SANTA ÁGUEDA S. III
Mientras
que la imagen de Inés aflora lo suficiente de los más antiguos relatos que tratan de
ella, de sus dos hermanas sicilianas, Lucía de Siracusa y Águeda de Catania, apenas si
queda más que los nombres, asociados al recuerdo del supremo testimonio ofrecido a Cristo
por ambas jóvenes. Según la tradición el martirio de Águeda - cuyo nombre en griego
evoca la bondad - puede situarse en el año 251, durante la persecución de Decio. Se
dieron por entonces apostasías en masa, en especial - personas que ocupaban puestos
oficiales. Por eso mismo, merece tanto más consideración el entusiasmo de los jóvenes
cristianos - muchachas y muchachos - del que dan testimonio muchas Actas de mártires.
Tuvo veneración desde muy antiguo y de la que hay numerosas y
elogiosas referencias en tiempos relativamente próximos a su muerte. Se incorporó
así al canon de la misa, donde parece aludir a la firmeza de la piedra que lleva su
nombre, el ágata.
Las actas de su martirio, muy noveladas e incurriendo en convencionalismos un tanto
pueriles, dicen que era muy hermosa y de familia ilustre, que la pretendió el cónsul de
Sicilia Quintiliano, quien al fracasar en sus intentos matrimoniales, ya que la joven
había hecho voto de castidad, hizo todo lo posible para que apostatase.
Al no lograr su propósito por el convencimiento, la recluyó en un burdel regentado por
la infame Afrodisia y sus nueve concupiscentes hijas, y al ver que Águeda seguía
defendiendo su pureza con inquebrantable heroísmo, la entregó a los verdugos que le
arrancaron los pechos con unas tenazas, y aunque la leyenda supone una aparición de san
Pedro en la cárcel para sanar sus heridas, murió a consecuencia de tales torturas.
Al papa y poeta San Dámaso se atribuye este precioso himno dedicado a esta
ilustre mártir siciliana: "Hoy brilla el día de Águeda, la insigne virgen; Cristo
la une consigo y la corona con doble diadema. De ilustre prosapia, hermosa y bella,
todavía más ilustre por las obras y la fe, reconoce la vanidad de la prosperidad
terrena, y sujeta su corazón a los divinos preceptos. Bastante más fuerte que sus
crueles verdugos, expuso sus miembros a los azotes. La fortaleza de su corazón la
demuestra claramente su pecho torturado. A la cárcel que se ha convertido en delicioso
paraíso, baja el Pastor Pedro para confortar a su ovejilla. Cobrando nuevo aliento y
encendida en nuevo celo, alegre, corre a los azotes. La muchedumbre pagana que huye
amedrentada ante el fuego del Etna, recibe los consuelos de Águeda. A cuantos recurren
fieles a su protección, Águeda les extingue los ardores de la concupiscencia. Ahora que
ella, como esposa, resplandece en el cielo, interceda ante el Señor por nosotros,
miserables. Y quiera, sí, mientras nosotros celebramos su fiesta, sernos propicia a
cuantos cantamos sus glorias".
En esta hermosa composición del gran papa español se encierra la vida de nuestra
célebre mártir.
En la iconografía suele
representarse llevando en una bandeja los dos pechos cortados, como santa Lucía lleva los
ojos, y es tradicionalmente "abogada de mal de pechos" y patrona de las
nodrizas, además de atribuírsele una especial protección contra las erupciones del
volcán Etna, muy próximo a Catania.
Al correr de los siglos, nunca han dejado los habitantes de Catania de acudir a la
protección de Santa Águeda en las desgracias públicas, en especial durante las
erupciones del Etna. Pero siempre se ha mostrado Palermo como digna émula de Catania en
esa fidelidad al recuerdo de Águeda. El culto tributado a la joven mártir había de
llegar, partiendo de Sicilia a Constantinopla y Roma, de donde se extendió a todo el
occidente.
Sus
reliquias se conservan en su ciudad natal, aunque una parte de ellas se llevaron a una
antiquísima iglesia de Roma que data del siglo v, Santa Águeda
de los Godos, y otra
iglesia romana en el Trastévere lleva también su nombre, la que alberga la patrona del
barrio, la famosa «Madonna de Noantri».
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