21 DE ABRIL
SAN ANSELMO, obispo y doctor de
la Iglesia 1033-1109
El
ilustre historiador cardenal Baronio llamó a nuestro Santo "la lumbrera del siglo XI
y la Estrella de Inglaterra".
Anselmo de Aosta, Anselmo de Bec o Anselmo de Cantorbery son los tres nombres que ha
solido recibir aquel en quien se debe reconocer al iniciador del pensamiento medieval. El
primero de ellos hace alusión a su nacimiento en el Piamonte (1033), el segundo, a su
vida monástica en tierra normanda (1063-1090) y el tercero a su episcopado en Inglaterra
(1093-1109).
Nació en la ciudad de Aosta, en el Piamonte italiano el 1033. Su padre se llamó Gondulfo
y era ambicioso, apasionado. Su madre de origen quizá menos noble pero enriquecida con
muchas dotes sobrenaturales y, sobre todo, muy buena educadora y una excelente cristiana.
Ella fue quien mayormente influyó en la formación del pequeño como después lo
recordará él mismo con gran alegría.
También los monjes benedictinos tendrán gran parte en la formación de su espíritu.
Llegará a decir más tarde: "Todo lo que soy se lo debo a mi madre y a los monjes
benedictinos".
Pidió ser admitido religioso y vistió el hábito a los veintisiete años en el
Monasterio de Bec, en Normandía. Pocos años después era nombrado Prior y después Abad
de aquel célebre Monasterio. El ejemplo que en todo daba Anselmo era maravilloso. Se
entregó a servir a todos con gran caridad. Se sentía feliz entregado a la oración y al
estudio.
Los años que pasó como Abad en Bec fueron verdaderamente fecundos. Se entregó de lleno
a su misión de Padre bondadoso y de alentador de cuantas obras se realizaban en el
Monasterio, pero aún le quedaba tiempo para escribir, y dar clases.
Era un profundo filósofo, teólogo y conocedor de las ciencias de su tiempo, llegando a
ser uno de los Padres más importantes de la Edad Media. Amaba tiernamente a la Virgen
María y sobre Ella, escribió preciosos tratados. Se le llamó "el segundo San
Agustín", tan profundo era en sus escritos y en sus clases. Escribió el Proslogion,
con el célebre argumento ontológico para demostrar la existencia de Dios.
A la muerte de su gran amigo y compatriota Lanfranco de Pavía, también procedente de
Bec, le sucedió como arzobispo de Canterbury.
Las paradojas de su personalidad son profundas y sugestivas; así, el monje piadosísimo,
dulce y humilde, será de hierro en la enconada pugna con los reyes ingleses Guillermo II
y Enrique I por la cuestión de las investiduras, fue desterrado en dos ocasiones y, como
alguien ha dicho, retrasó en varios siglos la separación de Roma.
Es una de las figuras más atractivas por su don de gentes, al mismo tiempo que uno de los
obispos que, a lo largo de los siglos, ha luchado con mayor denuedo por arrancar a la
Iglesia de las manos de los poderosos: "Dios dice este contemporáneo del papa
Gregorio VII - nada desea tanto como la libertad de su Iglesia».
Pero por encima de todo, el nombre de Anselmo es el de un hombre de Dios, de "ese Ser
tan perfecto que no se puede concebir nada mejor que él". El niño que soñaba con
escalar las más elevadas montañas para hallar a Dios en sus cumbres anunciaba ya al
monje y al obispo cuyo empeño total consistiría en «intentar comprender lo que
creía», investigando las profundidades de la sabiduría de Dios, no por satisfacer un
hambre desmesurada de conocimientos, sino por descubrir el sabor inefable de la verdad:
«Dios mío, te suplico que hagas que te conozca, te ame y encuentre mi felicidad en ti».
Teólogo que es todo sensibilidad y calidez afectiva, y que piensa a partir de la fe como
quien basa un edificio en cimientos inconmovibles "Quiero comprender algo de la
verdad que mi corazón cree y ama, no quiero comprender para creer, sino que creo para
poder comprender".
Defendió también la Inmaculada Concepción de la Virgen, por lo cual es con san Bernardo
uno de los «capellanes de Nuestra Señora».
Será el primero, abriendo el camino a la escolástica, que requiera el uso sistemático
de la razón para completar la fe cristiana.
El místico es más duro que nadie cuando hay que serlo, el santo de las tiernas efusiones
cordiales opina que es negligencia desdeñar las luces humanas, a las que así dignifica,
y que también son dones de Dios, con el fin de iluminar la fe. Murió en Canterbury sobre
un lecho de cenizas el 21 DE ABRIL de 1109.
Sus escritos filosóficos y teológicos le merecieron el título de Doctor de la Iglesia.
ANIVERSARIO DE LA DEDICACIÓN
DE LA SANTA IGLESIA CATEDRAL DE SANTIAGO
Esta apostólica Iglesia liga sus orígenes
al descubrimiento del mausoleo con los restos de Santiago el Mayor, bien entrado el siglo
IX, bajo el pontificado de Teodomiro. En este lugar, por mandato de Alfonso II el Casto,
se erigió la primitiva basílica sustituida después por la nueva basílica de Alfonso
III el Magno, consagrada solemnemente en el año 899. Este templo, arrasado por la
incursión en Galicia de las tropas de Almanzor, fue restaurado inmediatamente por san
Pedro de Mezonzo. Más adelante, el aumento de afluencia de peregrinos hizo necesario
iniciar la construcción del actual templo románico; se consagraron las capillas de la
cabecera bajo el pontificado de don Diego Xelmírez en el año 1105. Finalmente el papa
Calixto II, a instancia de Xelmírez, la elevó al rango de metropolitana.
CONRADO DE PARZHAM, 1818-1894
Estamos en la parte oriental de
la Baviera fronteriza con Austria, y allí, por tierras que cruza el Danubio, cuando aún
duraban los ecos de la gran tormenta napoleónica, una numerosa familia campesina, los
Birndorfer, tuvo un hijo más al que pusieron por nombre Johann. Johann natural de
Parzham, cerca de la ciudad de Passau.
Fue un niño cándido y angelical, de una inocencia y una piedad que no perdió con el
paso de los años. Treinta y uno tenía cuando, al quedar huérfano, se hizo capuchino en
Laufen, y poco después, como hermano lego, fue enviado al convento de Attotting, famoso
en la región por una imagen de la Virgen que atraía muchos peregrinos.
Johann, ahora fray Conrado de Parzham, era el portero del convento, quizás el trabajo
más duro y sacrificado de toda la comunidad, porque se calcula que la campanilla de la
puerta de entrada sonaba unas doscientas veces al día, tal solía ser la afluencia de
fieles.
Y aquí acaba (o si se prefiere, aquí comienza) su historia, que puede resumirse en una
simple frase: fue portero durante cuarenta y un años, y no abandonó sus funciones hasta
tres días antes de morir. Nada más y también nada menos, cuarenta y un años de
servicio oscuro, paciente, humilde y gozoso.
Dicen que la acogida - a cualquier hora - de aquel fraile de luengas barbas que respiraba
paz y presencia de Dios producía en todos un efecto imborrable, como si cada vez abriese
la puerta al mismo Cristo, con un amor y una solicitud proporcionales al inmenso honor de
recibir a un peregrino como Él, poniendo en su tarea una alegría espiritual que parecía
convertir tan monótona ocupación cotidiana en una felicidad sin límites.
Pío Xl le canonizó en 1934 por acudir así
muchas veces a abrir la puerta de su convento.
Otros santos: Anastasio el
Sinaíta y Simeón, obispos; Abdecalas, Ananías y Arador, presbíteros; Pusicio,
Fortunato, Félix, Silvio, Vidal, Apolo, Isacio y Codrato, mártires; Beata Clara Bossata.