En la liturgia, la Iglesia no celebra sino un único misterio: el
de Cristo muerto y resucitado, que nos comunicó su vida divina por medio de los
sacramentos de la fe, en especial el Bautismo y la Eucaristía. Cada vez que celebramos la
cena del Señor, participarnos en su Pascua. Mas, al hacerse hombre, Cristo se sometió a
la condición humana y por lo mismo, a las leyes de la comunicación entre s hombres.
Ahora bien, el hombre se halla inmerso en el tiempo v no puede descubrir la grandeza y
profundidad del misterio de Cristo sino desarrollándolo en el tiempo. Los ritmos
periódicos de semanas y anos han configurado nuestra psicología. Por consiguiente, no
nos tiene que extrañar el encontrarnos con ellos en el culto divino.
El lazo de unión que Cristo quiso establecer entre
su sacrificio y la celebración de la Pascua judía hace que la Pascua cristiana entronque
con el Antiguo Testamento. La Pascua cristiana, más que la del Éxodo, supone una
liberación de la servidumbre y constituye el nacimiento de un pueblo, el nuevo pueblo de
Dios. Ya San Pablo da testimonio de que, desde el año 57, los fieles de Cristo daban una
interpretación cristiana a la celebración de la Pascua judía: «Nuestro cordero
pascual, Cristo, ha sido inmolado. Así que, celebremos la fiesta, no con vieja levadura,
ni con levadura de malicia y perversidad, sino con ázimos de pureza y verdad» (1 Cor 5,
7-8).
La solemnidad pascual está unida desde el principio a la Noche
Santa, en la que «la Iglesia vela con amor» a la escucha de la palabra de Dios, y en la
celebración los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y
Eucaristía. Es el momento en que todos los fieles de Cristo renuevan junto con Él su
caminar hacia el Padre. La Vigilia pascual constituye el culmen del año cristiano.
consiguiente, la
Iglesia celebra la solemnidad pascual durante los cincuenta días que separan la Pascua de
Pentecostés. Guiada por la lectura diaria de los Hechos de los Apóstoles y del Evangelio
Según San Juan, descubre durante siete semanas todo lo que la muerte y la resurrección
del Señor han supuesto para el mundo, y hace elevarse a Dios la alabanza de los redimidos
por medio del canto del Aleluya.
La solemnidad pascual se prepara, desde el
miércoles de ceniza hasta el jueves santo, con cuarenta días de penitencia, a lo largo
de los cuales toda la comunidad acompana a los catecúmenos en su preparación para el
Bautismo, y se dispone, por su Parte, a renovar su profesión de fe bautismal durante la
Noche Santa. La liturgia diaria de la misa y las celebraciones penitenciales de Cuaresma,
invitan al cristiano a someter a juicio ante Dios las directrices fundamentales de su
vida, a fin de abrirse a la gracia de la renovación pascual.
Con toda legitimidad la piedad moderna ha revestido
la fiesta de la Natividad de Jesús con la ternura y poesía propias del recuerdo del
Niño. En un principio, sin embargo, constituyó una fiesta casi austera, una reclamación
solemne de la divinidad de Cristo ante aquellos que la negaban (siglo IV): en el hijo de
la virgen María adoramos al hijo de Dios. Las fiestas de la Epifanía y del bautismo de
Jesús, así como la de la Maternidad divina de María, afirman - cada una a su manera
el mismo dogma de nuestra fe.; en tanto que en la fiesta de la Sagrada Familia,
descubrimos las implicaciones más humanas del misterio de la Encarnación.
Tiempo de Adviento
Las cuatro semanas del tiempo de Adviento
supusieron, al inicio una preparación para las celebraciones de la Natividad Mas si
Cristo vino a los hombres haciéndose como uno de ellos y manifestó su gloria en las
diversas «epifanías» que encuadran su infancia y los comienzos de su predicación, un
día volverá como juez de vivos y muertos Por consiguiente, la liturgia del Adviento
evoca alternativamente ambas venidas del Señor, haciendo notar a la vez que Cristo no
cesa de venir al mundo y de manifestarse a los hombres a través de la vida y el
testimonio de los que creen en Él.
Tiempo ordinario
Además de los tiempos litúrgicos que acabamos de presentar, quedan aún en el año treinta y tres o treinta y cuatro semanas que no Poseen ninguna configuración especial. Se las denomina Tiempo ordinario. Este tiempo se desarrolla en dos períodos, cuya duración varía según la fecha de la Pascua, desde el 7 de enero hasta la Cuaresma y desde Pentecostés hasta el Adviento.
Las fiestas del Señor y de los Santos
A lo largo del año, celebramos varias fiestas del Señor, que
vienen a sumarse a las solemnidades mayores ligadas al tiempo de Pascua y Navidad: tales
como, por ejemplo, la del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, la del Sagrado Corazón de
Jesús, la de la Transfiguración del Señor y la de la Exaltación de la Santa Cruz.
También se celebran fiestas de la Santísima Virgen María y de los Santos. Si bien la
liturgia del domingo no cede su puesto más que a las solemnidades del Señor, de la
Virgen María y otros Santos, los restantes días de la semana están consagrados con
frecuencia, a excepción de la Cuaresma, a los aniversarios de los Santos. De este modo
proclama la Iglesia «el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron y fueron
glorificados con Cristo; propone a los fieles sus ejemplos, y, por los méritos de los
mismos, implora los beneficios divinos»