VIERNES SANTO

El viernes santo es, para los cristianos de todo el mundo, un día de ayuno: el ayuno pascual, que recuerda la pasión del Señor, y que la Iglesia aconseja que `prolonguemos hasta la Noche Santa, en la que lo romperemos con alegría.
Pero también trae consigo el viernes santo, después de comer o a la tarde, la celebración de la Pasión del Señor. El oficio comienza con una liturgia de la Palabra, cuya lectura principal es el relato de la Pasión según San Juan. Después de la homilía, se tiene la oración de los fieles con una solem­nidad excepcional, con el deseo de no olvidar a nadie, puesto que la salvación operada por la sangre redentora ha de llegar a los últimos confines de la tierra. A continuación se expone la Cruz a la veneración de la asamblea y, después, el sacerdote y los fieles reciben el cuerpo de Cristo.
Más que las humillaciones de la Pasión, lo que brilla en esta celebración es la gloria de la Cruz, puesto que la Iglesia no conmemora la muerte del Señor sino recordando, a la vez, su resurrección. Por lo mismo, los cantos abundan en aclamaciones a Cristo vencedor: «Santo Dios, Santo y fuer­te, Santo e inmortal, ten piedad de nosotros» (Improperios). «Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero» (Antífona).

El Viernes Santo ya es Pascua. Es el primer día del Tríduo Pascual: tres días que celebramos como un único día, viviendo el único misterio de la Pascua de Cristo, su muerte y su resurrección.
Hoy nos centramos de modo especial en la muerte de Cristo, pero con la mirada puesta ya en su resurrección.
Hoy no celebramos la Eucaristía. Participamos: en una Liturgia de la Palabra, sobre todo con la lectura de la Pasión.

1. LA ENTRADA

La impresionante celebración litúrgica del Viernes empieza con un rito de entrada diferente de otros días:
los ministros entran en silencio, sin canto,
vestidos de color rojo, el color de la sangre, del martirio,
se postran en el suelo, mientras la comunidad se arrodilla,
y después de un espacio de silencio, dice la oración del día.

No se dice «Oremos».

Señor, Dios nuestro: Jesucristo, tu Hijo, al derramar su sangre por nosotros, se adentró en su misterio pascual; recuerda, pues, que tu ternura y tu misericordia son eternas, santifica a tus hijos y protégelos siempre. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

o también:

Oh Dios, que por la Pasión de Cristo, Señor nuestro, has destruido la muerte, consecuencia del primer peca­do, que a todos los hombres alcanza; te pedimos nos hagas semejantes a tu Hijo; así, quienes por nuestra naturaleza humana somos imagen de Adán, el hombre terre­no, por la acción de tu gracia, seremos imagen de Jesu­cristo, el hombre celestial. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

2. LITURGIA DE LA PALABRA

El evangelio de San Juan nos pone cada año ante los ojos ciertos rasgos de la pasión de Jesús que él solo ha retenido: la declaración a Pilato: «Tú lo dices, soy rey», la presen­cia de María al pie de la cruz, el costado abierto de donde mana sangre y agua. Las dos primeras lecturas nos hacen comprender cómo Cristo en cruz realiza la esperanza de Israel, que se confunde con la de la humanidad: Jesús es el Siervo doliente que «entrega su vida como expiación»; es el sumo sacerdote que, ofreciéndose a sí mismo como víctima, «se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen».

  Lectura del libro de Isaías 52, 13--53, 12

Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho.
Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano; así asombrará a muchos pueblos: ante El los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito. ¿Quién creyó nuestro anuncio?. ¿A quién se reveló el brazo del Señor?
Creció en su presencia como un brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado.
El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.
Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.
Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron. ¿Quién meditó en su destino? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malhechores; porque murió con los malvados, aunque no había cometido crímenes, ni hubo engaño en su boca.
El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años; lo que el Señor quiere prosperará por sus manos. A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará; con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos.
Por eso le daré una parte entre los grandes, con los poderosos tendrá parte en los despojos; porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, y él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

El salmo de meditación nos hace decir una frase que los evangelios ponen en labios de Cristo en la Cruz:

"Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu";

R/ Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado.

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú que eres justo, ponme a salvo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás.

Soy la burla de todos mis enemigos
la irrisión de mis vecinos
el espanto de mis conocidos
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto
me han desechado como a un cacharro inútil

Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: "Tú eres mi Dios".
En tu mano están mis azares
líbrame de los enemigos que me persiguen.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sed fuertes y valientes de corazón,
los que esperáis en el Señor.

La carta a los Hebreos 4-5 nos describe la pasión de Cristo con datos que no traen los evangelios: sus gritos y sus lágrimas ante la muerte; pero por su entrega generosa a la muerte es el salvador de todos;

Lectura de la carta a los Hebreos 4,14-16; 5, 7-9

Hermanos: Tenemos un Sumo Sacerdote que penetró los cielos - Jesús, el Hijo de Dios -. Mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en el tiempo oportuno.
Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, v fue escuchado por su actitud reverente. El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que obedecen en autor de salvación eterna.

Cada año en este día leemos la Pasión según san Juan: el momento culminante de la celebración;

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan 18, 1 18, 1--19, 42

C. En aquel tiempo Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas; Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelanto y les dijo:
+ "¿A quién buscáis?"
C. Le contestaron:
S «A Jesús el Nazareno.»
C. Les dijo Jesús:
+
«Yo soy."
judasn.jpg (27976 bytes)C. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles «Yo soy", retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+
«¿A quién buscáis?"

C. Ellos dijeron:
S. «A Jesús el Nazareno."
+" «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos."
C . Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste." Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+«Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?»
C. La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año, el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo.» Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Ese discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el palacio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta.
Salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, hablo a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro:
S. «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?»
C. El dijo:
S. «No lo soy.»
C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose
El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó:
+ «Yo he hablado abiertamente al mundo: yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo.»
sanedrin4n.jpg (15691 bytes)C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. "Así contestas al Sumo Sacerdote?»
C. Jesús respondió:
+ «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?»
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, Sumo Sacerdote.
Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:
S. «¿No eres tú también de sus discípulos?»
C. El lo negó diciendo:
S. «No lo soy.»
C. Uno de los criados del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. «¿No te he visto yo con él en el huerto?»
C. Pedro volvió a negar, y en seguida cantó un gallo.
Llevaron a Jesús de casa de Caifás al Pretorio. Era el amanecer y ellos no entraron en el Pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato, afuera, adonde estaban ellos y dijo:

S. «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?»
C. Le contestaron:
S. «Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos.»
C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y juzgarle según vuestra ley.»
C. Los judíos le dijeron:
S. «No estamos autorizados para dar muerte a nadie.»
C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el Pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús le contestó:
pilatos5n.jpg (16096 bytes)+ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí? »
C .Pilato replicó:
S. «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»
C. Jesús le contestó:
+ «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»
C. Pilato le dijo:
S. «Conque, ¿tú eres rey?»
C. Jesús le contestó:
+ «Tú lo dices: Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.»
C .Pilato le dijo:
S. "Y, ¿qué es la verdad?"
C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Volvieron a gritar:
S. «A ése no, a Barrabás.»
C. (El tal Barrabás era un bandido.)
Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. «Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa.»
C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. «Aquí lo tenéis.»
C. Cuando lo vieron los sacerdotes y los guardias gritaron:
S. «¡Crucifícale, crucifícale!»
C. Pilato les dijo:
S. «Lleváosle vosotros y crucificadle, porque yo no encuentro culpa en él.»
C. Los judíos le contestaron:
S. «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios.»
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el Pretorio, dijo a Jesús:
S. «¿De dónde eres tú?»
C. Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo:
S. «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarle y autoridad para crucificarte?»
C. Jesús le contestó:
+ «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor.»
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. «Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César.»
C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «El Enlosado» (en hebreo Gábbata) Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía Y dijo Pilato a los judíos:
S. «Aquí tenéis a vuestro Rey »
C. Ellos gritaron:
S. «¡Fuera, fuera; crucifícale!»
C. Pilato les dijo:
S. «¿A vuestro rey voy a crucificar»
C. Contestaron los Sumos Sacerdotes:
S. «No tenemos más rey que al César.»
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
Tomaron a Jesús, y él, cargado con la Cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: JESÚS EL NAZARENO, EL REY DE LOS JUDÍOS. Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato:

S. «No escribas «El rey de los judíos», sino «Este ha dicho: Soy rey de los judíos».»
C. Pilato les contestó:
S. «Lo escrito, escrito está.»
C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba a abajo. Y se dijeron:
S «No la rasguemos, sino echemos a suertes a ver a quién le toca.»
C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica".
Esto hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre María de Cleofás, y María la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:

+ «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
C. Luego dijo al discípulo:
+ «Ahí tienes a tu madre.»
C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo:

+ «Tengo Sed.»
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
+ «Está cumplido.»
crucifision02n.jpg (18414 bytes)C. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Los judíos entonces, como era el día de la Preparación para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que atravesaron».
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. El fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y aloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca pusieron allí a Jesús.

Como siempre, la celebración de la Palabra, después de la homilía, se concluye con una ORACIÓN UNIVERSAL, que hoy tiene más sentido que nunca: precisamente porque contemplamos a Cristo entregado en la Cruz como Redentor de la humanidad, pedimos a Dios la salvación de todos, los creyentes y los no creyentes.

3. ORACIÓN DE LOS FIELES

La liturgia de la Palabra se concluye con la Oración univer­sal que, en este día, se hace de este modo: el sacerdote dice la invitación que expresa la intención. Después todos oran en silencio y seguidamente el celebrante dice la oración, a la que el pueblo responde con su: Amén.

Durante estas oraciones los fieles pueden permanecer de rodillas o de pie.

De entre las oraciones que se proponen en el misal, el cele­brante puede escoger aquellas que resulten más acomodadas para la piedad de los fieles, pero de tal modo que se man­tenga el orden de las intenciones que se propone para la Oración Universal

1.  POR LA SANTA IGLESIA

 Oremos, hermanos, por la Iglesia santo de Dios, para que el Señor le dé la paz, la mantenga en unidad, la proteja en toda la tierra, y a todos nos conceda una vida confiada y serena, para gloria de Dios, Padre todopoderoso

 Oración en silencio. Prosigue el celebrante:

 Dios todopoderoso y eterno, que en Cristo manifiesta tu gloria a todas las naciones, vela solícito por la obra de tu amor, para que la Iglesia, extendida por todo mundo, persevere con fe inquebrantable en la confesión de tu nombre. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén

2.  POR EL PAPA

Oremos también por nuestro Santo Padre el Papa N. para que Dios, que lo llamó al orden episcopal, lo asista y proteja para bien de la Iglesia como guía del pueblo santo de Dios

Oración en silencio. Prosigue el celebrante:

Dios todopoderoso y eterno, cuya sabiduría gobierna todas las cosas: atiende bondadoso nuestras súplicas protege al Papa, ara que el pueblo cristiano, gobernado por ti bajo el cayado del Sumo Pontífice, progrese siempre en la fe. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

3.      POR TODOS LOS MINISTROS Y POR LOS FIELES

Oremos también por nuestro Obispo N., por todos los obispos, presbíteros y diáconos, por los que ejercen algún ministerio en la Iglesia, y por todos los miem­bros del pueblo santo de Dios.

Oración en silencio. Prosigue el celebrante:

Dios todopoderoso y eterno, cuyo Espíritu santifica y gobierna todo el cuerpo de la Iglesia; escucha las súplicas que te dirigimos por todos sus miembros, para que, con la ayuda de tu gracia, cada uno te sirva fielmente en la vocación a que le has llamado. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

4.      POR LOS CATECÚMENOS

Oremos también por (nuestros) los catecúmenos, para que Dios nuestro Señor les ilumine interiormente, les abra con amor las puertas de la Iglesia, y así encuen­tren en el Bautismo el perdón de sus pecados y la incorporación plena a Cristo, nuestro Señor.

Oración en silencio. Prosigue el celebrante:

Dios todopoderoso y eterno, que haces fecunda a tu Iglesia dándole constantemente nuevos hijos; acrecien­ta la fe y la sabiduría de los (nuestros) catecúmenos, para que, al renacer en la fuente bautismal, sean conta­dos entre los hijos de adopción. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

5.      POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Oremos también por todos aquellos hermanos nuestros, que creen en Cristo, para que Dios nuestro Señor asista y congregue en una sola Iglesia a cuantos viven de acuerdo con la verdad que han conocido.

Oración en silencio. Prosigue el celebrante:

Dios todopoderoso y eterno, que vas reuniendo a tus hijos dispersos y velas por la unidad ya lograda: mira con amor a toda la grey que sigue a Cristo, para que la integridad de la fe y el vínculo de la caridad congre­gue en una sola Iglesia a los que consagró un solo bautismo. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

6.      POR LOS JUDÍOS

Oremos también por el pueblo judío, el primero a quien Dios habló desde antiguo por los profetas, para que el Señor acreciente en ellos el amor de su Nombre y la fidelidad a la Alianza que selló con sus padres. 

Oración en silencio. Prosigue el celebrante:

Dios todopoderoso y eterno, que confiaste tus prome­sas a Abrahán y su descendencia; escucha con piedad las súplicas de tu Iglesia, para que el pueblo de la primera Alianza llegue a conseguir en plenitud la reden­ción. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

7.      POR LOS QUE NO CREEN EN CRISTO

Oremos por los que no creen en Cristo, para que, ilu­minados por el Espíritu Santo, encuentren también ellos el camino de la salvación.

Oración en silencio. Prosigue el celebrante:

Dios todopoderoso y eterno, concede a quienes no creen en Cristo, que, viviendo con sinceridad ante ti, lleguen al conocimiento pleno de la verdad; y a nosotros concé­denos también que, progresando en la caridad fraterna y en el deseo de conocerte más, seamos ante el mundo testigos más convincentes de tu amor. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

8.      POR LOS QUE NO CREEN " DIOS

Oremos por los que no admiten a Dios, para que por la rectitud y sinceridad de su vida alcancen el premio de llegar a él.

Oración en silencio. Prosigue el celebrante:

Dios todopoderoso y eterno, que creaste a todos los hombres para que te busquen, y, cuando te encuentren, descansen en ti; concédeles, que en medio de sus dificultades, los signos de tu amor y el testimonio de los creyentes les lleven al gozo de reconocerte como Dios y Padre de todos los hombres. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

9.      POR LOS GOBERNANTES

Oremos por los gobernantes de todas las naciones, para que Dios nuestro Señor, según sus designios, les guíe en sus pensamientos y decisiones hacia la paz y libertad de todos los hombres.

Oración en silencio. Prosigue el celebrante:

Dios todopoderoso y eterno, que tienes en tus manos el destino de los hombres y los derechos de todos los pueblos, asiste a los que gobiernan, para que, por tu gracia, se logre en todas las naciones la paz, el desarrollo y la libertad religiosa de todos los hombres. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén

10. POR LOS ATRIBULADOS

Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, Por todos los que en el mundo sufren las consecuencias del pecado, para que cure a los enfermos, dé :alimento a los que padecen hambre, libere de la injusticia a los perseguidos, redima a los encarcelados, conceda volver a casa a los emigrantes y desterrados, proteja a los que viajan, y dé la salvación a los moribundos.

Oración en silencio. Prosigue el celebrante:

Dios todopoderoso y eterno, consuelo de los que lloran y fuerza de los que sufren, lleguen hasta ti las súplicas de quienes te invocan en su tribulación, para que sien­tan en sus adversidades la ayuda de tu misericordia. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

4. ADORACIÓN DE LA CRUZ_

Acabada la oración universal, tiene lugar la solemne adora­ción de la santa cruz. Según las exigencias pastorales, se puede elegir una de las dos formas que se proponen para mostrarla.

Primera forma de mostrar la Santa Cruz.

Se lleva la cruz cubierta al altar, en medio de dos ministros con velas encendidas. El celebrante, de pie ante el altar,, toma la cruz, descubre un poco la parte superior y la eleva, comenzando la invitación:

Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo.
VENID A ADORARLO",


y todos nos arrodillamos unos momentos cada vez; y entonces vamos, en procesión, a venerar la Cruz personalmente, con una genuflexión (o inclinación profunda) y un beso (o tocándola con la mano y santiguándonos); mientras cantamos las alabanzas a ese Cristo de la Cruz:

ANTÍFONA

1 y 2.  Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos.
Por el madero ha venido la alegría al mundo entero.

 Salmo 66, 2

 1. El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros.

 Antífona

 Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero.

"Pueblo mío, ¿qué te he hecho...?"

1.      Por ti yo azoté a Egipto y a sus primogénitos
tú me azotaste y me entregaste.

 2. íPueblo mío! ¿Qué te he hecho,
en qué te he ofendido?
Respóndeme.

 1.      Yo te saqué de Egipto, sumergiendo al Faraón en el Mar Rojo;
tú me entregaste a los surnos sacerdotes.

 2.      ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho,
en qué te he ofendido?.
 Respóndeme.

1.      Yo abrí el mar delante de ti;
tú con la lanza abriste mi costado.
¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido?
Respóndeme.

1.      Yo te guiaba con una columna de nubes; 
tú me guiaste al pretorío de Pilato.


2.      íPueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido?.

Respóndeme.

1.      Yo te sustenté con maná en el desierto; 
tú me abofeteaste y me azotaste.

2.      íPueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido?.
Respóndeme.

1.      Yo te di a beber el agua salvadora,
que brotó de la peña; tú me diste a beber vinagre y hiel.

2.      ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido?.
Respóndeme

1.      Por ti herí a los reyes cananeos;
tú me heriste la cabeza con la caña.

2.      ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido?
Respóndeme.

1.      Yo te di un cetro real;
tú me pusiste una corona de espinas.

íPueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme.

2.      ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido?
Respóndeme.

1.      Yo te levanté con gran poder; tú me colgaste del patíbulo de la cruz.

2.      ¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido?
Respóndeme.

HIMNO

 ¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!
jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor y en fruto.

¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida
empieza con un peso tan dulce en su corteza!

1.      Cantemos la nobleza de esta guerra,
el triunfo de la sangre y del madero;
y un Redentor, que en trance de Cordero,
sacrificado en cruz, salvó la tierra.

 2. ¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!
 
jamás el bosque dio mejor tributo
 
en hoja, en flor y en fruto.

 1. Dolido mi Señor por el fracaso
de Adán, que mordió muerte en la manzana.
Otro árbol señaló, de flor humana,
que reparase el daño paso a paso.

 2. ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida em­pieza
con un peso tan dulce en su corteza!.
 

1.      Y así dijo el Señor: ¡Vuelva la Vida
y que Amor redima la condena!
La gracia está en el fondo de la pena
y la salud naciendo de la herida.

1.      ¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!
jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor y en fruto.

 1.      ¡Oh plenitud del tiempo consumado!
Del seno de Dios Padre en que vivía,
ved la Palabra entrando por María
en el misterio mismo del Pecado.

 2.      ¡Dulces clavos!
¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

 1.      ¿Quién vio en más estrechez gloria más plena
y a Dios corno el menor de los humanos?
Llorando en el pesebre,
pies y manos le faja una doncella nazarena.

 2.      ¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!.
jamás el bosque dio mejor tributo en hoja,
en flor y en fruto.

1. En plenitud de vida y de sendero,
dio el paso hacia la muerte porque él quiso.
Mirad de par en par el paraíso
abierto por la fuerza de un Cordero.

 2. ¡Dulces clavos!
¡Dulce árbol donde la Vida empieza

Con un peso tan dulce en su corteza!

 1. Vinagre y sed la boca, apenas gime;
y al golpe de los clavos y lanza,
un mar de sangre fluye, inunda, avanza
por tierra, mar y cielo y los redime.


4. LA COMUNIÓN

Desde 1955, cuando lo decidió Pío Xll en la reforma que hizo de la Semana Santa, no sólo el sacerdote -como hasta entonces - sino también los fieles pueden comulgar con el Cuerpo de Cristo.
Aunque hoy no hay propiamente Eucaristía, pero comulgando del Pan consagrado en la celebración de ayer, Jueves Santo, expresamos nuestra participación en la muerte salvadora de Cristo, recibiendo su "Cuerpo entregado por nosotros".

Sobre el altar se extiende el mantel y se coloca el corporal y el libro. Después el diácono o ‑en su defecto‑ el celebrante trae al altar, por el camino más breve, el Santísimo Sacramento desde el lugar de la reserva.

Después que el diácono haya colocado sobre el altar el Santísimo Sacramento, se acerca el celebrante y asciende hasta el altar. Allí dice en voz alta:

 Fieles a la recomendación del Señor y siguiendo su divina enseñanza,
nos atrevemos a decir:


El celebrante y todos los presentes prosiguen:

 Padre nuestro, que estás en los cielos,
santificado sea tu Nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo;
el pan nuestro de cada día, dánosle hoy,
y perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores,
y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal.

Líbranos, Señor, de todos los males y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

El pueblo concluye la oración aclamando:

Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

El celebrante dice en secreto:

La comunión de tu Cuerpo, Señor Jesucristo, no me sea ocasión de juicio y condenación; antes por tu piedad me sirva para defensa de alma y cuerpo y para alcanzar remedio.

Seguidamente toma una partícula, la mantiene un poco ele­vada sobre el copón y dice en voz alta, de cara al pueblo:

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del inundo. Dichosos los llamados a esta cena.

Y juntamente con el pueblo prosigue:

Señor, no soy digno de que entres en mí casa, pero un palabra tuya bastará para sanarme.

Luego, comulga el cuerpo de Cristo. Después distribuye la comunión a los fieles. Durante la comunión se pueden entonar cantos apropiados.

Acabada la comunión, el copón es llevado por un ministro idóneo al lugar preparado.

Después el celebrante, hecho un rato de silencio sagrado, dice la siguiente oración: 

Dios todopoderoso, rico en misericordia, que nos has renovado con la gloriosa muerte y resurrección de Jesu­cristo; no dejes de tu mano la obra que has comenzado en nosotros, para que nuestra vida, por la comunión en este misterio, se entregue con verdad a tu servicio. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

Para acabar la celebración, el celebrante, de pie cara al pueblo, y con las manos extendidas sobre él, dice la siguiente oración:

ORACIÓN SOBRE EL PUEBLO

Que tu bendición, Señor, descienda con abundancia sobre este pueblo, que ha celebrado la muerte de tu Hijo con la esperanza de su santa resurrección; venga sobre él tu perdón, concédele tu consuelo, acrecienta su fe, y guíalo a la salvación eterna. Por Jesucristo nuestro Señor.

Y todos salen en silencio.

  EL DOLOR DE CRISTO EL DOLOR DE LA HUMANIDAD

Hoy es un día serio. Empieza la Pascua por su aspecto más trágico. Cristo Jesús, en la plenitud de su vida, se ha entregado a la muerte. El inocente ha sido ajusticiado.
Su dolor es el símbolo del dolor de todos los que a lo largo de la historia, antes y después de él, han sufrido y siguen sufriendo. Él se ha solidarizado con todos los injustamente tratados.
Su grito en la cruz -«Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"- es el grito de todos los que se sienten solos y abandonados.