DOMINGO 5º DE PASCUA

«Aclama al Señor, tierra entera» (domingo 3.o de Pascua), «La misericordia llena la tierra» (4.0), «Cantad al Señor un cántico nuevo» (5.o), «Con voz de júbilo anunciadlo» (6.0)... Cada domingo de la Cincuentena pascual se abre con la alegría del pueblo de los redimidos que grita a los cuatro vientos la gran nueva de la salvación. Hoy damos gracias por la inaudita promoción que ha supuesto para la humanidad la resurrección de Cristo: nos hemos hecho partícipes de la naturaleza divina al ser salvados por la sangre de Jesús, viviendo de su vida; Dios ha hecho de nosotros sus hijos de adopción, y nos ama como Padre.
El hombre ha recibido, en Jesús resucitado, la verdad acerca de Dios y de sí mismo. Como renovado en lo más íntimo de su ser y joven con la juventud de Dios, ve abrirse ante él el camino de la verdadera libertad y de la vida. Aún resta que, una vez iniciado en los sacramentos del Reino, permanezca fiel al don que le ha sido confiado y que, siguiendo su camino con Cristo, alcance un fruto abundante.

ANTÍFONA DE ENTRADA                 Sal 97,1‑2

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. Aleluya.

ORACION COLECTA

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos; míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

LITURGIA DE LA PALABRA

 Trabajo apostólico, visión de la gloria e intimidad con Cristo son las características que corresponden a las tres lecturas de este domingo. Es menester vivir en esos tres planos para verificar la experiencia cristiana en toda su plenitud. Los Apóstoles vivieron un momento excepcional de intimidad con el Señor durante la tarde del jueves santo, cuando les confió el mandamiento nuevo del amor fraterno. Sólo una experiencia personal y la esperanza de la Jerusalén de lo alto pudieron asimismo sostener a San Pablo y sus colaboradores en medio de las pruebas que hubieron de sufrir por el nombre de Jesús .

Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 14, 21b-27

En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquia, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios.
En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir.
Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.

Salmo responsorial

R. Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey.
0 bien: Aleluya.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Que todas tus criaturas te den gracias,
Señor, que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R.

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

Dios enjugará las lágrimas de sus ojos

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe.
Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo.
Y escuché una voz potente que decía desde el trono:
- «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos.
Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios.
Enjugará las lágrimas de sus ojos.
Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor.
Porque el primer mundo ha pasado.»
Y el que estaba sentado en el trono dijo:
- «Todo lo hago nuevo.»


Os doy un mandamiento nuevo -dice el Señor-:
que os améis unos a otros, como Yo os he amado.

Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 31-33a.

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:
- «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en si mismo: pronto lo glorificará.
Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»


Oración de los Fieles

Invoquemos a Cristo, camino, verdad y vida; y, como pueblo sacerdotal, pidámosle por las necesidades de todo el mundo: Respondemos a cada petición: Escúchanos, Señor.

Para que Cristo, esposo de la Iglesia, llene de alegría pascual a todos los que se han consagrado a la extensión de su reino, roguemos al Señor.

Para que Cristo, piedra angular del edificio, ilumine con el anuncio evangélico a los pueblos que aún desconocen la buena nueva de la resurrección, roguemos al Señor.

Para que Cristo, estrella luciente de la mañana, seque las lágrimas de los que lloran y aleje el dolor y las penas de los que sufren, roguemos al Señor.

Para que Cristo, testigo fidedigno y veraz, nos conceda ser con nuestra alegría evangélica, sal y luz para los que desconocen la victoria de la resurrección, roguemos al Señor.

Dios nuestro, que en tu Hijo Jesucristo has hecho que todo sea nuevo, escucha nuestra oración y haz que te amemos a ti y a los hermanos como tú nos has amado, para que el mundo te conozca a ti y a tu Hijo Jesucristo, que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos.
Amén.

ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Oh Dios, que por el admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad; concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta ver­dad que conocemos. Por Jesucristo.

Prefacio
La nueva vida en Cristo

El Señor esté con vosotros.
Y con tu espíritu.

Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.

Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación glorificarte siempre, Señor; pero más que nunca en este tiempo
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
Por él, los hijos de la luz amanecen a la vida eterna,
los creyentes atraviesan los umbrales del Reino de los cielos; porque en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida
y en su resurrección hemos resucitado todos. 
Por eso, con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría, y 
también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles,
cantan sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo...

ANTÍFONA DE COMUNIÓN             Jn 15, 1.5

 Yo soy la verdadera vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Ven, Señor, en ayuda de tu pueblo y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu Reino, haz que abando­nemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna. Por Jesucristo.

  

Domingo 5 de Pascua

Estamos a la mesa con Jesús, donde él ha partido y comido el pan con los suyas en señal comunión, aunque no todos estaban en comunión. Para alguno "era de noche". Jesús habla de la glorificación que va a recibir a raíz de su partida. La comunión, que acaban de experimentar, quiere que continúe entre sus discípulos. Jesús había experimentado con ellos, que todo grupo humano tiene sus problemas de convivencia, de relación y de comunión; por eso, quiere dejarles un principio, como meollo de carrera del discipulado, que los oriente y los guíe en la experiencia de crear comunión y de crear familia, un mandamiento sencillo y fundamental, que regule las relaciones y la actitud de unos con los otros: "Amaos como yo he amado". Ésta es la señal, el signo, por el que os reconocerán como discípulos míos. Se reconoce muy fácilmente, en un grupo o comunidad de creyentes, la presencia o la ausencia del signo de comunión.