LA CUARESMA
El
programa que nos traza la Iglesia en el día del comienzo de la Cuaresma se fija menos en
la significación de la imposición de la ceniza que en las palabras que la acompañan en
algunas regiones: «Convertíos y creed en el Evangelio». El rito, recibido de la
tradición judía, tiene la ventaja de suponer un acontecimiento común en la asamblea
cristiana. La penitencia de Cuaresma debe, en efecto, «congregar al pueblo», expresarse
dentro de «una asamblea santa». Pero lo esencial, tanto para el pueblo cristiano en su
conjunto como para cada uno de sus miembros, consiste en convertirse, disponiéndose a
escuchar la voz del Señor.
Convertirse quiere decir volverse hacia Dios. Supone más un dirigirse hacia Alguien que
llama que un desprenderse del egoísmo y optar por una nueva concepción de la vida. Para
acoger un mensaje, hay que elevar ante todo los ojos hacia el mensajero.
Por este motivo, Jesús hizo una llamada a la conversión en el momento en que iba a
anunciar a los hombres la Buena Nueva del Reino de Dios (Mc 1, 15), y Pedro reitera esa
misma llamada el día de Pentecostés (Act. 2, 33). La conversión, a la que somos
invitados, consistirá, ante todo en una intensificación de nuestra relación personal
con Jesús.
Jesús en el evangelio nos
traza un Plan Cuaresmal:
Oración: Es indispensable para la vida cristiana. Buen momento para un repaso a nuestra manera de rezar y al tiempo que le dedicamos. Nuestra ración no debe ser ni rutinaria ni escasa.
Limosna: Nuestra gran limosna debe ser el amor al prójimo, no descarta la donación de dinero pero tiene que superarla. seguro que alguien necesita nuestra limosna de cariño, de atención, de cuidados.
Ayuno: El esfuerzo, la austeridad, el sacrificio forjan la personalidad y fortalecen el espíritu. Son componentes necesarios en la vida cristiana.
Del santo Evangelio según S. Mateo 6, 1-6. 16-18
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad
de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos, de lo
contrario, no tendréis recompensa por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la
trompeta por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el
fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en
cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha así tu
limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.
Cuando recéis no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las
sinagogas y en las esquinas para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su
paga. Cuando tú vayas a rezar entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que
esta en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará.
Cuando ayunéis no andéis cabizbajos, como los farsantes que desfiguran su cara para
hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio,
cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la
gente, sino tu Padre que esta en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te
recompensará.»