Francisca Magdalena de Chaugy, sobrina de la
Madre de Chantal, recuerda «el humor vivo y alegre» de su tía, "su espíritu
nítido, pronto y puro y su sólido juicio". Estas cualidades humanas habían de
hacer de Santa Juana Francisca de Chantal una mujer sumamente eficiente en toda su vida
tanto de esposa y madre, como después de alma consagrada. Nació en Dijon en 1572, siendo
hija de un magistrado, y a los veinticuatro años se desposó con el barón de Chantal. Su
hogar, en el que vieron la luz cuatro hijos, conoció ocho años de profunda dicha, que se
vio brutalmente interrumpida por un accidente de caza (1600). Dentro de su dolor, la
señora de Chantal se entregó por entero a Dios. Por entonces puso el Señor en su camino
a Francisco de Sales. Son de sobra conocidos los lazos de afecto que mediaron entre el
obispo de Ginebra y su hija espiritual. Con paciencia y firmeza, Francisco condujo a Juana
Francisca por el camino que Dios le había trazado. En 1610, llegó la hora de los adioses
heroicos de la Señora de Chantal a su padre y a sus hijos. Estaba preparada para fundar,
de cara al futuro, la Visitación, una Orden en la que, según su proyecto inicial, se
viviría a un mismo tiempo la contemplación y el servicio a los enfermos. Entonces dieron
comienzo, a través de toda Francia, los incesantes viajes para fundar casas a imagen de
la de Annecy. La santa fundadora murió en Moulins, el 13 de Diciembre de 1641.
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Al
proclamar, en 1910, el papa San Pío X a Nuestra Señora de Guadalupe como Madre y Patrona
de toda la América hispana, no hacía sino sancionar con su autoridad suma una filiación
vivida en plenitud por esos pueblos nativos americanos que se saben representados en el
humilde indio Juan Diego. La unidad de ferviente adhesión que produce el solo nombre de
Nuestra Señora de Guadalupe en pueblos tan distantes, y no pocas veces enfrentados en
otros campos, no es sino un refrendo de la seguridad que ofrece el sentirse en verdad
«bajo el patrocinio de la Santísima Virgen María». Corría el mes de
Diciembre de
1531, cuando, sobre la colina del Tepeyac, la Virgen acudía a visitar, una vez más, a
los que, como ella, eran pequeños a los ojos del mundo. Y, desde entonces, el nombre de
Juan Diego queda asociado a la historia de la Iglesia como al portavoz elegido por María
para que una multitud ingente de pueblos la proclamen, como algo propio, «bendita entre
las mujeres». Y, como una especie de respuesta cariñosa a esa fe sencilla pero
acendrada del pueblo latinoamericano, queda el sello de la misteriosa imagen de la
Señora, ya que--como aseveraba Pío XII, el 12 de octubre de 1945--, «en el tilma del
pobrecito Juan Diego, pinceles que no eran de acá abajo dejaban pintada una imagen
dulcísima». Que los cantos de alabanza, que en esta festividad
con tanta profusión
suben al cielo, sean para todos los pueblos latinoamericanos un anticipo del gozo del
cielo.
Otros Santos: Amonaria, Epicamo, Mercuria, Dionisia, Alejandro Donato, Majencio, Constancio, Justino, Sinesio, Hermógenes, Crescencio, mártires; Beatos Juan Marinonio, Martín de San Nicolás y compañeros mártires; Beatos Santiago de Viterbo, Hartman, obispos; Finian, obispo; Columbo, Valerio, abad; Cormac, confesor; Eadburga, abadesa; Corentino, obispo; Emma, viuda
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