Es el
protagonista de un milagro clamoroso del Evangelio, la resurrección del hospitalario
Lázaro de Betania, hermano de Marta y María; cuando hace varios días que está
sepultado y, como dicen a Jesús, «ya hiede», le llama el Maestro, ¡Lázaro, sal
fuera!, y el cadáver recobra vida y aparece ante el pasmo de todos devuelto a la luz.
En torno a la figura de Lázaro la leyenda cristiana inventará mil historias poéticas y
confusas; se le confunde con el mendigo homónimo de la parábola del rico Epulón y su
nombre ampara los lazaretos o asilos para leprosos, se le hace viajar al sur de Francia,
junto con las tres Marías, y allí evangeliza las bocas del Ródano con dignidad de
obispo (así se le menciona sorprendentemente en el santoral: Lázaro, obispo) hasta morir
mártir.
Todo eso es fantasía que adorna el hecho estupendo de una resurrección que ha hecho
soñar a tantos: ¿cómo podía vivir de nuevo entre nosotros después de haber estado en
el mundo de ultratumba? ¿Con qué desengañados ojos que han visto el más allá podía
contemplar Lázaro el cotidiano trajín de su casa familiar de Betania?
Pero en el fondo san Lázaro, obispo o no, nos impresiona más que por haber provocado el
gran milagro por una circunstancia especialísima que se menciona antes del hecho: Jesús
le amaba, le amaba mucho, y lloró desconsoladamente ante su tumba. Jesús llorando ante
todos por un amigo al que amaba.
¿Cómo debía de ser Lázaro para que Él llorase su muerte, para que le amase tanto? Sin
duda era un hombre de bondad extraordinaria, un corazón hondo y generoso que despertó
ese amor cuyos ecos resuenan en el Evangelio como para recordarnos la fibra humana y
conmovida del Hijo de Dios que primero llora por la muerte de su amigo y luego, con unas
breves e imperiosas palabras repite, ahora desde la muerte, el milagro de la creación,
haciendo vivir.
Otros Santos: Esturmio, abad; Vivina y Yolanda, vírgenes; Olimpia, Begga, viudas; Floriano, Calanico y compañeros, mártires; Juan de Mata, presbítero; Franco, confesor; Esturmio, abad;
![]()