San Juan se encuentra
en una relación peculiar con cada uno de los diversos aspectos del Misterio de Cristo. Al
Apóstol «que durante la Cena reclinó su cabeza en el pecho del Señor», que
recibió a María por Madre al pie de la Cruz y fue el primero de los discípulos en creer
en la resurrección, se le puede considerar como el teólogo del Misterio pascual, por lo
que con toda justicia leemos su Evangelio durante el tiempo de Pascua. Pero San Juan es,
asimismo, el heraldo del Misterio de la Encarnación, el hombre que, bajo la inspiración
del Espíritu, escribió: «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros».
Resulta oportuno celebrar su fiesta dentro de la octava de Navidad y comenzar hoy la
lectura de la Carta en que nos relata «lo que ha contemplado con sus propios
ojos». Juan gozó de la intimidad de Cristo, a quien encontrara en la ribera del
Jordán, fue junto con Pedro y Santiago testigo de su transfiguración y compañero de su
agonía, así como el único de entre los Apóstoles que vio morir al Maestro y lo
depositó en su sepulcro. Conservó de todo ello unos recuerdos que habían de iluminar
su larga vida. Así descubrió con admiración que «Dios es amor» y que el
mandamiento del Señor consiste en el amor.
Otros Santos: Máximo, obispo; Teodoro, Teófanes, monjes; Nicerata, virgen; Fabiola, viuda.
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