2 DE DICIEMBRE

SANTA BIBIANA siglo IV

bibiana.jpg (7544 bytes)Santa Bibiana la de los trenes, probablemente esto es lo primero que se le ocurre a un romano al mencionar su nombre, porque la iglesia que se llama así queda como empotrada en las vías que están a punto de morir, unos metros más allá, en la Stazione Termini. Una iglesia barroca con su espléndida estatua de la santa obra de Bernini.
Bernini, cumpliendo el encargo del infatigable Urbano VIII, la representó con los atributos de su martirio: la columna de la flagelación, los azotes, la corona de mártir y una sonrisa angelical que asombra o desconcierta; es la felicidad en la muerte, o, mejor dicho, la felicidad entrevista por la fe más allá de la muerte.
Pero si nos olvidamos de todos estos elementos anacrónicos--los trenes, Bernini--¿qué queda de la santa en sí misma? En su leyenda, tardía y llena de despropósitos, que hace de Juliano el Apóstata su verdugo, no hay mucho creíble, y sin duda es una novelita piadosa más que refunde una vieja tradición romana.
No obstante, Bibiana sí existió, y posiblemente también su hermana Demetria y su madre Dafrosa, cuyos restos se descubrieron en una excavación, junto a las reliquias de la santa en dos vasos de vidrio, y la Iglesia ha venerado desde hace siglos el recuerdo de esta mártir desconocida.
Desconocida por la Historia, bien conocida por Dios, y en último término todo un símbolo de la verdad de los santos: lo que sabemos de ellos, lo que es público y notorio, viene a ser una débil aproximación más o menos aparatosa de lo que fueron, suficiente para convencernos de sus virtudes, pero que está muy lejos de la misteriosa vida de la santidad, cuya grandeza y secreto pertenecen tan sólo a Dios, y no dejan huellas en archivos, inscripciones ni testimonios.

VENERABLE CARLOS DE FOUCAULD 1858-1916

carlosfoucauldn.jpg (16235 bytes)¿Te hallas ahora mismo en tu vida en un lugar desierto? ¿Parece todo estéril y desolado, sin nada más que interminables dunas de arenas extendiéndose hacia tu futuro?
Conforme maduras espiritualmente, descubres que los desiertos de la vida son una parte esencial del crecimiento. A menudo mucho de nuestro mejor trabajo del alma ocurre durante nuestros momentos de desierto. Todos los grandes santos han experimentado desiertos, simbólicos y literales; algunos incluso los han buscado deliberadamente.
El Venerable Carlos de Foucauld, más conocido como el Hermanito Carlos de Jesús, pasó los últimos diez años de su vida viviendo como un ermitaño en el desierto de Argelia. De joven había llevado una vida rápida y libre, diciendo a cada una de sus nuevas concubinas: «Arriendo por días, no por meses.» Al final de su vida fue capaz de rezar: «Por la fuerza de los acontecimientos, me hiciste casto... La castidad se convirtió en una bendición y en una necesidad interna para mí.» El desierto se convirtió en el fuego en el que el Venerable Carlos endureció el acero de su resolución y disciplina.
También nosotros necesitamos nuestras experiencias del desierto para endurecer nuestra resolución. Necesitamos el desierto porque sólo cuando nos despojamos de todo lo que creemos que traerá sentido a nuestras vidas somos capaces de encontrar a Aquel que trae el verdadero sentido.

Otros Santos: Eusebio, presbítero; Marcelo, Hipólito, Máximo, León, María, Marana, Aurelia, Paulina, Seguro. Jenaro, Victorino, Adria, Ponciano, Severo, mártires; Lupo, Cromacio, Silvano, Nono, Evasio, obispos; Silverio, papa; Beato Juan Ruysbroeck, presbítero; Beata María Ángela Antorcha, virgen.