23 DE ABRIL

SAN JORGE, mártir  +303

jorge3x.jpg (18302 bytes)Poco es lo que los críticos historiadores nos narran de él. Bastante más ricas han sido las leyendas que nos cuentan maravillas y milagros de su recia personalidad, desenmascarando al emperador y defendiendo a la joven inocente del terrible dragón que asolaba la ciudad.
Recorriendo los museos de Oriente y Países eslavos, queda el turista maravillado al contemplar cómo San Jorge ha sido uno de los temas, por no decir el tema, más llevado a los lienzos de aquellos países, lo que indica el fervor popular que siempre han sentido hacia él.
Parece que nació en Palestina, en la ciudad de Lidda o en Mitilene, allá por el ano 280. Sus padres parece eran fervorosos cristianos y emparentados con la alta aristocracia del país.
Hay testimonios de su culto desde fines del siglo IV en Lydda (Lot), cerca de Tel Aviv.
Lo que se sabe de él está muy próximo a la nada (hasta el punto de que desde 1970 la Iglesia ha hecho su fiesta optativa, como lavándose las manos de la cuestión), pero su popularidad en todo el mundo cristiano es inconmovible: en Oriente los griegos le llaman «el gran mártir» (aunque nada de cierto sabemos sobre su martirio), su culto se extendió muy pronto por la Europa occidental, las cruzadas contribuyeron en gran manera a difundirlo, y es aún el santo patrón de Inglaterra, Portugal, Cataluña y Génova.
San Jorge es el caballero que mata a un dragón para salvar a una doncella, y así lo ha representado durante siglos la iconografía, sereno y gallardo, con armadura, lanza y espada, aniquilando al monstruo en el que la fe ve el símbolo del Mal, para salvar a la princesa que es la Iglesia de Cristo.
Debajo de la alegoría, ¿existe algo comprobable? Nuestro Jorge pudo ser un soldado nativo de la Capadocia, hoy Turquía, cuya vida heroica inspiró una leyenda que recoge así mismo ecos del mito pagano de Perseo; quizá murió mártir en Nicomedia durante la persecución de Diocleciano, en los primeros años del siglo IV.
En la Leyenda Dorada Jacobo de Vorágine da rienda suelta a la imaginación, los hagiógrafos modernos tuercen el gesto, y entre la poesía fantasiosa y el escepticismo adusto de los sabios, el pueblo fiel celebra jubilosamente la fiesta del caballero capadocio, eternamente juvenil como la primavera, el más bizarro de los santos, que nos trae la guerra por la salvación.

BEATA TERESA MARIA DE LA CRUZ

teresamariadelacruz.jpg (18517 bytes)Teresa Adelaida Cesina Manetti nació de humilde familia en San Martino a Campo Bisenzio (Florencia-Italia), el 2 de marzo de 1846.
Familiarmente le llamaban todos "Bettina". Quedó huérfana de padre muy pronto y conoció lo dura que era la vida. A pesar de ello, ayudaba a los pobres privándose hasta de lo más necesario.
En 1872, junto con otras compañeras, se retiró a una casita de campo y allí "oraban, trabajaban y reunían a algunas jóvenes para educarlas con buenas lecturas y enseñarles la doctrina cristiana".
El 16 de julio de 1876 fueron admitidas a la tercera Orden del Carmen Teresiano y cambió su nombre por el de Teresa María de la Cruz.
El 1877 recibió las primeras huérfanas, cuyo número fue creciendo día a día. Aquellas niñas abandonadas "eran su mejor tesoro".
El 12 de julio de 1888 las 27 primeras religiosas vistieron el hábito de la Orden de Carmen Descalzo, a la que se habían agregado el 12 de junio de 1885.
El 27de febrero de 1904 el papa Pío X aprobaba el Instituto con el nombre de "Terciarias carmelitas de Santa Teresa".
Acudirán a ella toda clase de personas para que Madre Teresa María solucione sus más delicados problemas materiales y espirituales. Ella, con luces especiales que recibió de lo alto, tranquilizaba a aquellos espíritus atormentados, hacía las paces entre los encontrados y el Señor obraba milagros por su medio. Eran las "florecillas" de las que están llenos sus Procesos. La oración era su vida y tuvo el carisma de una perenne comunión con el Señor, hasta el punto de que, como asegura un testigo refiriéndose a una afirmación de la beata, "le daba lo mismo estar retirada en el convento, que tratar con las personas, porque doquiera se sentía unida con Dios".
Madre Teresa María vio con gran alegría extenderse el Instituto hasta Siria y el Monte Carmelo de Palestina.
Su gran vocación y su gran misión fue la Cruz. Sobre ella veía a Cristo, y con Cristo quería a toda costa estar crucificada. Quiso que su fiesta fuera el 14 de septiembre, día de la Exaltación de la Santa Cruz.
Gozó siempre de muy poca salud y también su espíritu fue duramente probado, por ello le cuadraba muy bien su sobrenombre "de la cruz". Recorrió valientemente su "calvario", y con frecuencia, decía: "Tritúrame, Señor, exprímeme hasta al última gota".
En lo más arduo de la persecución o de la prueba, exclamaba, llena de gozo: "¡Viva la Cruz!'.
Su caridad no tenía Iímites. Se entregaba a todos y en todo, olvidándose siempre de sí misma. El obispo Andrés Casullo que la conocía bien a fondo, afirmaba de ella: "Se desvivía por hacer el bien".
Decía que los pobres y abandonados sean nuestros preferidos. que estemos dispuestos a arrastrar toda clase de sufrimientos por Cristo y por nuestros hermanos. Que la Eucaristía y María sean nuestros Maestros y nuestro consuelo, que la cruz sea nuestro mejor libro y maestro.
Devotísima del Santísimo Sacramento y del Sagrado Corazón de Jesús, solía decir: "Quisiera hacer de todos los corazones un solo corazón y mecerlo en el Corazón de Jesús".
El amor a Jesús la unía más íntimamente a la Sma. Virgen, a la que, como buena carmelita, trataba de amar e imitar siempre y en todo.
Después de pasar por noches oscurísimas de su alma, preparada por la gracia, le llegó la muerte en su mismo pueblo natal el 3 de abril 1910, mientras repetía una vez mas. "Oh Jesús mío, sí quiero padecer más..." Y murmuraba extática: "¡Está abierto!... ya voy".
El papa Juan Pablo II la beatificaba el 19 de octubre de 1986.

Otros santos: Nª. Sª.  de los Remedios de Málaga;  Jorge, mártir; Félix, presbítero; Fortunato, Aquiles, doctores y mártires; Adalberto, Gerardo y Marolo, obispos; Beata Elena de Udine; Beato Gil de asís, religioso.