12 DE FEBRERO

SANTA EULALIA DE BARCELONA + 304

Barcelona tiene como Patrona celestial de la ciudad a esta valerosa mujer que se enamoró de Jesucristo y no temió los atroces tormentos a los que fue sometida.
Pertenecía a una familia de senadores. Sus padres se llamaban Fileto y Leda y habitaban en una quinta cerca de la ciudad. Allí pasó su niñez y los primeros años de su adolescencia.

Siendo aún muy niña oyó hablar a su cristiana madre del valor de la virginidad y un día ella oró ante Jesucristo a la vez que le decía: "Señor, si me queréis feliz, consentid que muera en la cruz como Vos". Nuestro Señor aceptó gustoso aquel generoso ofrecimiento.
Esta Eulalia catalana, aunque hay quien afirme que no es más que un doblete de la de Mérida, tiene una personalidad muy definida, con rasgos que no son prestados; por ejemplo, una nerviosa impaciencia por desafiar al mundo con la verdad.
Al desatarse la persecución de Diocleciano y llegar a la ciudad su prefecto Daciano, se dijo a sí misma que la fe tenía que plantarle cara.
No es ya una niña que no sepa lo que se hace, tiene veinticinco años.

La Passio, Leccionario Barcinonense dice de ella "que amaba a Cristo con toda su alma y que era para las otras doncellas de su edad norma cierta de salvación por el ejemplo de sus virtudes". El Arzobispo de Milán, San Ambrosio, comentando la vida de Santa Eulalia escribió: "Su devoción y arrojo era mayor de lo que suponía su edad, y su virtud sobrepasaba cuanto cabía esperar de su débil naturaleza"...
Al primer canto del gallo sale de su casa, que la tradición sitúa en el Desierto de Sarriá o tal vez en lo que hoy es santa Eulalia de Provençana, en cualquier caso muy lejos de las antiguas murallas, y recorre a pie este larguísimo trecho, entre campos, torrentes y casas de labor, andarina y madrugadora.
Tiene prisa por proclamar ante el siniestro Daciano:
"Soy Eulalia, sierva de Cristo, rey de reyes y señor de señores". 
Para hacerla apostatar se recurre a la persuasión, a amenazas, a azotes y potro. Por fin, dentro de un tonel lleno de cuchillas rueda por una calle en pendiente, la "bajada" que lleva su nombre.
Ya muerta, su cuerpo se expone en una cruz extramuros (¿en la plaza del Padró?) y una nevada milagrosa viste su desnudez. La entierran cerca de donde en la actualidad se levanta el Arco de Triunfo y con el tiempo descansará en la cripta de la catedral. En su recorrido de mártir Eulalia santificó barrio por barrio la ciudad, que todavía es suya en misteriosos perfumes de virgen que no podía callar su fe y que anduvo muchísimo por gritarla.

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SANTA HUMBELINA S. XII

humbelinax.jpg (5873 bytes)Humbelina es un nombre musical, y su vida ciertamente no desentonó, pues formó un conjunto de perfecta armonía, con notas dulces y graves, en una bien acordada combinación. Humbelina era hija de los señores de Fontaines. Tenía seis hermanos. Tres mayores que ella, uno de ellos San Bernardo, y tres más jóvenes, y ella en medio como una rosa primaveral.
Esta circunstancia enriqueció mucho su carácter. Por una parte, era muy femenina. Su madre la presentaba como a una princesa en sociedad, y a la vez la educaba en la fortaleza y en la virtud. Humbelina emulaba a su madre en la piedad y en las obras de caridad que realizaba con ella.
Por otra parte, criada entre seis hermanos varones, tenía un temple caballeresco sin igual.
No se dejó mimar por ellos. Con ellos competía en los torneos. Con ellos, como otra Diana cazadora, corría tras la presa hasta lograrla. Con ellos, como insuperable amazona, montaba los mejores corceles y juntos recorrían las extensas tierras de su padre. "Tú eres Bernardo en mujer", le decían sus hermanos. Humbelina les adoraba a todos, pero su preferido, su alma gemela, era Bernardo, al que llamaba Ojos Grandes.

Habían marchado ya varios de sus hermanos al monasterio, y un día conversaba Humbelina con su padre sobre si era eficaz o no su vida consagrada a la oración.
Tescelín el Moreno discurría así con su hija: Un día contemplaba el monte Jura cubierto de nieve. Nada me parecía tan inútil como aquella nieve. Pero estas tierras nuestras serían un yermo sin aquella nieve. Vivimos en el valle gracias a aquella nieve. Sin ella no habría cosechas. Lo mismo sucede con los monjes encerrados en el monasterio. Parecen inútiles, pero de su vida brota la fertilidad de nuestras almas.

Las mayores fuerzas del mundo natural y sobrenatural están ocultas y calladas. Tal vez Dios utilice a Bernardo y a tus hermanos como esos instrumentos ocultos.
Humbelina también discutía con Bernardo por llevarse a sus hermanos al monasterio, y por haber "separado" a Guido e Isabel. Pero al discutir, las llamas de Bernardo le iban quemando el corazón. Un día caería ella también. Se había casado con el noble Guido de Marcy. Una vez comentaban los dos: ¿Es feliz Isabel en su monasterio y Guido en el Císter? Otro día, ya más inquieta, preguntaba Humbelina: ¿Cómo servir mejor a Dios?
Se decide y consigue permiso de su marido para entregarse a Dios. Entra en el monasterio de Jully, donde ya estaban su cuñada Isabel y su sobrina Adelina. Humbelina sucederá a Isabel como abadesa, y a ella, Adelina. Las tres competían en virtud y santidad, en el servicio a Dios y a los hermanos.
Bernardo eligió un hermoso lema para él y Humbelina: "Asociados en el servicio del Amor". - Preveo que serás santa, Humbelina, le dijo un día Bernardo a su entrañable hermana.- ¿Cuáles son las señales de esa santidad? le preguntó la nueva religiosa. -La primera de todas, le contestó Ojos Grandes, que has conservado intacto el buen humor. Sigues siendo capaz de reírte de ti misma. Buena señal. El infierno nunca ha producido buen humor.
Humbelina rigió el monasterio con prudencia y con amor. Cuando el Señor la llamó a su seno, acudieron Bernardo y sus hermanos. Llamaron la atención los sollozos de Bernardo. Pensaba predicar. Pero no pudo. "Ved cómo la amaba", comentaban los presentes. El año 1871 Pío IX concedió un Oficio propio para la "Asociada a Bernardo en el servicio del Amor".

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SAN JULIÁN EL HOSPITALARIO

También llamado el Pobre, buenos apelativos para un personaje seguramente de leyenda, que vive fuera del tiempo histórico y que a menudo se confunde con otro Julián que fue mártir y que no tiene nada que ver con él. El Hospita­lario, patrón de los posaderos, dio su nombre a numero­sas iglesias, hospitales y asilos, y se le evoca por dramáti­cas vicisitudes en las que la imaginación se inclina del la­do de la santidad.
Según la Leyenda Dorada fue un caballero a quien en una cacería el ciervo acosado predijo que daría muerte a sus padres. Para evitar que sucediera tal cosa huyó de los su­yos y entró al servicio de un lejano rey, y éste, como pre­mio de sus hazañas guerreras, le casó con una noble viuda y le regaló un castillo.
A él llegaron un día los desconsolados padres, que peregrinaban en busca del hijo perdido, su mujer adivinó quiénes eran y para agasajarles les cedió su propia alcoba. Lo cual fue causa de un trágico error, ya que engañado por las apariencias y creyendo sorprender a la esposa en adulterio flagrante, Julián atravesó con su espada a los dos ocupantes del lecho.

Más tarde, ante el horror de su acción, para hacer penitencia se retiró con su fiel esposa a orillas de un río y allí construyó una hospedería con objeto de socorrer por amor de Dios a los caminantes sin amparo. Muchos años después, Julián prestó ayuda a un aterido leproso que parecía al borde de la muerte, pero que de pronto, resplandeciente de luz y de hermosura, se levantó para anunciarle que Dios le había perdonado.
El que lava cristianamente su culpa con las virtudes de la hospitalidad y la pobreza, ve su historia bellamente engarzada con la de esta admirable esposa sin nombre, y nos transmite la emoción de un gesto terrible y alegórico, sangriento y esperanzado por el que figura en este libro.

OTROS SANTOS: Modesto; Damián, Julián y Anmonio, mártires;  Antonio y Gaudencio, obispos; Beato Reginaldo de Orleáns, religioso,

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