Dos santos dispares de épocas
muy alejadas entre sí y que dan testimonio de la fe en ambientes hostiles. Uno con el
martirio y otro con la soledad, el primero en tiempos de Diocleciano, el último en el
mismo umbral de nuestro siglo.
Gregorio era un sacerdote de Spoleto, en la Umbría, de quien se nos dice que con sus
virtudes y sus milagros provocó la ira y el escándalo de las autoridades del Imperio,
que mandaron a la ciudad a un sicario llamado Flaco para hacer que se sometiera a la
religión oficial.
Acusado de ser «rebelde a los dioses»--significativa fórmula que sería hermoso volver
a levantar como bandera--, se le sometió a toda clase de torturas, y murió decapitado en
medio del anfiteatro, fiel a su rebeldía.
Muchos siglos después, en el atormentado Líbano moderno, donde los católicos de rito
sirio llamados maronitas eran perseguidos por los drusos, el humilde hijo de un mulero,
Joseph Zarun Majluf, ingresa a los veintitantos años en el monasterio de San Marón, en
Annaya, donde se ordenó de sacerdote en 1859.
Pero no le bastaba ser un monje modelo de piedad, trabajo y obediencia, y queriendo imitar
a los padres del desierto, en 1875 se hizo ermitaño, y llevó una vida sencilla y
austerísima en una desnuda celda que muchos visitaban para pedir sus consejos, sus
oraciones y su bendición.
Charbel (canonizado en 1977) y Gregorio, ambos muertos la víspera de Navidad, la anuncian
como dos disconformes del mundo, y dan a esta gran fiesta que a menudo se interpreta con
blanduras sentimentales, un signo de recios independientes, subrayando el amor de Cristo
con una firme actitud de despego para los dioses de la tierra.
Otros Santos: Gregorio, presbítero y mártir; Luciano, Metrobio, Pablo, Cenobio, Teótimo, Druso, Eutimio, mártires; Delfín, Venerando, obispos; Adela, abadesa; Társila, Emiliana, Irmina, vírgenes.
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