8 DE ABRIL

SAN FRUCTUOSO DE BRAGA, monje y obispo +665

frucruoso.jpg (16966 bytes)Las escuelas de los monjes eran palestra de ciencia y santidad. En los siglos primeros de la Iglesia tanto en Oriente como en Occidente se multiplicaron estos centros donde se forjaron hombres de recio temple que descollaron en la vida cristiana. Una de éstas fue la que dirigía el Obispo Conancio de Palencia.
Fructuoso pertenecía a una familia emparentada con algunos reyes visigóticos y su padre era un jefe del ejército. Pero a Fructuoso no era la vida militar la que le atraía. Desde muy niño dio indicios de que la vida monacal sería la que de mayor abrazaría, ya que sentía atracción, nada común a su tierna edad, a la soledad, al silencio y a la oración.
Siendo todavía muy joven renunció a sus posesiones y entregó a los pobres todo cuanto tenía para estar más libre para seguir a Jesucristo.
Pronto oyó el joven Fructuoso hablar del Obispo y pedagogo Conancio de Palencia a algunos jóvenes que se hacían lenguas elogiando su gran sabiduría y su extraordinaria santidad y por ello se encaminó hacia aquella escuela y rogó al Obispo y pedagogo Conancio que le admitiera entre sus discípulos. Pronto llamó la atención a maestro y compañeros por sus adelantos en ambas cosas: sabiduría y virtud... Pasado algún tiempo y viendo que tampoco aquel género de vida le llenaba del todo, se retiró a las soledades del Bierzo donde sus padres poseían una propiedad.
Pronto corrió la voz de la vida de austeridad y oración que llevaba Fructuoso y fueron agregándose jóvenes de aquellas comarcas o de lejanas tierras, que vagaban por aquellos contornos, y llegó a ser una familia numerosa. Todos admiraban la prudencia, la sabiduría y, sobre todo, la bondad, caridad y piedad de Fructuoso. Hasta familias enteras acudían a ponerse bajo su custodia y dirección.
En muchas ocasiones intentó alejarse de aquel género de vida porque eran ya tantos los que acudían a él que no le dejaban tiempo para entregarse a la oración, pero sus monjes se lo impedían y le obligaba a abrir nuevas fundaciones en el norte de España y Portugal, por Galicia y el Bierzo, sobre todo. Eran tantos los hombres que le seguían que hasta los reyes y jefes de aquellos contornos temían quedarse sin hombres y con el peligro de no poderse defender en caso de ser atacados por sus rivales.
A todos los que intentaban seguirle Fructuoso era tajante y claro: Había que someterse a su Regla y quien no fuera capaz de observarla que abandonara el monasterio. La Regla hacía hincapié, sobre todo, en dos cosas: La vida de comunidad que era el quicio de toda su vida monacal y el profundo sentido de obediencia. En estas dos cosas nadie podía flaquear.
Fue muy amante de hacer peregrinaciones a lugares sagrados en plan penitencial y parece que entre estos lugares hasta llegó a visitar Tierra Santa. Los biógrafos cuentan las maravillas que obraba durante estos viajes y cómo la Divina Providencia le sacó siempre de las más terribles dificultades. Acudían por todas partes que pasaba a oír sus palabras y a ver los milagros y prodigios que obraba arrastrando a muchas almas al buen camino.
San Braulio, el célebre Obispo de Zaragoza y gran amigo de San Isidoro de Sevilla, le llamó a Fructuoso "Brillante faro de la espiritualidad española". Por ello le obligaron a ordenarse sacerdote y fue nombrado obispo de Dumio y después metropolitano de Braga... Siguió su misma línea de piedad, austeridad y amor a la soledad, pero entregado también al cuidado de la grey que le encomendaron. El gran renovador de la espiritualidad en el siglo VII llegó a final de sus días y murió como había vivido, santamente, y llorado por sus discípulos el 665.

DIONISIO DE CORINTO S. II

dionisiocorintox.jpg (15704 bytes)Mucho menos vistoso y popular que su homónimo de París, de este san Dionisio sólo sabemos que fue griego, obispo de Corinto hacia el año 171, se hace acreedor de las Iglesias de Oriente, por su amplio espíritu de servicio, como aparece en sus siete "cartas católicas": a los cristianos de Lacedemonia, a los atenienses, a los de Nicodemia, Gortina y Creta y a los de Cnosos y el Ponto , algunos de cuyos fragmentos se conservan gracias a Eusebio.
La paz y la unidad, la pureza en la fe y en la vida, la virginidad y el matrimonio, resplandecen en ella con un sentido cristiano.
Nada de fantasía y de leyendas, como en el caso del Saint Denis francés, sólo dos realidades escuetas y sustanciosas, su dignidad episcopal y su encendido
celo por comunicar la verdad, por escribir y escribir, sabiéndose administrador de unos principios de vida con los que había que encender el mundo.
Escribió a los lacedemonios con el titulo de La paz y la unidad sobre la doctrina católica, a los atenienses sobre la vida evangélica que deben observar, a la iglesia de Nicomedia contra las herejías de Marción, y también a los cristianos de Candía y del Ponto.
A un obispo le aconseja que no se empeñe en hacer guardar a todos castidad absoluta, y que sea comprensivo con la flaquezas de la carne, haciendo que se casen los que no se atreven a perseverar en la virginidad.
«Sin altanería, blasonad de la verdad; sin dureza, pelead por la verdad», esto, que es de san Agustín, parece muy propio aplicarlo a nuestro Dionisio, que no sólo se ocupa de los fieles de su diócesis, sino que no se juzga entremetido exhortando también a los de regiones muy apartadas, considerándose a si mismo responsable de ellos.
Apóstol sin fronteras, que viaja sin moverse de Corinto por obra de la pluma y el papel, su voz se oye en todo el Mediterráneo para que sea mar de nuestra fe.
También recoge Eusebio, en su Historia, fragmentos de la carta a la hermana Cristófora; y de la escrita a la Comunidad de Roma y al Papa San Sotero: «Hoy hemos celebrado el santo día del domingo; y en él hemos leído vuestra carta, que no dejaremos de leer nunca; lo mismo que aquella que nos escribió Clemente, donde tenemos tan sabios y abundantes preceptos".

SAN GUALTERIO S. XI

gualteriox.jpg (7115 bytes)Conocido en el lenguaje angloamericano como Walter, alcanza celebridad en el norte de Francia, por su caridad y espíritu religioso.
Nacido en Andainville, Picardía, era novicio de la abadía de Rebais cuando se arriesgó a atender y liberar de su calabozo a un labrador.
Nombrado contra su voluntad para regir la abadía de Pontoise, es tal su popularidad y la del templo de San Martín por él construido, que decide esconderse con otro nombre en Cluny, junto a San Hugo.
Obligado a regresar, se retira de nuevo a una isla del Loira, junto a Tours, tomando a su cargo la capilla de San Cosme y San Damián. La fama del desconocido ermitaño atrae a las multitudes. Vuelve a ser reconocido y tiene que regresar a Pontoise.
Logra ir a Roma para pedir al Papa Gregorio VII le descargue de toda autoridad. Pero el Papa le urge con firmeza a mantenerse en su puesto de abad de Pontoise, hasta el fin de su vida, que coincidió con la del siglo XI.

Otros santos: Edesio, Jenaro, Máxima, Macaria, Herodio, Flegonte, Concesa, Asíncrito. mártires; Dionisio, Perpetuo y Amancio, Obispos; Beato Julián de San Agustín.