CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

En el evangelio vemos a las muchedumbres admiradas de que Jesús dé una doctrina nueva, hablando como hombre que tiene autoridad. Presienten que Jesús de Nazaret es el gran profeta anunciado por Moisés: Dios es quien habla en Él. Pero nosotros sabemos que es más que un profeta: es la Palabra de Dios hecha carne. San Pablo continúa orientando a los cristianos hacia un más allá sobre la vida terrestre, con la proclamación del celibato que permite consagrarse a Dios sin divisiones.

LECTURA DEL LIBRO DEL DEUTERONOMIO 18,15-20

Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca

Habló Moisés al pueblo diciendo: El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo, de entre tus hermanos. A él le escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea: «No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir.» El Señor me respondió: «Tienen razón; suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, es reo de muerte.~

SALMO RESPONSORIAL

R/ Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestros corazones.

Venid, aclamemos al Señor
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos en su presencia dándole gracias,
vitoreándole al son de instrumentos.

Entrad postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto:
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 7, 32-35

La mujer soltera se preocupa de los asuntos del Señor, para ser santa

Hermanos: Quiero que os ahorréis preocupaciones: el célibe se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido. Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

EVANGELIO

Aleluya, aleluya. Mt 4, 16
El pueblo que habitaba en tinieblas
ha visto una intensa luz;
a los que habitaban en paraje de sombras de muerte
una luz les ha amanecido.
Aleluya.

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 1. 21-28

No enseñaba como los letrados, sino con autoridad

Llegó Jesús a Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: El Santo de Dios." Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.» El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.» Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

La fuerza de la palabra

Las primeras comunidades cristianas recordaron y admiraron a Jesús como aquel que "hizo y enseñó". Es la doble actividad que hoy nos muestra el texto del evangelio. Su palabra asombró a la gente porque era una palabra dicha "con autoridad", y, además, avalada por lo hechos.
Dice Goethe que una sola palabra basta para destruir la dicha de los hombres. Parafraseando eso, podemos decir que una sola palabra de Jesús bastó para destruir la desdicha de los hombres.
Con una palabra aniquiló a aquel espíritu inmundo, representante de todas las fuerzas del mal que aliena y esclavizan a los hombres, que se oponen al plan de Dios. Ante tal fuerza de su palabra, no es extraño que dejara asombrados a quienes lo contemplaban y se admiraran diciendo : "¿Qué es esto ?"