San
Francisco Javier, el apóstol del país del sol naciente, pertenece a la estirpe de
los conquistadores de imperios. Pero, al tiempo que los conquistadores partían para
plantar sus estandartes de los reyes de España y Portugal en el Nuevo Mundo y en las
islas del Pacífico, él optó, siguiendo a Ignacio de Loyola, por el servicio del Rey
Eternal. Francisco, nacido en Javier, en 1506, se unió al primer grupo de los compañeros
de Ignacio mientras estudiaba en París (1534). En 1541, fue destinado por San Ignacio a
la Misión de las Indias portuguesas, toda vez que el hermano que había sido previamente
designado se encontraba impedido por una ciática. A lo largo de once años de trabajos,
en los que la oración y la penitencia tendrían la misma importancia que la predicación,
este misionero improvisado recorrería decenas de millares de kilómetros con el fin de
anunciar la Buena Nueva en la India (1542-43, 48, 51-52), Ceilán (44-45), Molucas (45-47)
y Japón (49-51). Hubiera deseado comunicar a todos los jóvenes cristianos la misma
pasión por la gloria de Dios y por la salvación de los hombres que le llevó a él a
tierras lejanas: «Me vienen deseos de escribir a la Universidad de París--le confía a
San Ignacio--para decirles cuántos millares y millones de paganos se podrían convertir
si hubiera operarios». Francisco murió cuando estaba solo, a las puertas de China, en la
isla de San Choan, en 1552. Contaba 46 años.
Otros Santos: Sofonías, profeta; Lucio, rey; Agrícola, Claudio, Casiano, Ambico, Hilaria, Magina, Jasón, Mauro, Crispín, Juan, Esteban, Víctor, Julio, mártires; Mirócletes y Birino, obispos; Gálgano, Sol, ermitaños.
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