Como lo indica su propio nombre, San Juan nació
en Damasco (hacia el año 675). Su padre ocupaba un puesto importante ante el califa
Omeya, y aun él mismo intervino en la administración árabe antes de escuchar la llamada
a la vida monástica (hacia el 710). Vino entonces a residir en el monasterio de San Sabas
en el desierto de Judá. Allí permanecería hasta su muerte (hacia el 749). Juan, como
monje y sacerdote, se consagró al estudio de la teología y a la predicación. A él se
debe una Exposición de la fe ortodoxa, que ejerció un notable influjo tanto en Occidente
como en Oriente. Pero su gran aportación consistió en la defensa que hizo del culto de
los sagrados iconos contra los emperadores León Isáurico y Constantino V en sus tres
Discursos apologéticos (726-730). De la obra oratoria del Damasceno hay que conservar,
sobre todo, sus homilías sobre la Natividad y la Dormición de María, que le convierten
en uno de los teólogos de la teología mariana, en especial de la Asunción: «Como Madre
del Dios vivo--dice--es justo que María fuese llevada junto a él». Finalmente, además
de teólogo era poeta, y la liturgia bizantina recoge sus composiciones en todas las grandes
fiestas del año. Si cl monje de San Sabas sobresalió en dominios tan diversos fue porque
estaba excepcionalmente bien dotado, pero también porque su pensamiento, transfigurado,
se nutría de la contemplación del misterio de la Encarnación.
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La que
señorea el fuego y las explosiones, protectora del rayo, patrona de artilleros y
artificieros, el suyo es un imperio ígneo y estruendoso, porque su despótico padre,
después de entregarla al verdugo por resistirse a renegar de la fe, fue fulminado como
castigo por un rayo del cielo, hasta quedar reducido a cenizas.
Su historia parece nacer tardíamente, varios siglos después del supuesto martirio,
quizá como una pía invención, pero lo cierto es que su culto se extendió muchísimo
tanto en Oriente como en Occidente, siempre asociada al símbolo de la torre, donde su
padre la encerró para que renunciase al cristianismo.
Sólo nos acordamos de santa Bárbara cuando truena, dice desengañadamente el refrán; y
también cuando llueven bombas sobre las ciudades indefensas, porque si el pararrayos
protege del fuego natural del cielo ¿qué nos protege de las bombas? Una vez conjurada la
amenaza de las nubes, los hombres inventan terribles sucedáneos mucho más mortíferos.
Bárbara, la estrepitosa, es el escudo contra los terrores más antiguos de las gentes, el
fuego y la destrucción que caen de la altura; y de los más modernos, del último grito
en materia de aniquilamiento feroz, total, absoluto. Por eso debería se abogada del miedo
y la prevención de la hecatombe nuclear, la venerable mártir de hace tantos siglos
encontraría así una función que en modo alguno podemos llamar anacrónica.
Contra la locura de una guerra definitiva, invoquemos a santa Bárbara, a quien no va a
asustar un poco más de ruido, aunque sea el último. Su torre vale por todos los refugios
antiatómicos, porque es la intrepidez y la firmeza del santo que no teme a lo que puede
dañar o pulverizar el cuerpo, ya que su esperanza reposa en las manos seguras y fuertes
del Padre.
Otros Santos: Bernardo; Santos Annón, Mauricio, Osmundo, Félix y Melecio, obispos; Teófanes; Beato Francisco Gálvez, mártir; Beato Arcángel Canetoli, presbítero.
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