San Pablo poseía una personalidad harto
poderosa y suficientemente atrayente como para cautivar a hombres tan dispares como Lucas,
Timoteo y Tito, y convertirlos en sus colaboradores.
San Timoteo, hijo de padre pagano y
madre judía, nace en Listra de Licaonia (Asia Menor), y en la flor de la juventud se hace
discípulo de Cristo.
Trabaja por el Evangelio en su propia ciudad. Y desde la primavera del año 50, acompaña
a Pablo por Éfeso y Jerusalén, por Frigia. y Galacia, por Salónica y Corintio, por Troya
y Macedonia, por el Peloponeso y Roma. Pablo reconoce: "No tengo nadie que comparta
mejor mis sentimientos... Me ha ayudado, en la predicación del Evangelio, como un hijo
ayuda a su padre". Lejos de su maestro en el momento en que iba a rendir su
testimonio supremo, recibió de él esa Segunda Carta a Timoteo que es el testamento
espiritual de San Pablo. Después Timoteo pasaría a gobernar la Iglesia de Éfeso.
Si Timoteo fue el confidente, Tito era el negociador, aquél a quien Pablo enviaba a
disipar los malentendidos y a apaciguar las discordias; y, asimismo, aquél con quien
podía contar el Apóstol para organizar una nueva Iglesia. Al modo de San Timoteo,
acompaña también a Pablo en sus correrías apostólicas, por Corinto, Nicópolis del
Epiro y Creta, la isla de su trabajo, el fiel discípulo Tito; antiguo pagano que después
sería, en frase de San Pablo, "hijo verdadero según la fe, apóstol, y gloria de
Cristo".
Recibió de Pablo una epístola en la
que el Apóstol invita a los cristianos a «vivir en este mundo en justicia y santidad»,
aguardando la manifestación de Cristo.
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SANTA PAULA 347-404
Un grupo de damas romanas se reúne en el palacio que
Marcela posee en el monte Aventino para escuchar las lecciones bíblicas de un monje
extranjero, el gran Jerónimo, amigo y maestro del papa Dámaso. Junto a Marcela están su
madre y su hermana, y allí está también su amiga Paula, una noble viuda de treinta y
tantos años. Es en el 383.
Paula descendía de los Escipiones y los Gracos, su difunto marido Toxocio fue senador, y
ella era rica y admirada; pero aun antes de asistir a aquellas lecciones en el palacio
convertido casi en monasterio, se había consagrado a la más estricta piedad. Jerónimo
pudo decirle, como escribió más tarde: «No me resigno a nada mediocre en ti», y bajo
su influencia ella y sus dos hijas, Blesila y Eustoquia, estudiaron hebreo para leer las
Escrituras y sólo vivieron para Dios.
Al poco tiempo muere Blesila, y al faltar también el papa Dámaso, Jerónimo, víctima de
violentísimos ataques y de atroces calumnias, sale de Roma en agosto del 385, y, no
sacudiendo el polvo de sus sandalias, pero sí dejando entre paréntesis el amor fraterno,
se despide con una carta en la que dedica rayos y venablos a sus enemigos.
«Paula y Eustoquia, mal que le pese al mundo, son mías en Cristo», dirá, y semanas
después, las dos fieles discípulas, junto con unas vírgenes, embarcan en Ostia tras la
estela del monje; se reúnen con él, recorren Tierra Santa y Egipto, y por fin se
instalan en Belén, fundando un monasterio para hombres, otro para mujeres y una
hospedería para peregrinos, con objeto de que no faltase acogida donde el Niño Jesús no
la encontró.
Paula gasta toda su fortuna, se desvive en caridad y fervor, y cuando muere Jerónimo le
dedica una impresionante carta epitafio. Sus últimas palabras fueron: «Todo lo ven ya
mis ojos quieto y sosegado».
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