SAN HILARIO + 468
Natural de
Cerdeña, era diácono y hombre de confianza del papa san León, quien en el 449 le mandó
a Éfeso como legado para asistir al concilio que el propio pontífice debía llamar más
tarde «latrocinio». Enlazamos aquí con la historia de san Flaviano, evocada el día 18
de este mes y a cuyas vejaciones Hilario asistió horrorizado e impotente.
Temiendo por su vida ante aquellos energúmenos y llevando consigo la apelación que
Flaviano dirigía al Papa, Hilario se puso bajo la protección de san Juan evangelista,
cuya tumba se veneraba en las afueras de Éfeso, y allí hizo un voto al discípulo amado
del Señor, cuyo culto era entonces casi inexistente en Roma.
Consiguió volver sano y salvo a Roma (desde donde escribió a la emperatriz Pulqueria
informándole de lo sucedido), y a fines del 461 sucedió a san León en la Silla de
Pedro. Gobernó la Iglesia durante siete años, durante los cuales no se produjo ningún
hecho de gran relieve.
Vemos a san Hilario ocupándose de cuestiones de disciplina (usurpación de episcopados,
abusos en la consagración de obispos sin el consentimiento de los metropolitanos,
consagraciones ilegales, etc.) y oponiéndose a que se propagaran herejías como la del
macedonio Filoteo.
¿Olvidó el voto de Éfeso? No, hizo edificar dos oratorios en la basílica
constantiniana de Letrán--aunque muy transformados, aún subsisten - que dedicó a san
Juan Bautista y a san Juan Evangelista y así el nombre de Juan quedó vinculado para
siempre a Letrán. Dos inscripciones recuerdan su iniciativa.
Este agradecido papa recibió sepultura en san Lorenzo extramuros.
Son escasas las
noticias que han llegado hasta nosotros de este ilustre ermitaño y célebre fundador de
Monasterios, sobre todo de su juventud y formación intelectual. Parece que apenas tenía
estudios pero sí gozaba de una sabiduría e inteligencia nada comunes y que en su hogar
familiar había recibido una esmerada educación cristiana que, a pesar de las no pocas
dificultades por las que el trajín de la vida le arrastró, jamás llegó a olvidar.
Su vida se mueve en aquellos años tan difíciles cuando el Imperio Romano de
Occidente se desmorona y cuando los pueblos bárbaros venidos del norte de Europa amenazan
avasallarlo todo. De hecho reina la barbarie y la desolación. El cristianismo que hace
poco ha conocido los aires de la libertad, al poder celebrar sus actos fuera de las
catacumbas, encuentra ahora este enemigo al que tan sólo le interesa el materialismo y la
barbarie, polos opuestos a la dulzura y valores eternos que predica la fe de Jesucristo.
La Divina Providencia iba dirigiendo los pasos de Román y poco a poco le hacía ver
que aquella vida que llevaba no podía satisfacer ni llenar las ansias de su corazón.
Estaba dotado de un carácter vivo, fogoso y expansivo. Por otra parte también le
arrastraba la soledad y la entrega a Dios en el silencio y la oración. ¿Quién vencerá
la batalla?
Es ordenado sacerdote en Besancón por el ilustre Hilario de Arlés en tiempos tan
difíciles para la Iglesia. No por cobardía, sino por necesidad interior, renuncia a
todas las prebendas que podía ofrecerle su Ordenación sacerdotal y se retira a la
soledad para vivir la vida eremítica. Allí pasa unos años no teniendo otra compañía
que los árboles, las plantas y algunos animales. Toda su jornada la pasa entregado a la
oración, a la mortificación y hace también algunos trabajos manuales.
Pronto se enteran algunos hombres, igual que él hambrientos de vida de mayor entrega
al Señor, y le piden los acepte en su compañía... Así van echándose los cimientos de
aquel género de vida que llamará la atención por aquellos alrededores y que será foco
de virtudes cristianas. Román conocía bien la vida y escritos de los Padres del Desierto
de Egipto, la Tebaida, etc... y pensó que, sin abandonar su Patria, en la misma Galia,
podía él y los suyos organizar el mismo género de vida que aquellos Padres... De aquí
surgió su célebre convento de Condat que será después la semilla de otros muchos
Monasterios o una especie de lauras aglutinadas en torno al abad o padre espiritual de
todo el Monasterio.
Cierto día se sumó a aquellos monjes el mismo hermano de Román, llamado Lupicino,
que después también será inscrito en el Catálogo de los Santos. Entre los dos llevaban
la dirección del Monasterio. Lupicino era más fogoso que Román y a veces era un tanto
duro en las penitencias que él se imponía y quería también para los demás. Entonces
aparecía Román, y con su gran bondad, traía la paz y descargaba a los monjes de
penitencias exageradas.
Gracias al buen hacer de Román no hubo nunca excisiones en el Monasterio y todos
vivían como verdaderos hermanos, teniendo, como dice el libro de los Hechos "un
mismo sentir y siendo todo común entre ellos".
Román también supo ser duro e intransigente con los príncipes y nobles cuando
veía que los derechos humanos y de la Iglesia eran pisoteados por ellos. Condat se había
convertido en una de las escuelas más famosas de su tiempo y de allí salían fervorosos
misioneros y trabajadores para todo los campos en la viña del Señor. Famosos se hicieron
aquellos cenobios por su sabiduría, copia de códices, enseñanza de idiomas antiguos,
composición de preciosos tratados de vida espiritual y obradores de muchos prodigios.
Lleno de méritos expiraba el año 460.
OTROS SANTOS: Macario, Rufino, Justo, Teófilo, Alercio, Cereal, Púpulo, Cayo y Serapión, mártires; Emma, viuda.