24 DE FEBRERO
SAN PRETEXTATO + 586
Un testigo de
los hechos, Gregorio de Tours, y en el siglo pasado Agustín Thierry, cuentan la bárbara,
crudelísima historia de los reyes merovingios, que abunda en episodios atroces de gran
guiñol. Chilperico y su esposa Fredegunda son dos salvajes protagonistas de esa especie
de novela de intriga y horror en la que también interviene Pretextato, obispo de Ruán.
Lo que sabemos de él no le califica como hombre avisado e inteligente (Thierry alude
a su «candidez» y dice que era «poco cauto»), o, para decirlo en términos más crudos
nos parece algo tonto. La listeza nunca ha sido condición indispensable para la santidad,
y no deja de tranquilizarnos que haya habido santos más bien obtusos.
Pretextato era padrino de Meroveo, hijo de Chilperico, y sentía por él una
debilidad que se manifestaba en todas las ocasiones; por ejemplo, cuando el príncipe le
pidió que le casara con Brunequilda, viuda de su tío. Aun siendo contrario a los
cánones, el obispo accedió a sus deseos, y desde entonces podía contar con la feroz
inquina de los reyes.
Algún tiempo después, en el 577, Pretextato fue acusado de traición al monarca, y
en París compareció ante un concilio en el que se defendió con tanta sinceridad como de
una forma poco hábil; con todo no había pruebas concluyentes contra él, y además le
defendía el enérgico Gregorio de Tours. El rey tuvo que idear otra artimaña.
Pidió a los prelados dudosos que aconsejaran a Pretextato que se declarase culpable,
afirmando que era la única manera de aplacar su cólera, y que tras la humillación del
obispo él se mostraría magnánimo y le perdonaría; la víctima cayó en la trampa, fue
depuesto con infamia desgarrándole la túnica por la espalda, recluido en una mazmorra y
por fin desterrado a la isla de Jersey.
En el 584 Chilperico murió asesinado y el obispo volvió con todos los honores a Ruán,
en cuya catedral le apuñaló un sicario por orden de la vengativa Fredegunda, m
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SAN MONTANO 259
Si
los campeones de la censura fueran a leer alguna vez los relatos expurgados de
los mártires primitivos, gastarían sus lápices azules hasta los nudillos.
Mientras que las referencias al sexo están tan veladas como para ser casi
irreconocible (una santa que en su juventud vivió con un hombre con el que no
se casó se dice que tuvo una «propensión al vicio», y su relación fue
referida como «los más grandes desórdenes»), la tortura es otra historia.
Las películas modernas de terror lo tienen difícil para competir con las
martirologias primitivas.
San Montano fue un mártir primitivo. Junto con varios otros, fue ejecutado por
su fe durante la persecución de Valeriano en el siglo tercero. El relato de sus
pruebas y ejecución está extensamente detallado. Realmente, no lo tuvieron
demasiado mal. Sólo fueron apresados, arrastrados con cadenas por las calles,
privados de alimento y agua, humillados públicamente y decapitados. Muchos
otros mártires primitivos fueron sometidos a ingeniosos tormentos, incluyendo
la parrilla, ser desollados vivos y ser quemados en la hoguera antes de ser
finalmente matados.
Aunque tales relatos sean difíciles de leer, sirven de poderoso recordatorio de
que el mal no es sólo una ficción de nuestro inconsciente colectivo. No es
simplemente una ilusión que pueda ser desechada. El mal es real.
Pero no es ése el final de la historia. Real como es el mal, el bien es aún
más real. Las historias de mártires primitivos como San Montano son relatos
del triunfo de la fe y la resistencia del espíritu humano, incluso de cara al
más grande mal.
OTROS SANTOS: Sergio, Lucio, Julián, Victorico, Flaviano y Primitiva, mártires; Modesto, obispo; Edilberto, rey; Roberto de Arbrissel, confesor; Beato Constancio de Fabriano, presbítero.