«Concédeme, Señora, estar siempre unido a Dios y a ti; servirte a ti y a tu
Hijo; ser el esclavo de tu Señor y el tuyo. Suyo, porque es mi Creador; tuyo, porque eres
la Madre de mi Creador". Así ora San Ildefonso de Toledo en su opúsculo sobre la
Perpetua Virginidad de María y en esas palabras puede quedar resumido no sólo una
petición, sino la realidad misma de su vida, como hace notar la Iglesia en la oración de
la Misa del día de hoy. Prescindiendo de los coloristas pormenores con que la leyenda
áurea adorna la infancia de Ildefonso, lo cierto es que, ante la oposición paterna a que
siguiera su vocación a la vida religiosa, el futuro monje huyó de la familia para
refugiarse bajo el hábito monacal en la abadía agaliense. Allí pasaría muchos años de
su vida, hasta que a la muerte de San Eugenio, arzobispo de Toledo (657), la voz del
pueblo fue el cauce de la voluntad divina designándole para dicha Sede. Contaba por
entonces Ildefonso cincuenta y cinco años. Si ya antes había procurado que los Padres
congregados en el décimo Concilio de Toledo honrasen a la Madre de Dios con una fiesta
especial que reemplazase a la de la Encarnación que con frecuencia perdía su brillantez
al coincidir con la Cuaresma o la Pascua - podemos imaginar cuál no sería su gozo
cuando, ya arzobispo, presidía por primera vez el 18 de diciembre los solemnes oficios de
la festividad de Santa María, Madre de Dios, en presencia del monarca Recesvinto. Tanto
en ésta como en otras ocasiones, no son parcos los historiadores de la época en señalar
hechos prodigiosos de la Madre de Dios para con este «fiel siervo de la Sierva del
Señor». Tras nueve años de ocupar la Sede arzobispal de Toledo, descansó en el Señor
el 23 de enero del año 667.
Será llamado el Doctor de la
Virginidad de María, por su principal obra teológica.
Su devoción a la Virgen se hizo ejemplo universal
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Hermoso nombre el de este
obispo de Alejandría que al morir sólo dejó el tercio de un céntimo, que legaba a los
pobres, a quienes solía llamar «mis señores». Dicen que fundó setenta iglesias y dos
monasterios, y se le atribuye una caridad incansable, haciendo que se volviera a dar
limosna a un mendigo insistente que en el curso del mismo día reiteraba sus peticiones.
¿Quién nos dice que no es Jesucristo que trata de poner a prueba nuestra generosidad o
de averiguar quién se cansa antes, si Él de pedir o nosotros de dar? Por si acaso,
socórrele, mandaba a su mayordomo. Si dar a pordioseros, como su nombre indica, es dar a
Dios, debería parecer una oportunidad de oro.
No era mala norma la del santo. A ver quién se cansa antes, si unos de pedir u otros de
dar, si unos de ofender u otros de perdonar, si unos de hacer el mal u otros de devolver
el bien. Obstinado forcejeo que no espera correspondencia, sino todo lo contrario.
Pasar a la historia con este apelativo de limosnero es uno de los honores más grandes que
pueden concebirse. Han pasado casi catorce siglos desde que vivió este personaje, y su
apodo todavía nos conmueve. Esa obsesión por dar, por desposeerse, parece la sabiduría
más alta, que comparte con tantos santos, pero que en él es una especialidad.
Contra esta virtud nos defendemos con la prudencia: ¿Y si los pobres nos engañan, si son
unos granujas desagradecidos, si obran de mala fe, si son holgazanes, si luego se lo
gastan en bebida, en vicios? Cuántas preguntas, todas razonables, hay que admitirlo. Juan
el limosnero no era razonable, porque debía de pensar que si Dios examinase con tanto
rigor nuestras peticiones nunca recibiríamos nada.
OTROS SANTOS:
Los Desposorios de Santa María Virgen con San José; Francisco Gil de Fréderic; Emerenclana, virgen y mártir; Pannenio; Agatángelo ,Severiano, Asclas, Aquila y Asclio, mártires; Clemente y Bernardo, obispos; Parmenas, diácono; Martirio, monje; Armando, abad; Beato Enrique de Seuze, presbítero.![]()