Sebastián de Aparicio nace en la Gudiña, diócesis de Orense,
el 20 de Enero de 1502. Pasó sus años de juventud por Castilla y Andalucía, guardando
ovejas y cultivando campos, como criado y jornalero. Después emigró a Nueva España,
dirigiéndose primero a Puebla de los Ángeles y después a Méjico. Con admirable
caridad, se dedicó a socorrer viudas y huérfanos y a hacer otras obras de misericordia
con lo que obtenía de su trabajo. al enviudar a los setenta años, entró en la Orden de
Frailes Menores, como lego. Brilló por su sencillez, mansedumbre, fortaleza y otras
virtudes. Casi centenario, adormeció en el Señor en Puebla de los Ángeles, el 25 de
febrero de 1600.
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SAN VALERIO S. VII
La persecución es
herencia de cuantos quieran seguir de cerca al Divino Maestro. El Papa Benedicto XV hasta
llegó a decir, en animada charla con un grupo de cardenales, que la
"persecución" es la quinta nota esencial de la Iglesia.
San Valerio fue sin duda alguna uno de los santos que más duramente haya sido
perseguido durante toda su vida. No fue el suyo un camino de rosas.
A principios del siglo VII nació en la Provincia de León, cerca de Astorga, y por
estas cercanías pasó casi toda su larga vida yendo de una a otra parte y encontrando
dificultades de todo tipo para poder tomar una residencia fija para lo que él ansiaba:
Servir a Dios en la oración y penitencia.
Recibida una esmerada educación cristiana, trató de vivir siempre de acuerdo con
ella. Pronto se dio cuenta de que la juventud caminaba por las vías del abandono
religioso y de la entrega a los placeres de la carne, y él huyendo se quiso retirar a un
Monasterio famoso en su tiempo y que había fundado unos años antes el santo Obispo de
Braga San Fructuoso. A pesar de sus buenas intenciones y excelentes cualidades que le
adornaban, no fue admitido en aquel monasterio, porque otros eran los planes que la Divina
Providencia tenía sobre él. Debía cargar con la cruz de la persecución y de la
penitencia, sobre todo, de la que conlleva la inseguridad y vida nómada a la que desde
ahora se verá forzado en todas partes. Bien se le podía nombrar patrón de los hombres
que van de camino, de los que se hallan faltos de seguridad...
Como sentía un atractivo irresistible hacia la vida de soledad y silencio, se
retiró a una ermita, sita cerca del castillo de la Piedra, no lejana a la villa de
Astorga. Allí se entregó a la oración, al ayuno y la maceración de su cuerpo. Pronto
corrió la voz por aquellos contornos de la santidad de vida de aquel joven ermitaño y
muchos acudían a visitarle, a pedirle sus oraciones y consejos para su caminar
espiritual. Esta ermita estaba a cargo de un clérigo que se llamaba Flayno. Al ver las
ricas limosnas que le entregaban todos los buenos visitantes para su sustento y para que
pudiera hacer limosnas a los que siendo más pobres que él le visitaban... pronto se
despertó en el corazón del avaro Flayno deseo de apoderarse de todo aquello y le exigía
le entregase todo que le daban. Más aún, le obligó a marcharse de allí y los buenos
cristianos acudían al nuevo paradero de Valerio y allá iban a parar sus limosnas. Flayno
no dudó de acudir allá y quería apoderarse también de estas limosnas que ya nada
tenían que ver con su ermita. Llegó incluso a pegarle y burlarse de él.
Sus admiradores le adquirieron una ermita en un pueblecillo llamado Ebronato y allí
se sentía dichoso entregado a la oración y penitencia. Pronto el amo de aquella heredad,
llamado Racimino, empezó a tenerle envidia de ver lo admirado y querido que era de todo
el mundo y trató de echarlo de su finca con los mayores improperios. Puso al frente de
aquella iglesia a un tal Justo, diácono, que no tenía de justo más que el nombre y
también trató de hacer la vida imposible al pacífico ermitaño Valerio. Lo veían los
fieles y trataban de ayudarle, pero no siempre podían hacerlo.
Por fin, después de más de veinte años de duras pruebas y persecuciones de todo
tipo, recibió la inspiración del cielo de que se trasladase a la región del Bierzo, y
allí edificase una Ermita que sería su cobijo hasta su muerte. Así lo hizo y en aquel
lugar tan solitario, lejos del mundanal ruido, se entregó a la más dura penitencia y
prolongada oración. El Señor le bendijo copiosamente y obraba muchos prodigios por su
medio.
Hizo el voto de no perder ni un minuto de tiempo, y así, cuando terminaba su
oración se entregaba a trabajos manuales o a escribir, ya que también, a pesar de su
escasa formación literaria, nos dejó preciosos tratados espirituales y varias vidas
ejemplares. Por fin un 25 de febrero, de finales del siglo VII, expiró en el Señor.
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SANTOS ETELBERTO Y WALBURGA 560-616 Y + 779
Dos aspectos complementarios de la evangelización en la
Inglaterra anglosajona: el rey inglés que recibe a los misioneros y se convierte al
cristianismo, y la monja inglesa que un siglo más tarde ayuda a cristianizar el
continente, vasos comunicantes de la fe que cruza en las dos direcciones el canal de la
Mancha. Primero se acoge lo que con el tiempo se exporta.