19 DE FEBRERO
SAN ÁLVARO DE CÓRDOBA + 861
Hoy se conmemoran dos Álvaros de Córdoba,
distanciados entre sí unos cinco siglos. Del primero, a quien San Eulogio, mártir de
Córdoba, le llama "doctor egregio y en nuestro tiempo una fuente fluida y abundante
de sabiduría"... apenas sí sabemos unas pocas noticias.
Álvaro es el complemento de la gran estrella de la santidad entre los
mozárabes, Eulogio, a quien ya hemos encontrado en el pasado mes; su condiscípulo en el
magisterio del abad Esperaindeo, su amigo del alma - y habría que hacer hincapié en esta
frase hecha - , su biógrafo, el testimonio de su vida en este Córdoba de los Omeyas cada
vez más hostil para los cristianos.
Pero no es un apéndice de Eulogio ni mucho menos, le sobra personalidad, y también aquí
habría que tomarse al pie de la letra el cliché: vehemente hasta la exageración,
inflamado de retórica, durísimo en la controversia, dividido entre la dulzura de las
letras humanas, en las que era maestro, y la fe exigente, radical, de los tiempos
difíciles, que parecían reclamar el sacrificio de todo lo demás.
Era de familia noble y muy rica, de origen godo con entronques judíos, y al parecer
de larga tradición intelectual; también él será un humanista, hombre de estudio,
vocado a la teología, intérprete de las Escrituras, y muy hábil en el manejo del
latín, ese latín que defiende con pasión frente al deslumbramiento cultural de lo
arábigo.
Sabemos de sus afanes íntimos - por una Confessio que suele compararse a la de san
Agustín -, de sus luchas apologéticas, de su versificación rebuscada y
ornamentadísima, de su vida de seglar (casó con una sevillana) y de la admirable amistad
que le unió a Eulogio, de quien fue incansable cantor. No parece que muriera mártir,
pero sí pobre por su generosidad con los cristianos y la política rapaz de los infieles
en el poder.
La suya es una voz humanísima y patética, inconfundible, menos pura que la de Eulogio,
pero más vibrante, más cargada de pasiones - se acusa a sí mismo de soberbia y dureza -
con las que batalla manifestando una y otra vez su «sed de descanso en los Cielos».
«Ruégote ahora», pide a Eulogio después del martirio de éste, «recuerdes el nombre
del amigo a quien te unió la más dulce intimidad. Acuérdate de Álvaro, que, lleno de
culpas, camina aún por las ásperas sendas de este mundo».
Quien nos interesa mayormente es otro
Álvaro a
quien quizá sus nobles padres pusieron este nombre como recuerdo del primero. Nuestro
Álvaro de Córdoba nace por el 1358 de familia rica y caballeresca, Don Martín y Dña.
Sancha eran sus padres. Tenían puestas las esperanzas en que su hijo sería la gloria de
sus ilustres apellidos Martín López de Córdoba y Alfonso Carrillo. El joven Álvaro
era
inteligente, simpático, abierto y devorador de libros. En Córdoba se formó en el ya
famoso colegio dominicano, llamado Real Convento de San Pablo.
Malos años aquellos para la Iglesia y en general para toda la humanidad: La Peste
Negra diezmó las ciudades y dejó vacíos los conventos. Los que quedaban o los que
entraban de nuevo, muchos de ellos no tenían muchas ansias de austeridades y la
relajación era bastante común. Por otra parte una terrible brecha, la más triste que
había sufrido la Iglesia, le afligía aquellos días: El destierro de Aviñón, primero,
y el tristemente célebre Cisma de Occidente, después. Todo esto lo veía y vivía el
joven y después ya maduro Álvaro.
A pesar de ello los buenos ejemplos que veía en muchos religiosos y la necesidad que
él veía de generosos corazones que lucharan por la Iglesia, tan duramente atacada, fue
sin duda lo que le empujó a llegar un día a las puertas del convento dominicano y pedir
el hábito de la Orden. Hechos los estudios con la seriedad y profundidad que caracteriza
a la Orden dominicana, se ordenó sacerdote y enseñó Artes y Teología en el mismo
Convento de San Pablo. Después marchó a Salamanca y en aquella ya célebre Universidad
obtuvo el Magisterio en Teología.
Toda la geografía nacional y otras partes de Europa saben de las correrías de este
fogoso apóstol que ya en su tiempo lo comparaban con su hermano de hábito y de santidad,
San Vicente Ferrer (+1419). Él no puede permitir que la Iglesia esté tirada por tierra
con tanto abuso, fruto sin duda de los que se aprovechan de aquellas calamidades ante
tanta confusión, ya que mucha hubo de ser, pues hasta los mismos Santos no sabían dónde
estaba la verdad. Todos creían poseerla. Los que obedecían al Papa de Aviñón, los que
lo hacían al de Roma y por fin los que eran fieles al Papa surgido en Pisa como intento
de arreglo que aún lo empeoró.
Fueron estos años - del 1378 al 1417 - tiempo que duró el tristemente célebre
Cisma de Occidente, años verdaderamente dramáticos como los nunca vistos.
Álvaro tenía ideas muy claras para terminar tanta corrupción de costumbres de
tantos sacerdotes y seglares cristianos, reyes y gente sencilla, que sólo pretendían
medrar a costa de la fe y religión: orar mucho, llevan vida de austeridad y ser fieles al
Evangelio a toda costa. Para llevar adelante esta misión se sacrifica, recorre provincias
y reinos, predica incansablemente, ora con fervor, escribe con fuego, habla con reyes y
con cuan tos la ocasión le ofrece...
Se lo rifan en diversas Cortes, pero él en tanto permanece en ellas en cuanto ve que
su influencia es eficaz. Organiza la Vía Dolorosa en Tierra Santa, fomentando nuestro
actual Vía Crucis. Fue el paladín de la reforma. Además de los muchos conventos que
reformó, fundó uno de este tipo en el que quiso pasar los últimos años de su vida, el
de Escalaceli donde, lleno de méritos, una tarde del año 1430, volaba a la eternidad
Dicen que los mismos ángeles que le habían ayudado en la construcción de su Convento
reformado, ahora volaban por los cielos cordobeses anunciando la buena nueva...
OTROS SANTOS: Gabino, presbítero; Publio, Julián y Marcelo, mártires; Auxibio, Barbato, Mansueto, Quodvultdeus, obispos; Conrado de Piacenza, ermitaño; Beata Isabel de Picenardi, virgen.