LOS SIETE SANTOS FUNDADORES DE LOS SERVITAS S. XIII
La amistad ha sido
siempre cantada en la Sagrada Escritura. "El mejor tesoro es un buen amigo". Hoy
más que nunca se habla y escribe de fraternidad y solidaridad. Buen reclamo, pues, estos
siete Santos Fundadores, con su mensaje para este mundo que tanta necesidad tiene de
verdadera amistad y de generosa entrega.
Estamos en el siglo XIII y en la rica y artística ciudad de Florencia. Es este un
caso insólito en la vida de la Iglesia, que ella celebre en su liturgia a tan elevado
número de Santos, sin preocuparse de sus nombres ni de sus vidas, siendo que no murieron
mártires como en tantos casos través de los siglos de la Iglesia. Mártires si que los
hay en grupo y sin saber sus nombres. Entre los demás, no.
El siglo XIII estuvo dominado por un gran movimiento evangélico, en el que
se destacan los nombres de Santo Domingo y San Francisco, pero que tuvo no pocas
ramificaciones más. Dentro de esta floración de grupos evangélicos es donde hay que
situar la iniciativa tomada por los Siete Hermanos hacia el año 1233. Estos seglares
florentinos, comerciantes en lanas, renunciaron al mundo para retirarse al Monte Senario -
a 18 kilómetros de Florencia - a fin de vivir en pobreza individual y penitencia, bajo la
Regla de San Agustín, y entregarse allí misrno a la contemplación.
Un racimo de santos que la propia Virgen convocó para su servicio en el seno de una
ciudad turbulenta y dividida por discordias civiles; en la Florencia de la primera mitad
del siglo Xlll, guelfos y gibelinos se hacían implacablemente la guerra, y de esta lucha
fratricida iba a salir una orden religiosa cuyos fines eran la plegaria, la humildad y la
devoción a la Reina de la Paz.
Siete jóvenes mercaderes se reunían a la caída de la tarde en una asociación mariana
de alabadores de la Santísima Virgen, y el día de la fiesta de la Asunción, el 15 de
agosto de 1233, se les apareció Nuestra Señora «con gesto de dolor, vestida de luto y
velada de negro la cabeza, como una Madre dolorosa, porque el Amor no era amado y la
caridad estaba herida» (P. Bargellini).
Los siete se retiraron a hacer penitencia como ermitaños en Monte Senario, no lejos de la
ciudad, para acabar convirtiéndose en una orden mendicante, la de los Siervos de la
Bienaventurada Virgen María o servitas, que no tardaría en dar un gran santo a la
Iglesia, san Felipe Benicio.
Pero no se puede vivir según el evangelio sin sentir la preocupación por los
demás. Por eso, los «Siervos de María» trabajaron por la reconciliación de sus
conciudadanos divididos con excesiva frecuencia. Semejante ideal no dejó de suscitar
vocaciones y, desde mediados de siglo, se ve cobrar auge en la Toscana a la Orden de los
Servitas.
De estos fundadores, canonizados colectivamente en 1888, recordamos especialmente al
primer superior de la comunidad, Bonfiglio Monaldi, quien tras regir la orden durante
dieciséis años, dimitió de su cargo para dedicarse a la vida retirada y a la oración;
y al más joven de todos, Alessio Falconieri (1200-1310), que moriría superados los
cien años en 1310, el 17 de febrero según la tradición y que rehusó por humildad ser
sacerdote y fue tan sólo hermano lego que recogía limosnas y se ocupaba de las tareas
más oscuras. Pero tal vez sea injusto hacer distinciones entre quienes no quisieron otra
que la de ser espejos de la paz de las almas a imitación de María.