23 DE ENERO

SAN ILDEFONSO S. VII

ildefonson.jpg (15554 bytes)«Concédeme, Señora, estar siempre unido a Dios y a ti; servirte a ti y a tu Hijo; ser el esclavo de tu Señor y el tuyo. Suyo, porque es mi Creador; tuyo, porque eres la Madre de mi Creador". Así ora San Ildefonso de Toledo en su opúsculo sobre la Perpetua Virginidad de María y en esas palabras puede quedar resumido no sólo una petición, sino la realidad misma de su vida, como hace notar la Iglesia en la oración de la Misa del día de hoy. Prescindiendo de los coloristas pormenores con que la leyenda áurea adorna la infancia de Ildefonso, lo cierto es que, ante la oposición paterna a que siguiera su vocación a la vida religiosa, el futuro monje huyó de la familia para refugiarse bajo el hábito monacal en la abadía agaliense. Allí pasaría muchos años de su vida, hasta que a la muerte de San Eugenio, arzobispo de Toledo (657), la voz del pueblo fue el cauce de la voluntad divina designándole para dicha Sede. Contaba por entonces Ildefonso cincuenta y cinco años. Si ya antes había procurado que los Padres congregados en el décimo Concilio de Toledo honrasen a la Madre de Dios con una fiesta especial que reemplazase a la de la Encarnación que con frecuencia perdía su brillantez al coincidir con la Cuaresma o la Pascua - podemos imaginar cuál no sería su gozo cuando, ya arzobispo, presidía por primera vez el 18 de diciembre los solemnes oficios de la festividad de Santa María, Madre de Dios, en presencia del monarca Recesvinto. Tanto en ésta como en otras ocasiones, no son parcos los historiadores de la época en señalar hechos prodigiosos de la Madre de Dios para con este «fiel siervo de la Sierva del Señor». Tras nueve años de ocupar la Sede arzobispal de Toledo, descansó en el Señor el 23 de enero del año 667.
Será llamado el Doctor de la Virginidad de María, por su principal obra teológica.
Su devoción a la Virgen se hizo ejemplo universal

SAN JUAN EL LIMOSNERO  560-619

juanlimosneron.jpg (15691 bytes)Hermoso nombre el de este obispo de Alejandría que al morir sólo dejó el tercio de un céntimo, que legaba a los pobres, a quienes solía llamar «mis señores». Dicen que fundó setenta iglesias y dos monasterios, y se le atribuye una caridad incansable, haciendo que se volviera a dar limosna a un mendigo insistente que en el curso del mismo día reiteraba sus peticiones. ¿Quién nos dice que no es Jesucristo que trata de poner a prueba nuestra generosidad o de averiguar quién se cansa antes, si Él de pedir o nosotros de dar? Por si acaso, socórrele, mandaba a su mayordomo. Si dar a pordioseros, como su nombre indica, es dar a Dios, debería parecer una oportunidad de oro.
No era mala norma la del santo. A ver quién se cansa antes, si unos de pedir u otros de dar, si unos de ofender u otros de perdonar, si unos de hacer el mal u otros de devolver el bien. Obstinado forcejeo que no espera correspondencia, sino todo lo contrario.
Pasar a la historia con este apelativo de limosnero es uno de los honores más grandes que pueden concebirse. Han pasado casi catorce siglos desde que vivió este personaje, y su apodo todavía nos conmueve. Esa obsesión por dar, por desposeerse, parece la sabiduría más alta, que comparte con tantos santos, pero que en él es una especialidad.
Contra esta virtud nos defendemos con la prudencia: ¿Y si los pobres nos engañan, si son unos granujas desagradecidos, si obran de mala fe, si son holgazanes, si luego se lo gastan en bebida, en vicios? Cuántas preguntas, todas razonables, hay que admitirlo. Juan el limosnero no era razonable, porque debía de pensar que si Dios examinase con tanto rigor nuestras peticiones nunca recibiríamos nada.

OTROS SANTOS: Los Desposorios de Santa María Virgen con San José; Francisco Gil de Fréderic; Emerenclana, virgen y mártir; Pannenio; Agatángelo ,Severiano, Asclas, Aquila y  Asclio, mártires; Clemente y  Bernardo,  obispos; Parmenas, diácono; Martirio, monje; Armando, abad; Beato Enrique de Seuze, presbítero.