Raimundo, nacido en Peñafort,
cerca de Barcelona, en 1175, desde el castillo de su nombre junto a Villafranca del
Panadés, marcha a Bolonia; donde se especializa en Derecho y llega a ser destacadísimo
catedrático de aquella Universidad.
Sacerdote
de Antioquía, profesor de exégesis bíblica y fundador de la Escuela de Antioquía,
traduce el Antiguo Testamento, su campo propio; y destaca por su virtud, sabiduría y
oratoria.
Durante la persecución de Valerio Maximiano, es martirizado en Nicodemia, el 7 de enero
del año 212, y sepultado en Helenópolis de Bitinia.
Al hacer su panegírico San Juan Crisóstomo, destaca cómo la devoción eucarística le
llevó a celebrar la Santa Misa en la prisión, la víspera de su martirio, teniendo como
altar el propio pecho.
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Cuando los niños se proponen
imitar un modelo de vida suelen fijarse en un personaje triunfal y grandioso, pero el
pequeño Gian Carlo, de Sezze, al sur de Roma, de familia pobre y que se dedicaba a cuidar
ovejas, quería ser como Salvador de Horta y Pascual Bailón, dos frailecitos españoles,
entonces sólo beatificados, que no pasaron de legos de la orden franciscana.
Con este ideal de humildad y servicio oscuro se hizo también lego franciscano, y aunque
creyó sentir la llamada de las misiones para propagar la fe más allá de los mares, una
grave enfermedad le retuvo en su tierra del Lacio, de un convento a otro, hasta acabar en
la ciudad de Roma.
Allí, en San Pietro in Montorio, en el Janículo, y en San Francesco a Ripa, en el
Trastévere (donde hoy se veneran sus restos), no pasó de las actividades más modestas:
cuidar enfermos, hacer de sacristán, pedir limosna. Incluso dentro de su orden era un don
nadie, pero resulta que hacía estupendos milagros, como si Dios se complaciese en no
respetar el escalafón de las dignidades eclesiásticas.
Durante una misa, al elevarse la Hostia de ella partió un rayo luminoso que le hirió en
el pecho hasta penetrar en su corazón (que se conserva incorrupto con la señal de la
cruz en la víscera) y, a pesar de tener muy pocos estudios, escribió libros admirables
de profundidad mística, como Las grandezas de la misericordia de Dios.
Juan XXIII le canonizó en 1959, honrando en nombre de la Iglesia la singularidad del más
humilde de los ideales vividos como una entrega anónima y alegre.
OTROS SANTOS: Juan de Ribera, obispo; Julián, Félix, Jenaro, mártires; Teodoro, monje; Crispín, Nicetas, obispos; Canuto, rey; Beatos Eduardo, Ambrosio y José, mártires.
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