TODOS LOS SANTOS

La solemnidad de Todos los Santos nació en el siglo VIII entre los celtas. La Iglesia nos propone esta visión de gloria al comienzo del invierno, para invitarnos a vivir en la esperanza de una primavera más allá de la muerte. Quiere también que caigamos en la cuenta de nuestra solidaridad con cuantos han pasado al mundo invisible. Festejamos con alegría a los Santos, pues creemos «que ya gozan de la gloria de la inmortalidad», en donde interceden por nosotros. Cada Santo vive intensamente la visión de Dios y su amor, mas su conjunto forma una ciudad, «la Jerusalén celeste", un Reino abierto a cuantos vivan de acuerdo con las Bienaventuranzas. Son la Iglesia del cielo
La gloria de los «Santos, nuestros hermanos», procede de Dios, cuya imagen reproduce cada uno de ellos de una manera única. Por consiguiente, al venerarlos, proclamamos a Dios «admirable y solo Santo entre todos los Santos". Todos fueron salvados por Cristo, todos nacieron de su costado abierto. Este es el motivo por el que el lugar por excelencia de comunión con los Santos es la Eucaristía En ella les santificó el Señor Jesús «en la plenitud de su amor»; en ella podemos también nosotros suplicarle con humildad a Dios que nos haga pasar «de esta mesa de la Iglesia peregrina al banquete del Reino de los cielos».

LITURGIA DE LA PALABRA

La visión del Apocalipsis y el evangelio de las Bienaventuranzas constituyen los pilares sobre los que descansa la liturgia de Todos los Santos. La muchedumbre ingente de los redimidos, descrita en el Apocalipsis, es a la vez una realidad presente, aunque invisible, y un futuro en pos del cual caminamos. El evangelio de las Bienaventuranzas nos señala el camino a seguir: «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». San Juan hace, en la epístola, de lazo de unión entre esas dos lecturas. Afirma nuestro presente, «ahora somos hijos de Dios", y predice el futuro, «le veremos tal cual es».

Lectura Del Libro Del Apocalipsis. 7, 2-4.9-14

Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello de Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar diciéndoles: "No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios.» Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel.
Después vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero". Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes, cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo:
«Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén.» uno de los ancianos me dijo: «Esos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?» Yo le respondí: «Señor mío, tu lo sabrás.» El me respondió:-«Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero.»

SALMO RESPONSORIAL 23

R/ Estos son los que buscan al Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

--¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
--El hombre de manos inocentes,
y puro corazón.

Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

Lectura De La Primera Carta Del Apóstol San Juan 3, 1-13

Queridos hermanos: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce, porque no le conoció a El. Queridos: ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en l, se hace puro como puro es El.

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5 l

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; él se puso a hablar enseñándolos:
«Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la Tierra.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.


Oración de los Fieles

Iluminados con el ejemplo de los santos, que fueron en su vida sal de la tierra y luz del mundo, y uniendo nuestra oración a la de la inmensa multitud de los que ya están en presencia del Señor, oremos confiadamente al Señor: Respondemos a cada petición:
Escúchanos, Señor.


Para que el Señor suscite en su Iglesia ejemplos de una santidad heroica que atraiga a los no creyentes a Cristo, y conceda a a todos los bautizados redescubrir que Dios los llama a la santidad, roguemos al Señor.

Para que nuestros hermanos que no conocen la luz y la hermosura del Evangelio de Cristo sean liberados de las tinieblas, entren en el reino de la luz y compartan la herencia de los santos, roguemos al Señor.

Para que el ejemplo de los santos, que experimentaron que para entrar en el Reino de Dios hay que sufrir muchas tribulaciones, fortalezca a los que sufren y se tambalean en su combate, roguemos al Señor.

Para que quienes hoy nos hemos reunido para celebrar la solemnidad de Todos los Santos, nos encontremos con nuestros familiares y amigos difuntos en el reino glorioso de Jesucristo, roguemos al Señor.

Señor, Padre santo, que has glorificado en tu Reino a los siervos fieles que han velado esperando la llegada del Esposo, escucha nuestra oración y no permitas que se apaguen nuestras lámparas, y así merezcamos entrar en el banquete de tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

Prefacio
La gloria de la Iglesia, nuestra Madre


El Señor esté con vosotros.
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
Porque hoy nos concedes celebrar la gloria de Todos los Santos, asamblea de la Jerusalén celestial que eternamente te alaba.
Hacia ella, aunque peregrinos en la tierra,
nos encaminamos alegres, guiados por la fe y
animados por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia;
en ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad.
Por eso, unidos a estos santos y a los coros de los ángeles,
te glorificamos y cantamos diciendo:

Santo, Santo, Santo…

BIENAVENTURADOS

Celebramos hoy la fiesta del amor del Padre para con sus hijos e hijas. Es tal su amor, que nos llama y nos hace hijos en el Hijo; es tal su amor, que nos llama y nos hace santos comunicándonos su santidad. Es la fiesta de la gratuidad de Dios. Y recordamos a los hombres y mujeres de todos los tiempos que se han dejado llenar de su amor gratuito.
A partir de ahora no podemos quedarnos de brazos cruzados. Tanto amor nos empuja a una respuesta también por amor. Y el programa de vida anunciado por Jesús y realizado en él como primogénito de los hermanos nos da la clave. Felices los que sean capaces de sintonizar su corazón con el corazón misericordioso del Padre, los constructores de paz, los creadores de solidaridades, los que sean capaces de ofrecer la ternura y cercanía que ellos mismos reciben de Dios. Felices. Porque ellos son santos, "bienaventurados", dichosos al estilo del Padre Dios.