PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO
Viene el Señor
La
expectativa ante el retorno del Señor polariza la atención
de la Iglesia y nutre su oración
en este primer domingo de Adviento.
Desde el comienzo de la misa volvemos nuestras
miradas hacia Dios: “A ti, Señor,
levanto mi alma. Los que esperan
en ti no quedan defraudados”. Si el cristiano
es un hombre que aguarda a
Cristo, su espera no supone una
actitud de pasividad, un abandono de todo lo del mundo. Tiene que “salir al
encuentro de Cristo acompañado por
las buenas obras”. El Señor
retornará, como lo ha prometido,
pero desea que caminemos hacia El sin escatimar
sacrificios. «Vigilad», nos
dice en el evangelio. Y el vigilar
durante
toda la noche exige mucha
paciencia. Por esto, cada
año
san Pablo se vale de términos casi idénticos para caracterizar nuestro
caminar. Quiere
que nos revistamos de las
“armas de la luz”, que
resistamos «firmes hasta el final “con
santidad irreprochable”.
La esperanza cristiana es una fidelidad en la fe y un combate,
cuyo
protagonista es Cristo en nosotros. En efecto, nuestra
espera
se alimenta ya con la presencia del Señor en la Eucaristía. Por medio de ella,
Dios, con paciencia, nos enseña,
«ya
en nuestra vida mortal, a descubrir el valor de los bienes
eternos».
Antífona de Entrada
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Liturgia
de la palabra
"El Señor viene"
Con el primer domingo de
Adviento comenzamos para la lectura del evangelio el año de San Mateo. El Señor, al
anunciarnos su retorno, nos da la consigna de esperar velando. También San Pablo nos
invita a preparar la llegada del día de Cristo. En la primera lectura el profeta Isaías,
contemplando en lontananza el día del Señor, presenta el carácter universal de la
congregación de todos los pueblos en marcha hacia Jerusalén, la ciudad de Dios:
"Hacia ella confluirán los gentiles»
Lectura Del Libro De Isaías
2, 1-5
Visión de
Isaías, hijo de Amós acerca de Judá y de Jerusalén: ![]()
R/ Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor».
Qué alegría cuando me dijeron
"Vamos a la casa del Señor».
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.
Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta
Allá suben las tribus
las tribus del Señor.
Según la costumbre de Israel
a celebrar el nombre del Señor
En ella están los tribunales de justicia
en el palacio de David.
Desead la paz a Jerusalén:
vivan seguros los que te aman
haya paz dentro de tus muros
seguridad en tus palacios».
Por mis hermanos y compañeros
voy a decir: «la paz contigo»
Por la casa del Señor nuestro Dios
te deseo todo bien.
Nuestra salvación está cerca Hermanos: Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de espabilarse, porque ahora nuestra salvación esta mas cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo y que el cuidado de nuestro cuerpo no fomente los malos deseos.
En
aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará
cuando venga el Hijo del Hombre. Antes del diluvio la gente comía y bebía y se casaba,
hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio
y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre: Dos hombres
estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán
moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Estad en vela, porque no sabéis
qué día vendrá vuestro Señor; Comprended que si supiera el dueño de casa a que hora
de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.
Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el
Hijo del Hombre
Oración de los Fieles
Hermanos y hermanas
invoquemos a Dios Padre, origen de todo don, para que nos ayude a acoger en la
fe la venida del Salvador.
Respondemos a cada petición: Ven, Señor, y escúchanos.
Por la Iglesia, extendida en el mundo: para que viva en actitud constante de
pobreza y de servicio. Roguemos al Señor.
Por los hombres que no han recibido la Buena Noticia: para que la solidaridad de
las comunidades cristianas los disponga para acoger más fácilmente a Cristo
Jesús, el Salvador. Roguemos al Señor.
Por la justicia y la paz del mundo: para que los egoísmos y los intereses cedan
el paso a una fraternidad verdadera. Roguemos al Señor.
Por todos los que sufren en el cuerpo o en el espíritu y por cuantos se
encuentran en mayor necesidad: para que experimenten los bienes que nos ha
traído Jesús a través de la caridad generosa de los hermanos. Roguemos al
Señor.
Por todos nosotros, reunidos en torno al altar: para que mantengamos una actitud
de espera vigilante y serena ante la venida de Cristo Jesús. Roguemos al
Señor.
Que tu Santo
Espíritu, Señor, venga en ayuda de nuestra debilidad, y que nuestro compromiso
evangélico sea germen de los cielos nuevos y de la tierra nueva que Cristo
vendrá a instaurar en el último día. El, que vive y reina por los siglos de
los siglos.
Amén.
Oración sobre las
Ofrendas
Acepta, Señor, los
bienes que de ti hemos recibido, y por la presentación de este pan y de este
vino concédenos la acción santa, que celebramos ahora en nuestra vida mortal,
sea para nosotros prenda de salvación eterna. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Prefacio
Las dos venidas de Cristo
El Señor esté con
vosotros.
Y con tu espíritu.
Levantemos el
corazón.
Lo tenemos levantado
hacia el Señor.
Demos gracias al
Señor, nuestro Dios.
Es justo y necesario.
En verdad es justo y
necesario,
es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
El cual, al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne,
realizó el plan de redención trazado desde antiguo
y nos abrió el camino de la salvación,
para que cuando venga de nuevo,
en la majestad de su gloria,
revelando así la plenitud de su obra,
podamos recibir los bienes prometidos que ahora,
en vigilante espera, confiamos alcanzar.
Por eso,
con los ángeles y los arcángeles
y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo…
Antífona de la
Comunión
El Señor nos dará
sus bienes y nuestra tierra dará su fruto.
Oración después de
la Comunión
Oremos:
Señor, que fructifique en nosotros la celebración de estos sacramentos, con
los que tú nos enseñas, ya en nuestra vida mortal, a descubrir el valor de los
bienes eternos y a poner en ello nuestro corazón. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
Amén.
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"¡Hermanos, despertemos de nuestro
sueño!". Nuestro sueño principal es la rutina, la monotonía en que nos sumerge el
transcurrir inevitable de los días.
Como en tiempos de Noé, vivimos metidos en asuntos propios de la sociedad de consumismo
en que estamos. Hasta que "cuando menos lo esperaban, llegó el diluvio y se los
llevó a todos".
La rutina se apodera de nosotros. "Debería hacer... debería preocuparme..."
"¡Cómo pasan los años!" "¡Tengo tanto trabajo!".
Al comenzar el Adviento la palabra vigilancia es clave. El que vigila hace quizá las
mismas cosas pero con más interés, con densidad. Los rutinarios se quedan en la
superficie de las cosas mientras los vigilantes se arraigan en lo eterno. ¿La
anti-rutina? Reflexionar, recuperarse, no hacer todo por costumbre, dar gusto y sabor a
las cosas de la vida.
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