«Madre de todos los
hombres»--Eva en hebreo significa "vida"--, la santa más inesperada del
calendario. Pero ¿no habíamos quedado en que fue la culpable del pecado original? Porque
«por una mujer comenzó el pecado, por culpa de ella morimos todos», se lee en el
Eclesiástico. Extraña santa a la que recordamos por el mal que introdujo en la
humanidad.
Desde la última lejanía de los tiempos, Eva, como en los capiteles románicos ojos
inmensos y sorprendidos, desnuda, cubriendo sus vergüenzas con la cabellera destrenzada y
larguísima--, sigue preguntándonos: ¿Lo hubierais hecho mejor?
Salta a la vista, por nuestra conducta habitual, que no lo hubiéramos hecho mejor, pero
para excusarse hay que acumular toda la responsabilidad en cabeza ajena. Débil y
conmovedora, imprudente, tentada por la curiosidad y la ambición (¿y si fuese verdad eso
de «seréis como dioses»?), en el Génesis aparece como una figura no ya muy femenina,
sino humanísima. Somos de su linaje, a qué negarlo.
No podemos ni imaginar lo que era el mundo antes de aquel pecado, antes de que nuestros
primeros padres entrasen en el orden de la naturaleza, que comparte padecimiento,
frustración y muerte, pan ganado con el sudor y dolores de parto. El Paraíso terrenal se
difumina en una imagen edénica en la que no nos reconocemos.
En cambio, en la Eva caída, desobediente, frágil, no hay que hacer ningún esfuerzo para
ver cómo somos, y las consecuencias de toda aquella historia no sólo son la catástrofe,
sino también la misma condición de nuestro complicado vivir. "Félix culpa"
teológicamente hablando, ya que por lavarla se encarnó el mismo Dios, y que ha hecho la
realidad de la que formamos parte, que nos ha hecho a nosotros.
Otros Santos: Urbano V y Anastasio I, papas; Nemesio, Darío, Zósimo, Paulo, Segundo, Ciriáco, Fabio, Pablito, Anastasio, Maura, Tea, Timoteo, Fausta, Sindimio, mártires; Gregorio, obispo; Adyutor, abad; Samtana, abadesa.
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