Juan
nació en Castilla la Vieja en 1542. Luego de una laboriosa adolescencia ingresó en el
Carmelo (1563). Inmediatamente después de su ordenación sacerdotal (1567), tuvo una
visita que fue decisiva en su vida: la de Teresa de Jesús, que había acometido ya la
obra de llevar al Carmelo a su primitiva observancia.
«Es de pequeña estatura--anota Teresa--pero lo juzgo muy grande a los ojos de Dios».
Contaba por entonces él veinticinco años y ella cincuenta y dos. Su mutua colaboración
no se vería interrumpida sino por la muerte de Teresa (1582). Juan adoptó entonces el
nombre de Juan de la Cruz y se retiró con dos compañeros a una chabola de Duruelo, que
les había proporcionado Teresa. Pero, he aquí que la Orden de los Carmelitas emprendió
contra los «primitivos» una lucha sin piedad. En 1577 fue secuestrado el propio Juan en
Toledo, en una celda--de donde acertó a evadirse al cabo de cuatro meses--. Allí compuso
sus poemas místicos más hermosos. Poco tiempo después sería finalmente tolerada la
reforma, y Juan recibiría varios cargos dentro de la Orden. Murió en Úbeda en 1591. Pero
la biografía del Doctor Místico interesa menos que la Viva llama de amor que, a través
de su Noche oscura, sostuvo su Subida al Monte Carmelo. San Juan de la Cruz, que se
desenvuelve con tal soltura en las cumbres, es, asimismo, un incomparable guía para aquel
que vive su fe dentro de la sencillez de la vida diaria: «Allá donde no hay amor, poned
amor y recogeréis amor. En el atardecer de la vida, nos examinarán del amor», «el
conocimiento de Dios que podemos tener reside en un silencio divino».
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Se
llamaba Venancio Fortunato, había nacido en el norte de Italia, cerca de Treviso, se
formó en Rávena y allí aprendió todos los secretos de la versificación, porque era un
poeta habilísimo, sutil y delicado. Debía de tener treinta y tantos años cuando estuvo
a punto de quedarse ciego, y al recuperar la vista por intercesión de san Martín,
decidió peregrinar hasta la tumba del santo de las Galias.
Larga peregrinación, piadoso vagabundeo, sin duda también viaje de placer y de
curiosidad. Cruza los Alpes, Maguncia, Colonia, Tréveris y Metz, pasa por París y
finalmente, cumpliendo su voto, venera las reliquias de san Martín en Tours. No iba a
volver a Italia ni a quedarse allí, sino que descubre un poco más el sur, en Poitiers,
su segunda patria.
A partir del 567 le retiene en Poitiers la amistad de dos santas mujeres: la viuda del
feroz soberano franco Clotario I, Radegunda, de quien será capellán, y su hija adoptiva,
Inés, abadesa del monasterio de la santa Cruz fundado por la reina. Fortunato será allí
sacerdote y luego obispo de Poitiers, dejando a la posteridad vidas de santos y un largo
poema sobre san Martín de Tours.
Más famosos son sus himnos, como el Vexilla Regis (Los estandartes del Rey) y sobre todo
el Pange, lingua (Canta, oh lengua), compuestos a petición de santa Radegunda para
recibir solemnemente unas reliquias de la vera cruz, extraordinarios textos incorporados a
la liturgia que hacen de Venancio Fortunato el mejor himnógrafo de los siglos oscuros.
Pero no olvidemos tampoco sus simpáticos y píos poemillas de lisonja, que le han valido
ser patrón de cocineros, pasteleros y gastrónomos, por las golosinas que intercambiaba
con la abadesa Inés y Radegunda, a quienes en "Hinc me deliciis" agradece el envío de
huevos y ciruelas, no sin sacar del regalo una lección espiritual.
Otros Santos: Eutropia y compañeros, Herón, Arsenio, Isidoro, Dióscoro, Druso, Zósimo, Justo, Teodoro, Abundio, mártires; Nicasio, Espiridión, Viator, Pompeyo, obispos; Agnelo, abad; Matroniano, ermitaño.
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