San Fructuoso y sus compañeros pueden ser
considerados como los primeros mártires de la España cristiana (259). San Agustín,
nacido unos seis años más tarde que Fructuoso, fue uno de los panegiristas de su
martirio. No sabemos gran cosa acerca de la vida particular de cada uno de estos
mártires, sin embargo los pormenores de su juicio y martirio nos son ofrecidos con gran
lujo de detalles: la pluma del obispo de Hippona y la del poeta Aurelio Prudencia han
bajado hasta a la descripción más minuciosa de estos tres martirios ocurridos durante la
persecución de Valeriano y Galieno. Era Fructuoso obispo de Tarragona y tenía a Eulogio
y Augurio como diáconos, cuando llegó a España el cónsul Emiliano con la consigna de
eliminar no ya al pueblo creyente, sino a sus cabezas rectoras, en caso de que no se
avinieran a incrustarse por entero dentro de las costumbres del imperio con la plena
aceptación de su culto politeístico. Unidos los tres en una misma confesión, a pesar de
los intentos del cónsul por disociar a ambos diáconos de su pastor. Al llevarles después, a las diez de
la mañana de un viernes, les ofrecen una bebida sedante. "Aún no es hora de romper
el ayuno", responde con humor San Fructuoso.
Al entrar en el anfiteatro, se les acerca un cristiano y le pide se acuerde de él en sus
oraciones. San Fructuoso responde: "Yo he de acordarme de toda la Iglesia católica,
esparcida de Oriente a Occidente.". Fueron arrojados - como los tres jóvenes de
Babilonia - a la hoguera, en la que serían «abrasados más por el amor a Cristo que por
el fuego de las llamas».
Y los testigos describen: "Ya en la hoguera, al
quemarse las cuerdas con que tenían atadas las manos, gozosos, y conforme a la costumbre,
se ponen de rodillas con los brazos en cruz; y seguros de la resurrección, representando
así el triunfo del Señor, entregan su vida en medio de la oración". A un cristiano
que le pedía un recuerdo para él en esos momentos de encuentro con el Señor, le
respondió Fructuoso: «Conviene que yo tenga en mi memoria a la Iglesia católica
extendida de Oriente a Occidente» . Así, rotas por las llamas las ligaduras de sus manos
y puestos en cruz, sellaron con su sangre el camino del Rey de los Mártires.
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Con el martirio de Sebastián había dado comienzo en Roma la persecución de
Diocleciano. Parece que el de Inés señaló sus últimos meses (305). Después del
militar, una chiquilla de doce a quince años. Cuentan los mismos padres de Inés que
ésta se les escapó de casa para ir a proclamar su fe entre las autoridades, y que fue
condenada en un principio a la hoguera y luego a ser decapitada. Se puede hacer un juego
de palabras, en latín, entre el nombre de Inés (Agnes) y cordero (Agnus). No han faltado
artistas y oradores que lo hayan hecho. La semejanza de la joven cristiana con el Cordero
de Dios encierra, en efecto, un profundo simbolismo: en el sacrificio de Inés, el Cordero
inmolado sigue ofreciendo a Dios el homenaje de su sangre. Por esto, la debilidad de la
adolescente fue asumida por la fuerza de Cristo. El mundo cristiano - que inmediatamente
después de las persecuciones podía venerar por todas partes gran número de mártires se
sintió maravillado por el testimonio de esta jovencita, y, como dice San Jerónimo,
«todas las lenguas ensalzarán pronto la vida de Inés».
San Ambrosio lo admira:"¡Qué
halagos empleó el perseguidor para seducirla! ¡Qué esfuerzos para que aceptara el
casamiento! Pero es otra su vocación. Esperar que me vais a convencer, sería hacer
injuria a mi Divino Esposo. El primero que me ha escogido, ése recibirá mi fe. ¿Por
qué tarda el verdugo? Perezca este cuerpo que, a pesar mío, puede ser amado por los ojos
de la carne.
Después, continúa San Dámaso, "pisoteó valientemente las amenazas y el furor del
tirano que hablaba de quererla entregar a las llamas. Con sus débiles fuerzas dominó un
tremendo terror".
Ante la amenaza contra su virginidad, responde, en frase de Prudencio: "Cristo no
olvida a los suyos; está con los que aman la pureza"...
Ante el último suplicio, "permanece de pie, firme y serena. Reza e inclina la
cabeza; mientras tiembla el verdugo y su rostro palidece"... «Un solo golpe basta
para tronchar la cabeza. La muerte llega antes que el dolor". Así describen su
martirio, por la fe y la virginidad, San Ambrosio y Prudencio.
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SAN MEINRADO S. V
Dejando
en Suavia el esplendor de la Casa Real de los Hohenzollern, se ordena sacerdote el año
861; y al año siguiente entra en la abadía de Reichenen donde destacó por sus estudios
de literatura y Sagrada Escritura.
Años después marcha desde el monasterio de Bollingen hasta Suiza, para hacer vida
solitaria de oración y penitencia en el Monte Etzel, junto al Lago de Zurich. El
Santuario de Nuestra Señora de Einhedeln mantendrá a lo largo de los siglos el recuerdo
de su vida sana, truncada violentamente por unos bandidos.
Su mismo estilo de vida había llevado, cuatro siglos antes, San Eutimio, llamado el
Grande entre los orientales, irradiando desde su laura de Farán, en Palestina como padre
de los anacoretas, hasta su muerte el año 473. Cuando la Emperatriz Eudoxia, arrepentida
ya de su inclinación a la herejía, pide ser recibida, en busca de consejo, por San
Simeón Estilita, éste responde: No hace falta venir tan lejos por agua, teniendo un pozo
mejor a la puerta; que acuda a Eutimio; y siga su consejo".