No es cosa fácil dar con otro caso semejante en
toda la historia de la Iglesia como este del Beato Jordán. Dios, en su Divina
Providencia, tiene preparados todos los caminos, pero somos libres de seguirlos de una
manera u otra.
París casi siempre ha sido uno de los nudos más importantes en el devenir de la
humanidad. Por el año 1219 se realiza allí un encuentro de estos que forman historia: Un
venerable religioso - se llama Domingo de Guzmán y hace furores con sus predicaciones y
con los muchos hombres que le siguen desde que hace unos años vino de España - se
encuentra con un valiente joven, ya un tanto maduro, más en sabiduría y virtud que en
años. Se llama Jordán. De aquel encuentro surgirá una vocación y una llamada a seguir
por los caminos que le marca Domingo.
Ya hacía tiempo que él iba buscando acertar con este camino y ahora, sin casi
pedirlo él, se lo señalan.
- "Ordénate diácono y sigue a Jesucristo"... Poco después, el mismo
Jordán pedirá seguir a Jesucristo pero dentro de la Orden fundada por aquel hombre, la
Orden de predicadores o dominicos como se les llamará después.
Ya es novicio. Al año siguiente - 1221 - hay Capítulo General y le nombran
Provincial de la provincia de Lombardía, la provincia más importante y difícil de
gobernar de toda la Orden.
Muere Santo Domingo, el fundador de aquella gran obra, y el 22
de mayo de 1222, a los dos años de empezado su noviciado, es elegido, por unanimidad,
Prior General de toda la Orden Dominicana, como sucesor inmediato del santo fundador... Y
fue Superior General hasta su muerte acaecida el 13 de febrero de 1237.
Santo Domingo fue el fundador pero el Beato Jordán fue el consolidador y fecundo
propagador de aquella semilla que echara en el surco Santo Domingo.
A distancia de más de
siete siglos uno queda admirado cómo pudo - contando con los medios de comunicación que
entonces disponían - multiplicarse de modo tan prodigioso. Durante sus años de General
se fundaron 249 conventos nuevos, se instituyeron cuatro nuevas provincias y se reforzaron
los conventos ya existentes. En el convento donde él moraba eran tantos los jóvenes que
ingresaban a vestir el hábito dominicano y los ya profesos que salían de él para abrir
nuevas fundaciones, que alguien lo comparó "con una colmena de abejas"...
Entre las nuevas vocaciones que reclutaba para la Orden se contaron hombres muy
ilustres en todas las naciones y que dieron un gran prestigio a la Orden. Él mismo
predicó en varias catedrales y visitó y dictó lecciones en varias Universidades famosas
entonces, no sólo en todas de Italia, sino también en Inglaterra, Alemania, Francia,
etc...
Era muy virtuoso. Y por encima de todo, la caridad. Un día encontró un mendigo
aterido de frío y le dio su manto. El mendigo al momento lo vendió y se emborrachó.
Ante las recriminaciones de los frailes - que conservaban su manto -, Jordán les
contestó: "Es preferible perder el manto antes que el amor".
A pesar de tanta bondad también sabía ser duro y firme cuando se trataba de cosas
que se referían a algo muy serio en lo que se jugaban intereses de la Iglesia o de la
Orden. Así lo fue con Federico II y con los superiores que no trataban de serlo según
debían. A un procurador que le pidió lo relevara del cargo le contestó: "Hijo
mío, este cargo lleva consigo cuatro cosas: la negligencia, la impaciencia, el trabajo y
el mérito; yo te descargo de las dos primeras... pero te dejo las otras dos".
El Beato Jordán, sobre todo, fue dotado de una cualidad especial para conmover a los
oyentes. Con este medio supo llenar los conventos de aspirantes a la vocación y hacer que
en todos sus conventos se viviera en la perfecta observancia regular que imprimiera el
santo fundador Santo Domingo. Expiró en el Señor el 13 de febrero de 1237.
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Los
historiadores le llaman el mejor papa del siglo VIII, y en él se advierte muy bien la
paradoja de los pontífices --constructores de puentes, según la etimología--que resume
de modo espectacular la de todo cristiano obligando a la dualidad de atender a las cosas
de este mundo y de no vivir más que para Dios.
Gregorio era romano de nacimiento y ya prestó grandes servicios a la Iglesia bajo los
pontificados de Sergio I y Constantino I; a este último le acompañó en un viaje a
Oriente como asesor, contribuyendo a resolver de manera pacífica--y también, ay,
provisional--una enconada controversia.
Desde el 715, cuando fue elegido papa, se desvive por una parte en la doble labor de
defensa y de conquista espiritual: reconstruir monasterios como Montecasino, cuna de la
orden benedictina, y consolidar las murallas de Roma, pero pensando también en pueblos
paganos a los que había que llevar el Evangelio (él fue quien mandó a san Bonifacio a
la Germania).
Bifronte tuvo que ser así mismo su actitud política: por el norte los lombardos
amenazaban con engullir el papado, por el sur los bizantinos aumentaban sus exigencias, y
con el emperador León Isáurico, que favorecía a los iconoclastas, el reto adquiría
especial gravedad.
San Gregorio tuvo que jugar arriesgadamente a dos tableros, el humano y el divino, el de
la fe y el de la diplomacia, conteniendo a la vez a los bárbaros y a los archicivilizados
bizantinos. No sólo Roma o Italia, el orbe entero, la plenitud de la fe y toda la
política del mundo pesaban sobre sus hombros, como sobre los de cualquier papa, cruzando
el puente del tiempo hacia la orilla de la eternidad.
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SAN LUCIMO (LUCINIO) S. VII
Desempeña
altos cargos civiles y militares durante el gobierno del rey Clotario II. Pero lo renuncia
todo, para servir a Cristo y su Iglesia en el ministerio sacerdotal.
Y desde la ciudad de Anjou, difunde la suavidad y pureza de sus costumbres y de su caridad
como obispo santo, hasta su muerte el 13 de febrero del año 616. San Lucinio, que había
hecho el número 17 en el elenco episcopal de aquella diócesis, pronto fue venerado en
Anjou como el patrono de la ciudad.
OTROS SANTOS:
Engracia, virgen y
mártir; Agabo, profeta; Esteban, Lucinio, Fullearon y Gllberto,
obispos; Polieucto, Julián y Benigno, mártires; Fusca, virgen y
Maura, mártires; Esteban, abad; Martiniano, monje; Ermenilda, reina y
abadesa, Beatos Jacobo y Juan; Beata Cristina de Spoleto.
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