muerto por la fe. Las
Actas de los mártires del Japón, China, Vietnam o Corea no desmerecen un ápice de las
de las primitivas Iglesias. Se encuentran en ellas la misma dignidad, la misma fe y amor,
y la misma alegría, puesto que es también el mismo Espíritu el que, a lo largo de los
siglos, habla por boca de los testigos de Jesús.
![]()