Santa
Bibiana la de los trenes, probablemente esto es lo primero que se le ocurre a un romano al
mencionar su nombre, porque la iglesia que se llama así queda como empotrada en las vías
que están a punto de morir, unos metros más allá, en la Stazione Termini. Una iglesia
barroca con su espléndida estatua de la santa obra de Bernini.
Bernini, cumpliendo el encargo del infatigable Urbano VIII, la representó con los
atributos de su martirio: la columna de la flagelación, los azotes, la corona de mártir
y una sonrisa angelical que asombra o desconcierta; es la felicidad en la muerte, o, mejor
dicho, la felicidad entrevista por la fe más allá de la muerte.
Pero si nos olvidamos de todos estos elementos anacrónicos--los trenes, Bernini--¿qué
queda de la santa en sí misma? En su leyenda, tardía y llena de despropósitos, que hace
de Juliano el Apóstata su verdugo, no hay mucho creíble, y sin duda es una novelita
piadosa más que refunde una vieja tradición romana.
No obstante, Bibiana sí existió, y posiblemente también su hermana Demetria y su madre
Dafrosa, cuyos restos se descubrieron en una excavación, junto a las reliquias de la
santa en dos vasos de vidrio, y la Iglesia ha venerado desde hace siglos el recuerdo de
esta mártir desconocida.
Desconocida por la Historia, bien conocida por Dios, y en último término todo un
símbolo de la verdad de los santos: lo que sabemos de ellos, lo que es público y
notorio, viene a ser una débil aproximación más o menos aparatosa de lo que fueron,
suficiente para convencernos de sus virtudes, pero que está muy lejos de la misteriosa
vida de la santidad, cuya grandeza y secreto pertenecen tan sólo a Dios, y no dejan
huellas en archivos, inscripciones ni testimonios.
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¿Te hallas ahora mismo en tu vida en un lugar
desierto? ¿Parece todo estéril y desolado, sin nada más que interminables dunas de
arenas extendiéndose hacia tu futuro?
Conforme maduras espiritualmente, descubres que los desiertos de la vida son una parte
esencial del crecimiento. A menudo mucho de nuestro mejor trabajo del alma ocurre durante
nuestros momentos de desierto. Todos los grandes santos han experimentado desiertos,
simbólicos y literales; algunos incluso los han buscado deliberadamente.
El Venerable Carlos de Foucauld, más conocido como el Hermanito Carlos de Jesús, pasó
los últimos diez años de su vida viviendo como un ermitaño en el desierto de Argelia.
De joven había llevado una vida rápida y libre, diciendo a cada una de sus nuevas
concubinas: «Arriendo por días, no por meses.» Al final de su vida fue capaz de rezar:
«Por la fuerza de los acontecimientos, me hiciste casto... La castidad se convirtió en
una bendición y en una necesidad interna para mí.» El desierto se convirtió en el
fuego en el que el Venerable Carlos endureció el acero de su resolución y disciplina.
También nosotros necesitamos nuestras experiencias del desierto para endurecer nuestra
resolución. Necesitamos el desierto porque sólo cuando nos despojamos de todo lo que
creemos que traerá sentido a nuestras vidas somos capaces de encontrar a Aquel que trae
el verdadero sentido.
Otros Santos: Eusebio, presbítero; Marcelo, Hipólito, Máximo, León, María, Marana, Aurelia, Paulina, Seguro. Jenaro, Victorino, Adria, Ponciano, Severo, mártires; Lupo, Cromacio, Silvano, Nono, Evasio, obispos; Silverio, papa; Beato Juan Ruysbroeck, presbítero; Beata María Ángela Antorcha, virgen.
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