E
L DOMINGO, EL DÍA DEL SEÑOR
Fue en la madrugada del «primer día de la
semana» (Mc 16, 9), al día siguiente del sábado, cuando el Señor Jesús resucitó y se
apareció a los suyos. Por la tarde de ese mismo día se dio a conocer a los discípulos
de Emaús «en el partir el pan», después de haberles desarrollado «lo que había sobre
El en todas las Escrituras» (Lc 24, 27 y 35) y comunicó el Espíritu Santo a sus
Apóstoles, enviándoles a continuar su misión (Jn 20, 21-23). Supone, por lo mismo, el
acontecimiento central de la historia de la salvación, que ha configurado para siempre el
primer día de la semana y lo ha convertido en el día de Cristo, en el día del Señor
(en latín «dominica» y en castellano «domingo» proceden de esa misma idea), de
acuerdo con la denominación que le adjudica el Apocalipsis (Ap 1, 10).
El día de la asamblea cristiana
Ocho días después de la resurrección de Jesús, los Apóstoles se
hallaban reunidos de nuevo, cuando Él se les apareció y provocó la profesión de fe de
Tomás: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28). A partir de entonces, cada comunidad
local de cristianos se congrega el domingo a fin de celebrar el misterio pascual de
Cristo, su muerte y resurrección, mientras aguardan su retorno Así vemos a San Pablo
presidir la asamblea de cristianos de Troas, en la primavera del año 58, predicando
durante toda la noche en casa de los hermanos y partiendo el pan, antes de tomar el barco
que le llevará a Mileto (Hch 20, 7-12). En atención a la asamblea, ordenará un año
más tarde a los Corintios apartar cada primer día de la semana» lo que hubieran podido
ahorrar para socorrer a los pobres (1 Cor 16, 2 ).
En un principio, el domingo comenzaba a la caída de la noche del sábado, conforme a la
manera bíblica de apreciar el desarrollo del día «Y atardeció y amaneció»
(Gen 1, 50. En el mundo judío, la caída del día el sábado por la tarde suponía la
reanudación de las ocupaciones, después del riguroso descanso sabático. Por esta
razón, las primeras asambleas cristianas se tenían en el transcurso de la noche que daba
paso al domingo: en un principio al comienzo de esa noche en memoria del banquete
del Señor, que fue una cena , más tarde pasó a las últimas horas de la noche,
antes de salir el sol. Nuestras misas dominicales del sábado por la tarde restablecen la
tradición de la Iglesia de los Apóstoles. La asamblea del domingo es la manifestación
esencial de la implantación de la Iglesia de Cristo en un lugar determinado. Ese día,
escribía San Justino hacia el año 150, «todos los nuestros que viven en un poblado o en
los campos se reúnen en un mismo lugar». La obligación de celebrar la asamblea incumbe,
por aquel entonces, a la comunidad «al, que dirige el Obispo o sus delegados, los
presbíteros. Todos están obligados a participar en ella, de acuerdo con sus
posibilidades. Muchos, como es natural, no pueden mantener el ritmo semanal de la
asamblea: cristianos dispersos, madres de familia jóvenes, enfermos, viajeros, esclavos o
siervos a quienes sus señores paganos no dan autorización para salir... Pero la Iglesia
se congrega y abraza a todos los ausentes en su oración. En caso de necesidad, ella se
encargará de llevarles la Eucaristía por medio de los hermanos. Por consiguiente: el
celebrar la Pascua de Cristo no es tanto una obligación semanal de cada cristiano, sino
del conjunto de ellos. A veces han de ser estimulados para que se mantengan fieles:
No pongáis vuestros negocios temporales por encima de la palabra de Dios, antes bien,
dejadlo todo en el día del Señor y acudid con diligencia a vuestras asambleas, porque en
ellas es donde tiene lugar vuestra alabanza a Dios Si no, ¿qué excusa tendrán ante Dios
quienes no se reúnen en el día del Señor para escuchar su palabra y alimentarse con el
manjar celestial que permanece eternamente?
El día de la Palabra de Dios
En tiempos del exilio de Babilonia, los Judíos, separados del
Temploque, por lo demás, no era ya sino un montón de ruinastomaron la
costumbre de reunirse el día del sábado para leer en asamblea la palabra de Dios, la Ley
y los Profetas, y para orar juntos. Conservaron esta costumbre después de su retorno a
Palestina. El Evangelio nos muestra a Jesús participando en una asamblea de esas en la
sinagoga de Nazaret (Lc 4, 1~22). También eran asiduos a ellas los Apóstoles. Los
cristianos de origen judío conservaron en un principio el formar sus propias sinagogas en
las que leían, además del Antiguo Testamento, los escritos de los Apóstoles. A la noche
procedían a la fracción del pan. Muy pronto, fuera del ambiente judío, liturgia de la
Palabra y Eucaristía se unifican en una sola celebración, pero no hay que olvidar que la
liturgia de la Palabra mantuvo su propia consistencia: «En la liturgia, Dios habla a su
pueblo; Cristo sigue anunciando su Evangelio»~ y el pueblo responde a su Señor por medio
de los cánticos inspirados en los salmos. La liturgia de la Palabra es el lugar
privilegiado para el diálogo entre Dios y su pueblo.
Hoy, lo mismo que ayer, la liturgia de la palabra de Dios no sólo está abierta a cuantos
van a participar en la Eucaristía. Los catecúmenos se beneficien de ella por derecho
propio; y también aquellos cristianos que, durante un período de tiempo o por
circunstancias duraderas, no pueden ser admitidos a la mesa del Señor, y todos cuantos
buscan a Dios. Todos ésos, fieles o no creyentes, atraídos por la Buena Nueva de Cristo,
deberían sentirse libres por completo para poder abandonar la asamblea después de la
Plegaria universal.
En aquellas reuniones en que no había presbítero que celebrara la Eucaristía, le
competía a un diácono o a un laico el congregar, por delegación del obispo, a sus
hermanos, bien fuera en una iglesia o en una casa particular, y presidir la liturgia de la
Palabra. Al término de la Plegaria universal recitaban todos el Padrenuestro. En caso de
tener reservada la Eucaristía, los fieles podían comulgar a continuación, y llevaban el
sacramento a quienes no habían podido asistir a la asamblea. Nunca era razón suficiente
la falta de sacerdote para que los cristianos pudieran considerarse dispensados de
reunirse el domingo. ¿No prometió el Señor que él se encontraría allí donde se
reunieran dos o tres en su nombre? (Mt 18, 20).
El día de la Eucaristía
La asamblea dominical culmina en la celebración de la Eucaristía. el
Señor perpetúa en ella, a través del ministerio del sacerdote, su sacrificio en la
cruz, pero dentro del gozo de la Pascua. Al recordar la muerte y resurrección de Cristo,
los fieles reunidos en tomo al altar presentan a Dios, junto con el sacerdote, «el pan de
vida y el cáliz de salvación» ( PE II ), «el sacrificio vivo y santo» ( PE III ) para
darle gracias le piden que, «llenos de su Espíritu Santo, formen en Cristo un solo
cuerpo, que E1 les trasforme en ofrenda permanente» ( PE III ) . Luego, después de haber
recitado juntos la Oración del Señor y de haberse perdonado mutuamente las faltas,
distribuyen el pan fraccionado y el cáliz de Cristo, como anticipo de la cena a la que el
Señor les invita en su Reino.
La Eucaristía es el fruto más preciado de la asamblea de los cristianos, pero se puede
afirmar también que es lo que fundamenta esa misma asamblea, haciendo crecer a cada uno
de sus miembros y al cuerpo de los cristianos en cuanto tal en la fe, la esperanza y el
amor.
El día de la participación en el gozo
La Eucaristía se prolonga por la participación. Alcanza a los fieles
más allá de la asamblea, en la medida en que éstos tiene el cuidado de llevarla a los
ausentes de acuerdo con lo que nuevamente autoriza la disciplina de la Iglesia. Pero la
participación se ha de efectuar por encima de todo, en domingo. La colecta que se hace en
la asamblea y el saludo fraterno que intercambian los fieles al salir del templo no son
sino dos manifestaciones de entre las muchas que se podrían citar. La participación es
algo indispensable en la asamblea, bajo cualquiera de las varias formas que pueden sugerir
las circunstancias; participación de bienes, de preocupaciones y alegrías, o de la
soledad de los enfermos, ancianos o extranjeros.
El descanso que se observa los domingos en los países de civilización cristiana es una
modalidad de esa participación: de este modo, la Iglesia ha podido compartir con los
hambres la alegría de la salvación en Jesucristo, y les ha ofrecido, por medio de las
diversiones, un anticipo de la felicidad del cielo. Las condiciones de la vida social
moderna llevan consigo que muchos cristianos se hallen obligados hoy a desligar el domingo
de su día de descanso. Para ellos es para quienes la Iglesia ha restaurado, en primer
término, la celebración del sábado por la tarde. Pero, cuando menos, todos deben hacer
del domingo un día en el que fijen más su atención sobre los demás por amor a Cristo,
en el que se entreguen a sí mismos en un don más generoso y una alegría más
irradiante. Cada uno, de acuerdo con sus posibilidades, se sentirá así en comunión con
sus hermanos en la fe y será fiel a la ley de los cristianos.